Para todos mis nietos, con la esperanza de que nunca tengan que padecer de este flagelo del siglo XXI
Recién una vez que vi que se cerraba la puerta delantera del avión, me pude relajar. Viajaba a París en un vuelo comercial que había partido desde el casi destruido aeropuerto de Trípoli, en Libia, del que sólo se mantenía decorosamente en pie su pìsta, esa larga pista que recorrió el avión tomando cada vez más velocidad para, repentinamente quedar como detenido en el aire, y sin embargo era el mar, ese mar tan azul que se veía allá abajo el que demostraba que no estábamos detenidos sino ascendiendo cada vez a mayor altura.
Me aflojé el cinturón de seguridad y con paso tambaleante me dirigí hasta el sector que ocupaba la tripulación en busca de un vaso de agua para saciar la sed que me acompañaba desde hacía muchas horas. Es que había estado secuestrada durante algunas semanas por el Estado Islámico, ese grupo de fanáticos religiosos que no se detuvo ni siquiera al contemplar mi uniforme de enfermera de la organización de Médicos sin Fronteras, y me llevaron junto a otro pequeño grupo de mujeres -casi niñas- que aguardaban por atención médica en el pequeño hospital de Al Fashir en el oeste de Sudan.
Nunca más supe de ellas, de quienes me separaron ni bien llegamos a un lugar bien lúgubre, húmedo, oscuro y totalmente destruido, que unas cuantas piedras mantenían en pie a la vera de una ruta desértica que se perdía en el infinito, y por donde siguió el camión con las niñas una vez que me hicieron descender a la fuerza para ingresar, también a la fuerza en esa especie de cárcel fría que ocupé junto a un corpulento muchacho con su rostro cubierto por un pasamontañas de lana, mientras que un fusil impecable de limpio y lleno de balas descansaba en sus manos.
La rapidez con que se realizó el ataque al hospital de campaña no me permitió tomar nada como para protegerme de las inclemencias de la noche que poco a poco avanzaba sobre nosotros cubriéndonos no solo con sus sombras sino también de un frío cada vez más intenso que trepaba desde mis piernas desnudas hacia arriba, cubierta tan solo de mi delantal blanco que en esa situación resultaba algo totalmente inapropiado.
Quien me custodiaba lo advirtió y juntando varias maderas logró -con algún esfuerzo- encender un fuego junto al cual me cobijé, pero sin dejar de temblar. Con las escasas palabras que dominaba en árabe le pregunté al muchacho si pasaríamos la noche allí, y tras su respuesta afirmativa le interrogué sobre la posibilidad de tomar algo caliente, incógnita que el silencio del personaje no me permitió develar.
Así pasamos varias horas, en el más absoluto silencio, mientras mis pensamientos volaban hacia atras, recordando a los dos médicos junto a los cuales me encontraba trabajando cuando llegaron, a los gritos y disparando con sus armas al aire, ese grupo de fascinerosos que golpearon a los médicos, raptaron a las mujeres, hicieron huir al resto de los hombres y luego se encontraron sorpresivamente conmigo, respecto de quien, era evidente, no tenían plan alguno, razón por la cual me subieron al camión con las mujeres-niñas para emprender una rápida fuga mientras escuchaba a mis espaldas los tiros con los cuales terminaron con la vida de esos dos nobles médicos, tan jóvenes como sus asesinos, de quienes se diferenciaban tan solo por el color de su piel y sus creencias, ya que los invasores todo lo efectuaban en el nombre de Alá.
Una pequeña luz se apareció a lo lejos, en el desierto, que se fue haciendo cada vez más visible, hasta que finalmente se comenzó a escuchar el sonido inconfundible de un motor que avanzaba hacia nosotros, y en tanto el muchacho buscaba parapetarse detrás de una piedras más grandes, yo me acerqué aun más hacia el calor del fuego que, paulatinamente, había ido mermando.
Cuando finalmente el motor se detuvo, vi que se trataba del mismo camión que nos había dejado allí unas horas antes, u otro muy parecido, y de él descendieron dos guerrilleros también encapuchados que portaban unas bolsas con verduras y carnes asadas que depositaron junto a mí, al tiempo que al advertir que en el suelo se encontraban un par de botellas con agua , sentí la imperiosa necesidad de comenzar a beber de inmediato ante la mirada indiferente de los dos nuevos personajes que, según todo lo indicaba, se aprestaban a pasar la noche allí porque traían unas cuantas mantas consigo, más una especie de mameluco color naranja que me arrojaron indicándome que me lo debía poner arriba del uniforme blanco que aun me identificaba como enfermera.
Pasamos la noche en el camión, los cuatro juntos, cubiertos con las mantas, mientras alguno de ellos, alternativamente, se turnaban en la tenencia del fusil haciendo una especie de guardia, no obstante que no se advertía movimiento alguno en muchos kilómetros a la redonda. Me costó muchas horas poder conciliar el sueño, aun cuando advertía que cada tanto mis ojos se cerraban, pero la visión del horrendo final que tuvieron los dos médicos no desaparecía de mis pensamientos.
Con las primeras luces del sol escuchamos el sonido de una voz por la radio que, imperativamente, parecía transmitirles órdenes que de inmediato los tres se aprestaron a cumplir porque se pusieron en movimiento. Cuando advertí que la idea era la de ponernos en marcha pedí que me permitieran alejarme unos pasos para orinar, lo que me autorizó quien parecía ser el jefe, mientras les hacía a los demás algún comentario que festejaron con risas, pero nadie me molestó.
Una vez en el camón emprendimos la marcha; yo con mi primer custodio atrás y los otros dos en la cabina. Avanzamos por el desierto durante -al menos- dos horas sin que el muchacho me dirigiera la palabra, pero advertía que los otros dos conversaban muy animadamente. Finalmente llegamos a lo que -sin dudas- era un campamento de prisioneros ya que varios hombres con el mismo mameluco color naranja que yo llevaba, circulaban por el lugar sin más custodia que un viejo alambrado mas bien destartalado y un par de centinelas armados que, distraídamente, habían estado observando la llegada del camión.
No se veía a mujeres en el lugar y, seguramente, mi presencia incomodaba los planes que se llevaban adelante en el campamento. Así me pareció advertirlo en el rostro serio y preocupado de quien parecería ser el jefe del lugar, que me recibió en un despacho limpio y arreglado, aunque despojado de todo mobiliario a excepción de un escritorio, dos sillas y un sillón de dos cuerpos cubierto de libros y carpetas repletas de papeles, lo cual impedía su utilización original.
Abu Sayyas -que así luego supe que se llamaba- en un impecable inglés, más propio de Oxford que de esos alejados parajes africanos, y desde luego muy superior al mío, aprendido en un buen colegio inglés de la zona norte de Buenos Aires, me explicó que ese era uno de los tantos campamentos que el Estado Islámico (el temido E.I.) tenía en la zona con un doble propósito: adiestrar a jóvenes yihadistas que desde Europa llegaban por cientos a incorporarse a sus filas, y al mismo tiempo para prisión, juzgamiento y ajusticiamiento de los infieles que caían en sus manos.
" Por lo que advierto -le respondí- aquí no hay mujeres. ¿ En cual de esos dos grupos me piensa incorporar?" - "En ninguno -me dijo el árabe- las mujeres cumplen otro rol en nuestra yidah: darnos satisfacción sexual plena e hijos que puedan continuar con nuestra lucha hasta el triunfo final. No nos interesa lo que piensan -agregó- porque siempre hacen cuanto les ordenamos".
" Sigo sin entender -dije entonces- ya que no pretenderá que ejerza de prostituta para todos estos hombres", y Abu sonrió por primera vez, para luego decirme mirándome fijamente a los ojos "en este Ejercito, como en el de Uds., los jefes tenemos algunos privilegios que no compartimos con la tropa, de modo que bien podría convertirte en mi esposa, pero esos no son los planes que me han indicado para hacer contigo".
" Conocemos tu nombre, Isabel Sastre y por el pasaporte sabemos que no perteneces a un país que esté contra nosotros en esta guerra santa que llevamos contra los herejes, de modo que simplemente te vamos a ilustrar sobre las razones que nos han llevado a tomar las armas en el nombre de Alá, para que luego las difundas en occidente, adonde perteneces; y mientras en mi interior sentía que una vaga sensación de tranquilidad me invadía por primera vez desde que fui tomada, prosiguió "esta situación temporaria que estas viviendo aquí, en el campamento, en occidente sería considerado como un secuestro, de modo que a medida que pasen los días habrá muchos interesados en dar con tu paradero, de tal manera cuando resolvamos canjearte por prisioneros nuestros, la expectativa por oirte y escucharte será muy grande y eso para nosotros será un gran servicio"
Permanecí en silencio; al temor inicial de poder ser considerada como un objeto sexual o esposa de ese hijo de puta inglés traidor, siguió la sorpresa de saber que entonces no sería maltratada ni castigada, sino sencillamente adoctrinada para luego ser intercambiada y poder regresar. No estaba todo tan mal al fin y al cabo, de modo que me atreví a preguntar adonde viviría y si existía la posibilidad de ser provista de ropas. Abu me respondió de inmediato con un gesto amistoso, que sería su invitada, que viviría con ellos allí mismo y que podía utilizar las ropas de cualquiera de sus esposas. " ¿ Y donde queda tu casa? alcancé a decirle.
Una ráfaga de ametralladora interrumpió súbitamente la charla, y mientras daba un salto en mi silla el inglés de dirigió hacia la ventana para regresar poco después a la mesa y decirme que acababan de matar a dos periodistas, uno británico y el otro francés, pero que no habían sido decapitados. "Eso es una puesta en escena simplemente, ya que no somos tan sádicos como la Iglesia Católica lo fue con nosotros cuando nos quemaba vivos, directamente" Y añadió casi sonriendo "la lucha sigue ´mon amour´ -en perfecto francés- pero los métodos se han humanizado. Ahí tienes la primera lección para memorizar"
Pensé en responder que en aquellos tiempos no existían otras armas, menos cruentas, pero resolví que no servía de nada perder tiempo en una discusión que estaba perdida antes de comenzar. Abu tomó el radio-transmisor y comenzó a hablar por él de una manera ininteligible, pero que me permitía darme cuenta que estaba dando algunas ordenes.Muy poco después se apareció un gigante vestido totalmente con ropas militares portando una metralleta, quien se detuvo en la puerta; Abu entonces me dijo que Rami me llevaría hasta la casa y luego le siguió hablando a éste en árabe, que nunca respondió sino que simplemente me hizo un gesto para que le siguiera, y no le hice esperar.
Al pasar a su lado advertí que mi altura no superaba la de los hombros del gigante, y pensé en lo bien que me habría venido contar con alguien así en el hospital e, instantaneamente recordé las figuras de mis entrañables doctores, caídos en plena juventud por la única razón de haber entregado sus vidas para atender y cuidar de los demás. Fueron mártires que nunca serían llevados a ningún altar para servir de ejemplo, pero yo sabía que lo eran y era precisamente eso lo que en su momento explicaría al mundo, no las patrañas con la que estos otros se querían justificar.
El refugio -más que una casa- de Abu y familia se encontraba en un zótano para acceder al cual había que descender unos cuantos escalones de piedra para luego encontrar -semi oculta- una puerta de madera tras la cual me encontré frente a una estancia amplia, con alfombras cubriendo todo el suelo, una mesa grande, como para seis u ocho personas y un par de sillones blancos cubiertos de almohadones más pequeños, de colores muy diversos.
En el extremo de uno de ellos se encontraba sentada una mujer de tez oscura, alta, bastante flaca y de rasgos duros, que al verme no mostró ninguna sorpresa, pero tampoco advertí enemistad en su rostro. La mujer habló brevemente en árabe con el gigante que luego de eso se retiró por donde habíamos venido, y entonces la mujer, dirigiéndose a mí, en un impecable francés me indicó que me sentara en la mesa. Me sorprendí al verme responder "mercí", para luego escuchar de quien sin dudas era la primera esposa de Abu, una serie de recomendaciones sobre como debía comportarme y, sobre todo, como debía ir vestida dentro y fuera de la casa mientras permaneciera en el campamento.
Si bien mi francés era elemental, creí escuchar que no podía salir de ese refugio a menos que me lo autorizaran; que descansaría en una cucheta junto a las otras dos esposas, más jóvenes, de Abu; que debía asistir a los cuatro momentos de oración con toda unción y respeto y que seguiría con todas las costumbres árabes vinculadas a la limpieza e higiene del cuerpo, a todo lo cual yo asentía. De un cuarto contiguo aparecieron entonces dos muchachas, una de ellas casi una niña, y la otra algo mayor quienes, muy sonrientes y solícitas con la mujer mayor, me condujeron a una habitación mucho más pequeña, con tres camas-cuchetas y una más grande, de dos plazas, un par de pequeñas mesitas, un espejo de pie, dos biombos de tela de muchos colores y un amplio ropero del cual descolgaron algunos atuendos que me entregaron con la indicación clara, por sus gestos, que me los debía poner.
Así lo hice, frente a la atenta mirada de las dos muchachas que no dejaban de mirarme, aun cuando debí permanecer unos instantes en ropa interior, ni dejaban de reirse entre sí como divertidas por el espectáculo que yo les brindaba al dudar sobre la mejor manera de introducirme en esa pieza única, de los pies a la cabeza, de un parejo color oscuro, para luego acudir en mi ayuda cuando advirtieron que no entendía como esconder mi larga cabellera debajo de un pañuelo muy colorido.
Me miré en el espejo de pie y me sorprendí al verme uniformada con aquel mismo atuendo que había visto en todas las mujeres desde mi llegada a la región, y no pude sino sonreir, aunque con un dejo de tristeza. Sabía que mi inminente futuro dependía de que observara y siguiera en todo con las costumbres y las singulares modalidades de vivir de esos hombres y mujeres tan diferentes a los de mi mundo, que parecían como estancados -en pleno siglo XXI- en las formas de vida de la Edad Media.
Terminada esa operación de transformación, las chicas me llevaron nuevamente a la gran sala en donde la preferida nos estaba preparando un té que las cuatro compartmos en silencio, interrumpido dos veces por los ruidos de otras tantas ametralladoras disparándose a no mucha distancia, pero ignorando totalmente cuales serían las desgraciadas circunstancias que las originaban. Luego de un rato de incómodo silencio se escuchó el típico llamado a la oración que escuchara tantas veces, un especie de lamento en un idioma incomprensible, pero que obligó a todas a dirigirse hacia una fuente de agua cercana adonde comenzaron las abluciones, que procuré imitar, para luego hincarse de rodillas todas en la misma dirección, inclinando nuestras cabezas casi hasta tocar el suelo.
En esa posición me encontraba, pensando en lo ridículo de la situación, cuando escuché un rápido abrir y cerrase de una puerta y veo pasar rápidamente a Abu que fue a colocarse en la misma dirección pero unos cuantos metros por delante nuestro. El rato de oración fue breve y, casi al unísono, los cuatro se pusieron de pie y yo hice lo mismo. Entonces advertí que Abu me miraba con ojos que mostraban entre admiración y deseo, y yo le mantuve todo el tiempo la mirada para darle a entender que no le temía.
Se me acercó y siempre en su impecable inglés me dijo que parecía una autentica muchacha árabe y que estaba comenzando a pensar si no sería conveniente utilizar de sus privilegios como hombre. "Ya vamos a ver", me dijo palmeándome con dos suaves golpes en la cola y sobre esa tela tan finita que casi, casi había sentido directamente sobre la piel, pero no me inmuté.Yo había decidido internamente aceptar cuantas afrentas y abusos me quisieran hacer padecer sin emitir ninguna protesta, con tal de salvar mi vida y poder regresar con los míos, que pasó a ser mi objetivo no solo principal, sino único.
Con un gesto de su cabeza me indicó que le siguiese hacia el lado opuesto de la sala adonde en otro cuarto, bastante pequeño, se encontraba un escritorio, totalmente despojado y junto a él dos sillas, una a cada lado. Tomó en sus manos una, la pasó hacia el otro lado y me pidió que me sentara junto a él. " ¿ Como te estamos tratando? ¿Tenes algo que pedirnos? ¿ Alguna queja?" -me dijo- Simplemente le respondí que no, moviendo mi cabeza en ambos sentidos. "Entonces empecemos a explicarte quienes somos; que queremos y porque luchamos", y sin esperar una respuesta comenzó con una larga y encendida defensa de lo que se consideraba era volver a la doctrina más pura del Profeta, que con el correr del tiempo se había ido transformando en una especie -así lo dijo- de panqueque empalagoso.
De allí que los primeros destinatarios de sus luchas y conquistas fueran sus propios hermanos en la fé, a quienes se debía convencer por cualquier método, inclusive utilizando la fuerza, porque era imprescindible poder contar cuanto antes con un territorio propio en donde, al igual que en esos campamentos, poder asegurar los verdaderos principios de la fe.
Yo era consciente que resultaba totalmente inútil entrar en algún tipo de debate o discutir su ideología, ni tenía ganas de hacerlo, ni contaba con conocimientos suficientes, ni eso facilitaría mi estancia en el lugar mientras permaneciera allí, pero mientras lo escuchaba pensaba si estaría dispuesto por el Profeta que esos territorios a los cuales pretendían acceder, fueran precisamente los más ricos en petroleo, vale decir, aquellos que les permitirían gozar de un inmenso patrimonio económico con lo cual, este ejercito de "buenos profetas", en el fondo, eran exactamente iguales a cualquier vulgar colonizador occidental y cristiano. Es el hombre el que está herido -pensaba en silencio- y cada vez somos menos los que realmente nos decidimos por sanear los inconvenientes que generan la pobreza y la opresión, con total desinterés y una auténtica vocación de servicio. El discurso de Abu, con palabras grandilocuentes pretendía justificar lo que no tenía justificación humana alguna.
Sus diatribas se prolongaron por un largo rato, ante mi silenciosa escucha, y a continuación debí soportar su airado cuestionamiento a las prácticas de la Inquisición y a la absurda persecución a los judíos y moros que emprendiera la Iglesia -al igual que ellos ahora- para purificar la religión y obligar a los hombres a sostener un solo credo en común, porque sólo hay un Dios que es Alá y solo un Profeta que es Mahoma, "del cual ´tu´Jesús -así me dijo- fue un predecesor enviado para prepararle el camino".
Mi cabeza no pudo entonces dejar de recordar aquellas viejas discusiones del colegio secundario cuando, claramente, las monjitas que nos enseñaban historia, hacían peripecias para no abordar, seria y críticamente, los horrores de la época inquisistorial, para ahora tener que escuchar algo así como "con tus mismos métodos", pero tampoco en esto quería discutirle; simplemente pensé que si se trataba de una suerte de venganza, el paso del tiempo y la evolución del pensamiento religioso lo tornaba no solo inoficioso y atemporal, sino que si entonces eran atroces hacia ellos hoy ellos no podían dejar de ser coherentes y pensar que entonces sus métodos actuales también eran atroces.
¡ Pero que les voy a discutir si son todos iguales y a medida que pasa el tiempo lo único que cambia es la vestimenta, no las ideas y los métodos, y tanto unos como otros encuentran la justificación para sus desmedidas pretensiones económicas o ansias de riqueza, bajo la máscara de la espiritualidad! Nada hay de nuevo bajo el sol -seguía pensando-
La cena transcurrió para "la familia" en el gran salón, mientras que a mí me destinaron a un sitio junto a un par de moros que se ocupaban en estos enseres pero al aire libre, los que no me dirigieron la palabra en ningún momento. Bebí agua; comí una carne bastante cruda, con algunas verduras asadas y un postre muy dulce, en base a almendras y miel que la verdad es que me agradó muchísimo.
Una de las niñas vino, más tarde, a buscarme, la más adolescente y menos niña, y nos fuimos hacia el cuarto en común en donde advertí que los dos biombos ocultaban la cama grande en la cual, era notorio, se encontraba Abu y la pobre pequeñita a la cual se escuchaba sollozar calladamente. Esa batalla carnal habrá durado un par de horas, durante las cuales no pude cerrar los ojos, luchando por contenerme y no ofrecerme al victimario para que dejara en paz a la pobre niña que no tendría más de 13 años, pero pensé que de cualquier modo no evitaría que eso sucediera en el futuro y además, con toda seguridad irritaría al poderoso; me cubrí con una frazada y recién al aplacarse los sollozos femeninos y los jadeos masculinos, me dormí.
Cuando desperté -al rato- aun era de noche, pero la pequeña ocupaba su cama individual, los biombos habían vuelto a su lugar y la cama grande, desordenada, permanecía va cía. ¿ Cuanto tiempo más se prolongaría esta agonía? ¿Terminaría sucumbiendo bajo la fuerza de ese ser tan despreciable, que para colmo, hasta hace poco era un "muchacho inglés perfecto y educado". Una víviora, en realidad, agazapada a la espera de algún pie confiado que se le acercara para asestarle un mordisco venenoso.
La mañana siguiente transcurrió sin mayores novedades. Fui llevada, al amanecer, a orar junto a las otras mujeres, distanciadas unos 10 metros detras de los hombres; luego nos sirvieron un vaso con leche bastante agria y cuando las demás mujeres comenzaron con sus respectivas tareas domésticas, me ofrecí a acompañarlas pero no me lo permitieron con gestos de desconfianza que se reiteraban cada vez que me aproximada a alguna de ellas.
Un rato después vino Abu que, muy sonriente me dirigió ese tradicional saludo árabe de los tres gestos, para luego preguntarme si había podido descansar, y ante mi respuesta dudosa, agregó "ya te va a tocar acompañarme en la cama grande y quedarás agotada; entonces dormirás plácidamente", acompañando sus palabras con un par de nuevas palmadas en mi cola, que a traves del muy ligero género que las cubría, una vez más las sentí como si estuviese desnuda, y él se dió cuenta que me ruborizaba, pero no emití palabra ni hice gesto alguno que demostrara mi indignación. Tenía la leve impresión que ese hombre tenía un total conocimiento de sus límites para conmigo y que si los sobrepasaba debería rendir cuentas ante algún superior, pero por las dudas no lo enfrenté.
Contiguo al sitio adonde nos encontramos se apareció un grupo de hombres armados llevando hacia otro lugar a dos prisioneros, vestidos con refulgentes ropas color naranja, a quienes luego de un breve trayecto obligaron a permanecer sentados, pero separados uno del otro, con las manos atadas a sus espaldas, mientras que Abu, tomando una cámara portatil de video, acercándose a mí, me tomó del brazo y me condujo junto al grupo mientras me decía que eso también formaba parte de mi adoctrinamiento.
Al llegar nosotros los hicieron arrodillar a los prisioneros, uno, pelirrojo de unos 28 o 30 años y el otro un asiático algo mayor, detras de los cuales se ubicó un enmascarado con una espada en la mano, con la clara intención de decapitar allí a las dos pobres víctimas. Yo me llevé las manos para cubrirme el rostro, pero Abu me obligó a mirar bien lo que ocurriría, en tanto comenzaba a filmar. Escuché que primero uno y luego el otro prisionero decían con voz firme su nombre y nacionalidad para luego reconocer ser pecadores occidentales pertenecientes a paises que atentaron contra las sagradas normas morales y religiosas del Islam aceptando que ello les debía acarrear la muerte que sin duda resultaba ser un castigo justo y con el objetivo que occidente cesara en sus prácticas belicistas.
Terminados los discursos -similares y ambos en ingles- el verdugo alzó su espada y en ese momento Abu cortó la filmación, en tanto me tomaba de un brazo y me hacía volver hacia la zona del refugio. Habíamos dado unos dos o tres pasos cuando se escucharon dos fuertes disparos junto al sonido seco de los cuerpos golpeando la tierra. Grité angustiada al darme vuelta y ver lo que había ocurrido, y al querer salir corriendo Abu lo impidió y atrayéndome hacia sí me susurró sonriendo "viste que no somos tan brutales....no los decapitamos para que no sufran.....pero además les decimos que será un simulacro para la filmación, así se muestran tranquilos y esperanzados al colaborar".
Yo no pude hacer nada más en todo el día; me había quedado totalmente petrificada luego de ser testigo de ese fusilamiento descarnado y lo que más me impresionaba era advertir que todos los demás seguían con sus quehaceres cotidianos como si nada hubiese ocurrido o, peor aun, como si lo que había ocurrido fuese algo cotidiano. Casi no quise comer cuando vinieron a buscarme al caer la tarde y, una vez en el cuarto advirti que por suerte no tendrían visita porque los biombos estaban en su sitio, junto a la pared.
Después de la oración matinal, Abu me convocó a su pequeño escritorio interno, y en cuanto entré me preguntó si había logrado digerir lo del día anterior y, ante mi negativa, me dijo que sería conveniente que lo fuera asimilando porque formaba parte de las verdades que tendría que revelar a mi regreso, y acto seguido comenzó con un largo discurso sobre el tema de la violencia sagrada, así la llamó, que el propio Mahoma enseñó y pacticó en Arabia luego de su huída a Medina, sometiendo por la fuerza de la espada a las tribus árabes y judías de esta región a las que obligó a pactar con él y aceptar al Islam sometendose plénamente a Alá como única religión Así se había transformándo del profeta de Alá de La Meca a la espada del Islam, de la cual ellos ahora eran sus únicos herederos y sucesores.
Luego me dijo que lo mismo que había hecho Mahoma en Arabia había ocurrido después en España durante el siglo VIII, que pasó de ser un reino totalmente cristiano y de cultura romana a una gran región islámica y de mentalidad árabe como fue Al-Andalus, para luego decirme que su lucha actual no se detendrá hasta haber recuperado ese antiguo territorio propio, para lo cual sería indispensable que ocurra una victoria militar musulmana terminante, con la rendición incondicional de todos los herejes occidentales, ya sean estos cristianos o judios. Mientras esto no ocurra, casi sentenció, "tu occidente no tendrá paz"
Yo le escuchaba en silencio porque no quería herirlo ni terminar en sus manos, de modo que simplemente le pregunté si era ese el mensaje que quería que transmitiese, y luego de reconocerme que así era, me insistió en que dijera que muchos millones de islamistas estan aguardando en occidente, en donde han nacido y se han educado sin descuidar sus deberes para con el Islam, de alguna señal para levantarse el armas. "Ustedes mismos nos han abierto las puertas de sus murallas -agregó sonriendo- y ahora somos unos occidentales más a quienes no podrán perseguir porque somos ustedes.....¿ no te resulta conocida mi ortodoxa formación británica?.....y sin embargo ya lo vez.....soy parte protagonista de la yidahh!"
" Esta lucha, mi querida, tiene dos frentes.....uno bélico propiamente dicho.....que persigue hacerse de un territorio donde establecernos en forma definitiva, en lo que fueron tradicionalmente nuestras tierras, ocupadas por malditos herejes que son peores que ustedes, porque son de nuestra propia religión. El precio que deberán pagar por ello es entregarnos el suelo en donde crecerá nuestra nación como Estado Islámico puro; entonces iremos por ustedes, abriendo las compuertas que nos ocultan, para devorarlos desde adentro, para la mayor gloria de Allah".
" ¿ Y no te parece que si voy con este mensaje los occidentales no se pondrán en guardia? " -alcancé a expresar mi lógica. " No...es imposible -me respondió- las normas occidentales respetan la libertad como principio supremo y mientras nos comportemos como buenos occidentales, nada podrán hacernos sin traicionar ese principio. En tanto nuestra mujeres musulmanas en occidente no cesan de dar a luz a quienes se seguirán comportando como buenos vecinos, a la espera de la señal que los ponga efectivamente en el camino de la Guerra Santa.....que no tendrá fin hasta que todo el mundo viviente se encuentre sometido a Allah, el Unico Dios."
Todo el día me quedé pensando en ese mensaje, tan fanático -era cierto- como el que siglos antes se había adueñado de la religión cristiana, que a su vez apeló a esos recursos para combatir precisamente al islam, y de paso a los judios.......pero eso no puede volver a repetirse tantos siglos después.....no es posible que cuanto más avanza la civilización mayor sea el retroceso religioso, casi hacia las cavernas, pero con las armas más modernas. No puede ser que finalmente se imponga lo peor que tiene el hombre....cuando somos mayoría los que pensamos diferente. Recordé a mis dos queridos muertos, esos médicos caídos tan absurdamente en una guerra que ni siquiera era de ellos, que lo único que querían erradicar del mundo era la enfermedad y la muerte......y silenciosamente me puse a rezar, a mi Dios, el mismo Dios de estos enfermos, pidiéndole por el mundo y su impredecible futuro.
Durante varios días no volví a tomar contacto con Abu, quien se había ausentado del refugio. Supuestamente estábamos bajo las ordenes de aquel joven primer personaje que me condujo hasta este lugar, pero este en ningún momento se me aproximó ni se acercó al refugio en el que morábamos. Como la preferida tampoco me dirigía la palabra y las dos chicas no hablaban más que su propio idioma, tuve unos cuantos días de tranquilidad ya que tampoco se repitieron los fusilamientos. Solo dormía, comía y vagaba por la casa, intranquila, pensando todo el tiempo en lo que podría significar ese especie de "alto el fuego" al cual no le encontraba algún sentido.
Cuando Abu regresó, unos cuantos días después, traía el rostro severo, como si le hubiese ocurrido algún trastorno imprevisto o recibido alguna información inconveniente, pero al menos a mí no me dijo nada, prácticamente ignorando mi presencia, aun cuando por la noche se lo escuchó fatigar junto a la muchacha adolescente que parecía disfrutar mucho junto a él. Así habrán transcurrido unos cuantos días más, hasta que una mañana me llamó a su escritorio para indicarme -sin invitarme a sentar- que las negociaciones por mi canje estaban empantanadas porque el organismo al cual pertenecía se negaba a mantener conversaciones de intercambio, no obstante los deseos favorables expresados por las autoridades diplomáticas de mi país, para añadir que si todo seguía así me harían enviar un mensaje filmado ya que era un riesgo para todos mantenerme por más tiempo en ese lugar.
Al día siguiente llegó hasta el refugio el gigante que había visto el primer día, portando el mismo uniforme naranja que llevaban todos los prisioneros, que debí ponerme, para luego ser trasladada al sitio de los fusilamientos, en donde tuve que ponerme de rodillas, mientras se me colocaba al lado un hombre con el rostro oculto, que en sus manos llevaba un fusil. Poco después llegó Abu con su filmadora y, advirtiendo mi cara de pánico, me dijo sonriendo que no temiera, pero que tratara de ser convincente porque de eso dependía mi liberación.
Y estallé. La verdad es que no pude soportar más el estres que toda esa situación me había provocado, unido a la posibilidad de terminar siendo solo un bulto más que cayera sobre la tierra sin que nadie le importara. Sé que llorando y muy angustiada sería poco lo que se podría escuchar de mis súplicas; sólo anhelaba que todo fuera cierto y que la película llegara hasta donde debía llegar para movilizar a quien debiera hacerlo. No soy una heroína, me escuché decir, ni quiero ser una mártir más en esta lucha que no tiene ningún sentido.....y luego, con lo último que me mantenía en pié, grite " he visto caer a compañeros médicos....he visto matar a sangre fría a prisioneros de distintos lugares.....por favor......¡ no quiero ser una más!!! Rescátenme !" Y cubriéndome el rostro con las manos lloré amargamente.
Poco después escuché el clik con el que se terminaba la filmación y entonces Abu me ayudó a levantar en tanto decía que mi súplica había sido convincente, pero que si en dos días no había respuestas, "terminarás como esclava sexual en el Yemen.....aquí no vamos a matarte.....tranquilizate" "¿Como voy a hacerlo...carajo! ? se que le grité.....si lo único que han hecho desde que llegué es aterrorizarme" "Esto es una lucha, my lady -me respondió- y aquí no has venido a tomar el té"
.De más está decir lo que fueron esos dos días......una lenta agonía. No tenía ganas de salir de la habitación y tampoco de mi lecho, aunque era arrastrada en los momentos de oración -¡ no fuera que Alá no se apiadara de mí !! Finalmente ayer por la mañana vino un camión a buscarme. Nadie me explicó que había pasado y yo ignoraba hacia cual de mis dos destinos marchaba cuando Abu Sayyas se sentó a mi lado e impúdicamente no dejó en ningún momento de mirar mis piernas desnudas, al descubierto de mi insuficiente atuendo de enfermera. En un momento me incliné hacia él y le rogué que si mi destino no era el de ser reintegrada con los míos, que me matara allí mismo porque no soportaría ninguna otra alternativa, y entonces fue cuando posando una mano sobre mis rodillas -que temblaban- me dijo que me quedara tranquila que ya había concluido todo.....y entonces me puse a llorar desconsoladamente, en sus brazos.
"Air France anuncia que hemos iniciado el descenso hacia el aeropuerto Charles de Gaulle en París adonde estimamos aterrizar en aproximadamente 15 minutos. Les rogamos volver a sus asientos; atarse los cinturones de seguridad, apagar todos los artefactos electrónicos y colocar derechos los respaldos de los asientos, hasta que se hayan apagado los carteles luminosos".
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