lunes, 28 de septiembre de 2015

Azabache


                                                         Para   Salvador Giaccio Rivarola (Salvi),  mi nieto gran amigo de los caballos.-


     Al potrillito guacho nacido en el haras lo habían apodado "Azabache" por el color negro completo de su pelaje. Su madre, una buena yegua que no pudo superar la parición porque el potrillo venía "de lado", fue enterrada allí mismo, en el llamado "cementerio de los animales", que compartían por igual en un extremo del campo los caballos y los perros que en su momento, hicieron de ese lugar su propio sitio; en cuanto al padre, jamas supo que lo fuera ya que el pequeño potrillo era hijo de una de las tantas inseminaciones artificiales que salieran del vigor de ese viejo campeón de tantas batallas hípicas, hoy convertido en sembrador de buenos hijos y nietos.

     Por eso es que Azabache creció junto a "don Paco", ese viejo caballo ya jubilado incluso como caballo, que se dedicaba a pasar sus días pastando y disfrutando de los buenos recuerdos que le divertía mucho compartir con Azabache, que le seguía a todas partes. 

     Y digo que se entretenía porque ambos se pasaban las horas a pleno sol en el campo, sin que nadie  les impusiera tarea alguna, como inevitablemente ocurría con los demás integrantes de esa vasta tropilla que compartía sus días en el haras.Y por ahí andaban estos dos, separados del resto que partían al comenzar la jornada y que recién regresaban cansados al atardecer, a refrescarse en el arroyo cercano y poder disfrutar de un poco de paz.

     Don Paco y Azabache, en vez, no tenían otra cosa que hacer más que pasearse por el campo, comer y divertirse entre ellos, porque don Paco quería borrarle esa tristeza que le había parecido advertir en los ojos firmes del potrillo como una especie de nostalgia tan propias de quien debe crecer alejado de los cuidados de su madre, tal y como le había sucedido a él mismo muchos años antes, sin que ninguno de los mayores de la tropilla se dignara dirigirle tan siquiera un cariñoso relincho.

     La vida de don Paco había seguido un rumbo muy sufrido, mal domado adrede, para que alguno pudiera lucir sus destrezas en fiestas gauchescas o jineteadas en las que los aplausos se los llevaba el domador de turno; cuando se cansó de hacer piruetas fue vendido al propietario de un campo sin muchas aspiraciones y poco dinero que lo utilizaba para "todo servicio", desde reemplazar a los tractores durante el tiempo de preparación de la tierra, hasta el de las cosechas, ya que hombre decía que mientras "ese animal" pudiera hacer la faena él se reía de la tecnología.

     Mas tarde fue a parar como caballo de tiro de un carro de reparto, y así recorría todo el pueblo, de la mañana a la noche, llevando mercaderías de boliche en boliche y de casa en casa; finalmente, cuando llegó al haras en el que ahora estaba, lo utilizaron para azuzar a las yeguitas nuevas a alzarse, recibiendo de ellas cantidad de patatas y mordiscos, para que cuando ya las tenía listas lo sacaran a la fuerza y le permitieran al galán de turno terminar sin riesgos la tarea.

       Pero don Paco no le podía transmitir a Azabache esa, su verdadera experiencia de vida, para no abatirlo aun más respecto de lo que el mundo le deparaba y entonces fue que le comenzó a contar historias que tomaban vida solo en su imaginación, y así transformó aquellos días de siembras y arados en increíbles días de circo, donde se dedicaba a ser el transportador de una grácil y bella amazona de blanco, que hacia las delicias de un nutrido mundo infantil que la aplaudía , y  que inclusive a el mismo le llegaba el agradecimiento de muchos que al final de cada presentación se detenían para regalarle algunas cariñosas caricias.

     También había disfrazado las jornadas entre jineteadas y domadores por tranquilos paseos a lo largo de la playa, permitiendo que jóvenes enamorados pudieran pasearse juntos por la orilla del mar, uno detrás del otro, en un constante y renovado intercambio de cariños que todas las noches del verano se renovaban. Y el carro de reparto se transformó en una calesita de pueblo que tarde tras tarde le permitía  a los niños jugar junto al movimiento circular y ascendente de esos otros caballitos, de madera, que infatigablemente daban vueltas y más vueltas mientras los chicos no se cansaban nunca de exteriorizar su alegría.

     Finalmente, el trato descortés y arisco de las yeguitas se convertía en incansables carreras por el campo, al seguro de unas siestas prolongadas, en las que podía dar rienda suelta a sus fuerzas naturales para transmitir su propio placer y su vida a esas pispiretas que entre ellas se disputaban el ser las primeras en complacerlo. Y así siguió don Paco, día tras día, alimentando la fascinación de Azabache por la vida y contagiándole un entusiasmo que no hacía más que despertar en el potrillo un irrefrenable deseo de crecer para salir a disfrutar plenamente de la vida del caballo. 

     Una tarde en que volvían al corral después de una larga jornada de vagancia y de nuevos relatos, don Paco tropezó con una viscachera que la charla que mantenían no le permitió advertir que estaba en su camino, y al caer se le rompió la mano derecha, lo que le impidió seguir adelante. Azabache no sabía que hacer y se quedó a su lado, procurando consolar a su amigo que se debatía en el suelo, sin poder ponerse en pié.

     Al caer la noche vinieron por ellos; se los escuchaba acercarse en medio de murmullos y luces que se aproximaban, y en tanto Azabache salía a su encuentro, para orientarlos, don Paco intuyó que su fin se aproximaba con ellos, y as fue. Azabache supo de inmediato que ese disparo lejano que se había escuchado fue el que le puso fin a la vida de su viejo amigo, a quien no se le podía curar la fractura que había astillado sus huesos. 

     Cuando a la noche siguiente, después del entierro de don Paco en el cementerio de los animales, la tropilla se juntó a comentar lo sucedido y a la cual Azabache fue incorporado como uno más, escuchó desolado de boca de sus nuevos compañeros, sobre las soledades, angustias y tristezas de la vida de don Paco, que este le había ocultado para hacerlo feliz, y en lugar de llorar, sonrió, porque comprendió el sentido del mensaje que le había querido transmitir su viejo consejero y amigo: no importa tanto lo difícil que sean las circunstancias de tu vida, sino la actitud positiva con la que puedas encararte con ellas. Sólo así podrás superarlas, sean cuales fueren.
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sábado, 12 de septiembre de 2015

Lavalle 863.-


                                                     
                                              A mi nieto Juan Cruz Rivarola, a quien nunca vamos a olvidar.-



     El portón que cerraba la calle cortada donde jugábamos al fútbol todas las tardes tenía un número que lo identificaba frente a las demás entradas, el 863. Era alto, de madera y de color madera, y nunca pudimos ver que había detrás. Seguramente se abriría temprano en la mañana y tarde al anochecer, pero hasta esa tarde nunca lo vimos abierto.

     Sabíamos de sobra que allí vivía una familia porque cuando la pelota volaba por encima del portón, en forma invariable alguien nos la devolvía, mientras escuchábamos el inconfundible sonido de la risa de un niño, que a nuestro tradicional "graciaaaasss" nunca respondía.

     Al principio sentíamos curiosidad e inclusive, llegamos a invitar al niño -ya que siempre nos imaginamos que era un varón- a que se nos uniera en el juego, pero no tuvimos respuesta, lo cual terminó por despertar en nosotros toda clase de fantasías e imaginaciones.

     ¿ Quien sería el de las risitas? ¿ porqué no respondía? ¿Era un pequeño sordomudo? ¿un chico muy tímido? ¿no sabría jugar? No sé cuantas cosas más nos planteamos luego de cada partido y mientras regresábamos a nuestros respectivos hogares, ubicados a diferentes alturas de esa calle Lavalle, la cortada, que terminaba bruscamente en un portón alto, de madera.

     Un sábado por la tarde, cuando ya estaba comenzando a anochecer y nuestro eterno partido entraba en su fase final por la falta de luz, escuchamos ruidos que, sin duda, se originaban en ese portón que se estaba abriendo y nos quedamos como paralizados por la curiosidad.

     Un auto grande, negro y alargado, comenzaba a desplazarse desde adentro hacia afuera, marcha atrás, lo que hizo que nos corriéramos para uno de los costados del portón, un poco para dejarle paso y otro poco para poder mirar quien viajaba dentro. Nos quedamos sorprendidos y casi, casi sin poder hablar.

     Cómodamente instalada en la parte posterior del auto una -para nosotros- autentica y bella princesa nos sonreía, como avergonzada de tener que presentarse  tan repentinamente, de exhibirse -finalmente- después de tanto tiempo de intercambio permanente de gestos y sonrisas cómplices.

     Pero claro, lo que más nos llamó la atención fue que la joven mujer-niña, que con una de sus manos nos saludaba, no contaba con ninguna de sus extremidades inferiores, directamente su espléndido cuerpo terminaba en el tronco y no había nada más hacia abajo, circunstancia que recién advertimos una vez que el auto hubo partido, raudo, hacia algún destino desconocido.

     Es que uno de nosotros había alcanzado a ver, junto a ese cuerpo espléndido, una silla de ruedas plegada, en tanto que todos los demás habíamos advertido la ausencia de piernas en quien parecía haberse sentado sobre ellas, lo que no resultaba posible porque estaba de costado sobre el asiento. El portón de madera se había cerrado nuevamente y, claro está, nos volvimos a nuestras casas conversando todos al mismo tiempo y sacando conjeturas sobre la tremenda sorpresa que el hecho nos causara.

     Algunos días después, cuando reanudamos el juego, como casi siempre ocurría la pelota voló una vez más por encima del portón, pero esa vez nadie nos la devolvió. Tocamos timbre y el silencio fue la única respuesta, de modo que resolvimos no volver a jugar a la cortada porque imaginamos que ya nadie vendría del otro lado a devolvernos entre risas, lo principal de nuestro juego.

     Nunca supimos nada más de esa preciosa princesa de sonrisa triste ni del cual pudo haber sido su suerte, porque poco después la casa se puso en venta y allí comenzó a funcionar un geriátrico al que frecuentemente llegaban muchas visitas, sobre todo durante los fines de semana, lo que hacía desaconsejable el utilizar la calle como campo de juegos.

     Nosotros también nos fuimos desperdigando por puntos muy distantes entre sí, hasta que hace poco, después de transcurridos muchos años, regresé al lugar de mi niñez y tuve curiosidad por volver a esa antigua callejuela de nuestros juegos. Una vez más el portón me impidió seguir adelante, y aunque la casa permanecía tal cual la recordaba, quizás de dimensiones más pequeñas, se la veía solitaria y abandonada detrás del cerco por el que me asomé para espiar hacia adentro.

     Pero aún se me reservaba un sorpresa; mezclada con las ramas del cerco y aprisionada por sus espinas, totalmente corroída por el paso del tiempo, allí estaban los jirones de la que había sido nuestra vieja pelota de goma, aquella que nunca más volvió a nuestras manos, y que con mucho cuidado logré liberar de la cárcel que desde aquella tarde la tenía prisionera. 
      
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miércoles, 19 de agosto de 2015

Los dones perdidos de Blancanieves.-


                                                      Para mi querida Angie Rivarola ......por si fuese verdad.-



     Ayer, domingo, después del encuentro familiar del mediodía y cuando la casa retornó a su tranquilidad habitual, me fui a dormitar al sillón del escritorio, con la vista fija en la pequeña figura de un trol finlandés, que se vino con nosotros en nuestro último viaje, y que parecía que desde el sitial que desde entonces ocupa, con su mirada, quisiera transmitirme algo. Cuando finalmente logré dormirme, advertí que este pequeño personaje tomaba delante mío una dimensión importante, y que comenzaba a hablarme.

     Comenzó diciendo que hacía muchos años se había aparecido por sus lejanas y frías tierras del norte de Finlandia, nada menos que Walt Disney, en busca de algunas historias o leyendas con las cuales inspirarse para realizar una película, y que entonces conoció del trágico relato de lo ocurrido con una princesa, llamada Blancanieves, pero como le pareció que era preciso darle a la historia un final -que no tenía- le encontró uno que pudiera adecuarse a los criterios occidentales. Por eso es -me dijo, Oliver, mi trol- que la historia que aquí les han contado de Blancanieves no es como la conocen.

     Y siguió. Es cierto que era una niña muy pero muy bonita, de tez blanca y labios rojos sangre, que vivía en un lejano pueblo lapones junto a su padre, el rey, viudo desde el nacimiento de la niña, y que al cumplir ésta los 15 años se volvió a casar con una mujer tremendamente celosa y extremadamente envidiosa de la belleza de Blancanieves, a quien maltrataba cotidianamente, además, debido al inmenso cariño que le dispensaba su padre.

     La madrastra -que en realidad era una bruja- lo que pretendía era hacer desaparecer a la niña, ya que conocía que no podía terminar con su vida ya que al morir, su madre la había dotado de inmunidad, para que nadie pudiese terminar con su vida al menos hasta que, a su vez, ella no hubiese dado a luz a una hija a quien transmitirle ese mágico don. Para ello contrató a un sirviente del palacio quien, mediante engaños, debía llevarse a la niña hacia un país muy lejano, sin embargo éste no quiso cumplir con el recado y simplemente la trasladó hasta lo más profundo de un bosque cercano, en donde la dejó librada a su suerte junto a una modesta cabaña de madera que por allí encontraron, y que pensó que estaba abandonada.

     La madrastra, que silenciosamente les había seguido para verificar que se cumplieran sus instrucciones, al ver que Blancanieves estaba desprotegida, se acercó a ella despaciosamente y, utilizando sus poderes maléficos, le hizo un conjuro de resultas del cual la despojó de todos sus dones: la belleza, la alegría, la laboriosidad, la belleza de su canto, la simpatía, la sabiduría y la elegancia, los que arrojó al aire para que el viento los dispersara y los desparramase por cualquier parte. 

     Desprovista de todo su ser, Blacanieves cayó al suelo desmayada y allí permanecía cuando llegamos nosotros siete -siguió el relato de Oliver- que al concluir con nuestras tareas habituales, regresábamos a descansar a nuestro hogar, y allí la vimos: se trataba de una muchacha normal, más bien feucha y mal vestida, que nos sorprendió que estuviese allí dormida en la entrada de nuestra cabaña. La llevamos dentro y la pusimos sobre la alfombra ya que su tamaño superaba en gran medida el de nuestras camas, aun todas juntas.

     Al día siguiente cuando la muchacha despertó se mostró sorprendida de su presencia en ese lugar, pero no logramos que nos dijera nada, de modo que le hicimos saber que si quería quedarse allí, tendría que hacer los quehaceres de la casa, limpiar nuestra ropas sucias y cocinar para cuando regresáramos. Sin embargo, al anochecer, encontramos todo en la casa tal cual lo habíamos dejado, y entonces nos enojamos mucho con ella, a quien la conminamos a modificar su actitud o irse en la mañana.

     Cuando despertamos ya no estaba, de modo que bastante sorprendidos con lo ocurrido nos fuimos a trabajar, y así habrán pasado unas cuantas semanas. Una tarde, al regresar, junto a la puerta de la cabaña se encontraban un muy fino y joven caballero, y arriba de su elegante cabalgadura, nuestra muchacha, muy flaca, sucia y con sus ropas ajadas, que permanecía como adormecida. El joven nos pidió de entrar, y una vez que acomodó a la chica sobre la alfombra, nos contó que se trataba de Blancanieves, la pequeña hija del rey, que la había encontrado perdida en el medio del bosque comiendo una semillas caídas de los árboles, y a quien estaba buscando por pedido del rey quien preocupado de su ausencia, había prometido una gran fortuna a quien lograra dar con ella.

     Además, nos contó que cuando se enteró de esa proclama, la nueva esposa del rey se había reído de la iniciativa y le había relatado a su esposo que no le convenía salir en su búsqueda porque de la Blancanieves que él conociera no quedaba nada más que su exterior, al haber sido desprovista de todos sus encantos. El rey enfureció y luego de encarcelar a la bruja en los sótanos del Palacio, había triplicado la recompensa para aquel que, además de dar con su hija, lograran rescatar todos sus dones, encontrándolos en cualquier lugar del mundo en el que se encontraren.

    Siguió diciéndome Oliver que luego de concluir con su relato, el joven - que era un príncipe- los invitó  a que se asociaran a su empresa, encomendándoles a cada uno a encontrar  alguno de aquellos siete dones, y en eso estamos después de haber pasado unos 600 años. A mí -terminó Oliver sonriendo- me ha costado muchísimo dar con el don del canto, ya que han sido muchísimas las mujeres que a lo largo de los años me han cautivado con su voz; sin embargo, sé que aun no he dado con el que tenía Blancanieves.

     Finalmente me dijo que la niña aun aguarda en una de las torres del palacio, con paciencia e ilusión, la reunión de todos esos dones, y que algunos ya se han ido recuperando, como ser la belleza, la simpatía, la sabiduría y la elegancia, pero aún seguían tres de ellos, activos en busca de la alegría, la laboriosidad y la musicalidad, que es detrás del cual estoy, concluyó. Y yo que tengo que ver con todo esto? le dije. Acaso quieres que modifique aquella vieja historia que a todos nos han contado? Es por eso que estas aquí? Es por eso que cuando nos vimos no podía dejar de mirarte, al punto que tuve la imperiosa necesidad de traerte aquí, a un sitio tan lejano?

    Algo de eso hay -me respondió Oliver- pero no quiero que modifiques la historia conocida sino que me ayudes a concluir con la real, porque yo soy muy pequeño y en un mundo tan grande, solo, no podría hacer nada, y agregó ¿ no querrías darme una mano? Sí, le respondí, pero no sabría como hacerlo; todo parece un cuento fantástico, y fue entonces cuando, mirándome con mucha ternura, pero con unos ojitos bien pícaros, me dijo que sabía que cerca mío había una joven que, a su criterio, era el último eslabón de una larguísima cadena de transmisiones que la hacían la actual portadora de ese don, y ella es tu nieta, mi amigo -me dijo ante mi perplejididad y asombro-, ya que tiene la voz que a decir verdad, Blancanieves está aguardando que le sea reintegrada, para así seguir completando su propia personalidad.

     Pero si te consigo dar con ella -le respondí-  perdería ese don tan maravilloso que tiene y que a todos nos cautiva. No, me dijo, de ninguna manera, por el contrario; estamos autorizados a dotar a todas aquellas mujeres que nos entreguen voluntariamente el don que recibieron gratuitamente, de los siete, para que todas sean  iguales a ella.

     Repentinamente me desperté y observé que Oliver, desde su sitial, me seguía mirando, pero además advertí que ahora su carita tan rara, me parecía sonreir, desdibujando esa enorme nariz que le caracterizaba. Entonces me levanté del sillón y vine a escribir este relato.....para vos ! 
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lunes, 27 de julio de 2015

Relato con muy poco de ficción.-

 Para todos mis nietos, con la esperanza de que nunca tengan que padecer de este flagelo del siglo XXI


     Recién una vez que vi que se cerraba la puerta delantera del avión, me pude relajar. Viajaba a París en un vuelo comercial que había partido desde el casi destruido aeropuerto de Trípoli, en Libia, del que sólo se mantenía decorosamente en pie su pìsta, esa larga pista que recorrió el avión tomando cada vez más velocidad para, repentinamente quedar como detenido en el aire, y sin embargo era el mar, ese mar tan azul que se veía allá abajo el que demostraba que no estábamos detenidos sino ascendiendo cada vez a mayor altura.

     Me aflojé el cinturón de seguridad y con paso tambaleante me dirigí hasta el sector que ocupaba la tripulación en busca de un vaso de agua para saciar la sed que me acompañaba desde hacía muchas horas. Es que había estado secuestrada durante algunas semanas por el Estado Islámico, ese grupo de fanáticos religiosos que no se detuvo ni siquiera al contemplar mi uniforme de enfermera de la organización de Médicos sin Fronteras, y me llevaron junto a otro pequeño grupo de mujeres -casi niñas- que aguardaban por atención médica en el pequeño hospital de Al Fashir en el oeste de Sudan.

     Nunca más supe de ellas, de quienes me separaron ni bien llegamos a un lugar bien lúgubre, húmedo, oscuro y totalmente destruido, que unas cuantas piedras mantenían en pie a la vera de una ruta desértica que se perdía en el infinito, y por donde siguió el camión con las niñas una vez que me hicieron descender a la fuerza para ingresar, también a la fuerza en esa especie de cárcel fría que ocupé junto a un corpulento muchacho con su rostro cubierto por un pasamontañas de lana, mientras que un fusil impecable de limpio y lleno de balas descansaba en sus manos.

     La rapidez con que se realizó el ataque al hospital de campaña no me permitió tomar nada como para protegerme de las inclemencias de la noche que poco a poco avanzaba sobre nosotros cubriéndonos no solo con sus sombras sino también de un frío cada vez más intenso que trepaba desde mis piernas desnudas hacia arriba, cubierta tan solo de mi delantal blanco que en esa situación resultaba algo totalmente inapropiado.

     Quien me custodiaba lo advirtió y juntando varias maderas logró -con algún esfuerzo- encender un fuego junto al cual me cobijé, pero sin dejar de temblar. Con las escasas palabras que dominaba en árabe le pregunté al muchacho si pasaríamos la noche allí, y tras su respuesta afirmativa le interrogué sobre la posibilidad de tomar algo caliente, incógnita que el silencio del personaje no me permitió develar.

     Así pasamos varias horas, en el más absoluto silencio, mientras mis pensamientos volaban hacia atras, recordando a los dos médicos junto a los cuales me encontraba trabajando cuando llegaron, a los gritos y disparando con sus armas al aire, ese grupo de fascinerosos que golpearon a los médicos, raptaron a las mujeres, hicieron huir al resto de los hombres y luego se encontraron sorpresivamente conmigo, respecto de quien, era evidente, no tenían plan alguno, razón por la cual me subieron al camión con las mujeres-niñas para emprender una rápida fuga mientras escuchaba a mis espaldas los tiros con los cuales terminaron con la vida de esos dos nobles médicos, tan jóvenes como sus asesinos, de quienes se diferenciaban tan solo por el color de su piel y sus creencias, ya que los invasores todo lo efectuaban en el nombre de Alá.

     Una pequeña luz se apareció a lo lejos, en el desierto, que se fue haciendo cada vez más visible, hasta que finalmente se comenzó a escuchar el sonido inconfundible de un motor que avanzaba hacia nosotros, y en tanto el muchacho buscaba parapetarse detrás de una piedras más grandes, yo me acerqué aun más hacia el calor del fuego que, paulatinamente, había ido mermando.

     Cuando finalmente el motor se detuvo, vi que se trataba del mismo camión que nos había dejado allí unas horas antes, u otro muy parecido, y de él descendieron dos guerrilleros también encapuchados que portaban unas bolsas con verduras y carnes asadas que depositaron junto a mí, al tiempo que al advertir que en el suelo se encontraban un par de botellas con agua , sentí la imperiosa necesidad de comenzar a beber de inmediato ante la mirada indiferente de los dos nuevos personajes que, según todo lo indicaba, se aprestaban a pasar la noche allí porque traían unas cuantas mantas consigo, más una especie de mameluco color naranja que me arrojaron indicándome que me lo debía poner arriba del uniforme blanco que aun me identificaba como enfermera.
   
     Pasamos la noche en el camión, los cuatro juntos, cubiertos con las mantas, mientras alguno de ellos, alternativamente, se turnaban en la tenencia del fusil haciendo una especie de guardia, no obstante que no se advertía movimiento alguno en muchos kilómetros a la redonda. Me costó muchas horas poder conciliar el sueño, aun cuando advertía que cada tanto mis ojos se cerraban, pero la visión del horrendo final que tuvieron los dos médicos no desaparecía de mis pensamientos.
   
     Con las primeras luces del sol escuchamos el sonido de una voz por la radio que, imperativamente, parecía transmitirles órdenes que de inmediato los tres se aprestaron a cumplir porque se pusieron en movimiento. Cuando advertí que la idea era la de ponernos en marcha pedí que me permitieran alejarme unos pasos para orinar, lo que me autorizó quien parecía ser el jefe, mientras les hacía a los demás algún comentario que festejaron con risas, pero nadie me molestó.
 
      Una vez en el camón emprendimos la marcha; yo con mi primer custodio atrás y los otros dos en la cabina. Avanzamos por el desierto durante -al menos- dos horas sin que el muchacho me dirigiera la palabra, pero advertía que los otros dos conversaban muy animadamente. Finalmente llegamos a lo que -sin dudas- era un campamento de prisioneros ya que varios hombres con el mismo mameluco color naranja que yo llevaba, circulaban por el lugar sin más custodia que un viejo alambrado mas bien destartalado y un par de centinelas armados que, distraídamente, habían estado observando la llegada del camión.
 
     No se veía a mujeres en el lugar y, seguramente, mi presencia incomodaba los planes que se llevaban adelante en el campamento. Así me pareció advertirlo en el rostro serio y preocupado de quien parecería ser el jefe del lugar, que me recibió en un despacho limpio y arreglado, aunque despojado de todo mobiliario a excepción de un escritorio, dos sillas y un sillón de dos cuerpos cubierto de libros y carpetas repletas de papeles, lo cual impedía su utilización original.
 
     Abu Sayyas -que así luego supe que se llamaba- en un impecable inglés, más propio de Oxford que de esos alejados parajes africanos, y desde luego muy superior al mío, aprendido en un buen colegio inglés de la zona norte de Buenos Aires, me explicó que ese era uno de los tantos campamentos que el Estado Islámico (el temido E.I.) tenía en la zona con un doble propósito: adiestrar a jóvenes yihadistas que desde Europa llegaban por cientos a incorporarse a sus filas, y al mismo tiempo para prisión, juzgamiento y ajusticiamiento de los infieles que caían en sus manos.
 
    " Por lo que advierto -le respondí- aquí no hay mujeres. ¿ En cual de esos dos grupos me piensa incorporar?" - "En ninguno -me dijo el árabe- las mujeres cumplen otro rol en nuestra yidah: darnos satisfacción sexual plena e hijos que puedan continuar con nuestra lucha hasta el triunfo final. No nos interesa lo que piensan -agregó- porque siempre hacen cuanto les ordenamos".
 
  " Sigo sin entender -dije entonces- ya que no pretenderá que ejerza de prostituta para todos estos hombres", y Abu sonrió por primera vez, para luego decirme mirándome fijamente a los ojos "en este Ejercito, como en el de Uds., los jefes tenemos algunos privilegios que no compartimos con la tropa, de modo que bien podría convertirte en mi esposa, pero esos no son los planes que me han indicado para hacer contigo".

     " Conocemos tu nombre, Isabel Sastre y por el pasaporte sabemos que no perteneces a un país que esté contra nosotros en esta guerra santa que llevamos contra los herejes, de modo que simplemente te vamos a ilustrar sobre las razones que nos han llevado a tomar las armas en el nombre de Alá, para que luego las difundas en occidente, adonde perteneces; y mientras en mi interior sentía que una vaga sensación de tranquilidad me invadía por primera vez desde que fui tomada, prosiguió "esta situación temporaria que estas viviendo aquí, en el campamento, en occidente sería considerado como un secuestro, de modo que a medida que pasen los días habrá muchos interesados en dar con tu paradero, de tal manera cuando resolvamos canjearte por prisioneros nuestros, la expectativa por oirte y escucharte será muy grande y eso para nosotros será un gran servicio"
 
  Permanecí en silencio; al temor inicial de poder ser considerada como un objeto sexual o esposa de ese hijo de puta inglés traidor, siguió la sorpresa de saber que entonces no sería maltratada ni castigada, sino sencillamente adoctrinada para luego ser intercambiada y poder regresar. No estaba todo tan mal al fin y al cabo, de modo que me atreví a preguntar adonde viviría y si existía la posibilidad de ser provista de ropas. Abu me respondió de inmediato con un gesto amistoso, que sería su invitada, que viviría con ellos allí mismo y que podía utilizar las ropas de cualquiera de sus esposas. " ¿ Y donde queda tu casa? alcancé a decirle.

     Una ráfaga de ametralladora interrumpió súbitamente la charla, y mientras daba un salto en mi silla el inglés de dirigió hacia la ventana para regresar poco después a la mesa y decirme que acababan de matar a dos periodistas, uno británico y el otro francés, pero que no habían sido decapitados. "Eso es una puesta en escena simplemente, ya que no somos tan sádicos como la Iglesia Católica lo fue con nosotros cuando nos quemaba vivos, directamente" Y añadió casi sonriendo "la lucha sigue ´mon amour´ -en perfecto francés- pero los métodos se han humanizado. Ahí tienes la primera lección para memorizar"

     Pensé en responder que en aquellos tiempos no existían otras armas, menos cruentas, pero resolví que no servía de nada perder tiempo en una discusión que estaba perdida antes de comenzar. Abu tomó el radio-transmisor y comenzó a hablar por él de una manera ininteligible, pero que me permitía darme cuenta que estaba dando algunas ordenes.Muy poco después se apareció un gigante vestido totalmente con ropas militares portando una metralleta, quien se detuvo en la puerta; Abu entonces me dijo que Rami me llevaría hasta la casa y luego le siguió hablando a éste en árabe, que nunca respondió sino que simplemente me hizo un gesto para que le siguiera, y no le hice esperar.

     Al pasar a su lado advertí que mi altura no superaba la de los hombros del gigante, y pensé en lo bien que me habría venido contar con alguien así en el hospital e, instantaneamente recordé las figuras de mis entrañables doctores, caídos en plena juventud por la única razón de haber entregado sus vidas para atender y cuidar de los demás. Fueron mártires que nunca serían llevados a ningún altar para servir de ejemplo, pero yo sabía que lo eran y era precisamente eso lo que en su momento explicaría al mundo, no las patrañas con la que estos otros se querían justificar.

     El refugio -más que una casa- de Abu y familia se encontraba en un zótano para acceder al cual había que descender unos cuantos escalones de piedra para luego encontrar -semi oculta- una puerta de madera tras la cual me encontré frente a una estancia amplia, con alfombras cubriendo todo el suelo, una mesa grande, como para seis u ocho personas y un par de sillones blancos cubiertos de almohadones más pequeños, de colores muy diversos.

     En el extremo de uno de ellos se encontraba sentada una mujer de tez oscura, alta, bastante flaca y de rasgos duros, que al verme no mostró ninguna sorpresa, pero tampoco advertí enemistad en su rostro. La mujer habló brevemente en árabe con el gigante que luego de eso se retiró por donde habíamos venido, y entonces la mujer, dirigiéndose a mí, en un impecable francés me indicó que me sentara en la mesa. Me sorprendí al verme responder "mercí", para luego escuchar de quien sin dudas era la primera esposa de Abu, una serie de recomendaciones sobre como debía comportarme y, sobre todo, como debía ir vestida dentro y fuera de la casa mientras permaneciera en el campamento.

     Si bien mi francés era elemental, creí escuchar que no podía salir de ese refugio a menos que me lo autorizaran; que descansaría en una cucheta junto a las otras dos esposas, más jóvenes, de Abu; que debía asistir a los cuatro momentos de oración con toda unción y respeto y que seguiría con todas las costumbres árabes vinculadas a la limpieza e higiene del cuerpo, a todo lo cual yo asentía. De un cuarto contiguo aparecieron entonces dos muchachas, una de ellas casi una niña, y la otra algo mayor quienes, muy sonrientes y solícitas con la mujer mayor, me condujeron a una habitación mucho más pequeña, con tres camas-cuchetas y una más grande, de dos plazas, un par de pequeñas mesitas, un espejo de pie, dos biombos de tela de muchos colores y un amplio ropero del cual descolgaron algunos atuendos que me entregaron con la indicación clara, por sus gestos, que me los debía poner.

     Así lo hice, frente a la atenta mirada de las dos muchachas que no dejaban de mirarme, aun cuando debí permanecer unos instantes en ropa interior, ni dejaban de reirse entre sí como divertidas por el espectáculo que yo les brindaba al dudar sobre la mejor manera de introducirme en esa pieza única, de los pies a la cabeza, de un parejo color oscuro, para luego acudir en mi ayuda cuando advirtieron que no entendía como esconder mi larga cabellera debajo de un pañuelo muy colorido.

     Me miré en el espejo de pie y me sorprendí al verme uniformada con aquel mismo atuendo que había visto en todas las mujeres desde mi llegada a la región, y no pude sino sonreir, aunque con un dejo de tristeza. Sabía que mi inminente futuro dependía de que observara y siguiera en todo con las costumbres y las singulares modalidades de vivir de esos hombres y mujeres tan diferentes a los de mi mundo, que parecían como estancados -en pleno siglo XXI- en las formas de vida de la Edad Media.

     Terminada esa operación de transformación, las chicas me llevaron nuevamente a la gran sala en donde la preferida nos estaba preparando un té que las cuatro compartmos en silencio, interrumpido dos veces por los ruidos de otras tantas ametralladoras disparándose a no mucha distancia, pero ignorando totalmente cuales serían las desgraciadas circunstancias que las originaban. Luego de un rato de incómodo silencio se escuchó el típico llamado a la oración que escuchara tantas veces, un especie de lamento en un idioma incomprensible, pero que obligó a todas a dirigirse hacia una fuente de agua cercana adonde comenzaron las abluciones, que procuré imitar, para luego hincarse de rodillas todas en la misma dirección, inclinando nuestras cabezas casi hasta tocar el suelo.
 
 En esa posición me encontraba, pensando en lo ridículo de la situación, cuando escuché un rápido abrir y cerrase de una puerta y veo pasar rápidamente a Abu que fue a colocarse en la misma dirección pero unos cuantos metros por delante nuestro. El rato de oración fue breve y, casi al unísono, los cuatro se pusieron de pie y yo hice lo mismo. Entonces advertí que Abu me miraba con ojos que mostraban entre admiración y deseo, y yo le mantuve todo el tiempo la mirada para darle a entender que no le temía.

     Se me acercó y siempre en su impecable inglés me dijo que parecía una autentica muchacha árabe y que estaba comenzando a pensar si no sería conveniente utilizar de sus privilegios como hombre. "Ya vamos a ver", me dijo palmeándome con dos suaves golpes en la cola y sobre esa tela tan finita que casi, casi había sentido directamente sobre la piel, pero no me inmuté.Yo había decidido internamente aceptar cuantas afrentas y abusos me quisieran hacer padecer sin emitir ninguna protesta, con tal de salvar mi vida y poder regresar con los míos, que pasó a ser mi objetivo no solo principal, sino único.

     Con un gesto de su cabeza me indicó que le siguiese hacia el lado opuesto de la sala adonde en otro cuarto, bastante pequeño, se encontraba un escritorio, totalmente despojado y junto a él dos sillas, una a cada lado. Tomó en sus manos una, la pasó hacia el otro lado y me pidió que me sentara junto a él. " ¿ Como te estamos tratando? ¿Tenes algo que pedirnos? ¿ Alguna queja?" -me dijo- Simplemente le respondí que no, moviendo mi cabeza en ambos sentidos. "Entonces empecemos a explicarte quienes somos; que queremos y porque luchamos", y sin esperar una respuesta comenzó con una larga y encendida defensa de lo que se consideraba era volver a la doctrina más pura del Profeta, que con el correr del tiempo se había ido transformando en una especie -así lo dijo- de panqueque empalagoso.

     De allí que los primeros destinatarios de sus luchas y conquistas fueran sus propios hermanos en la fé, a quienes se debía convencer por cualquier método, inclusive utilizando la fuerza, porque era imprescindible poder contar cuanto antes con un territorio propio en donde, al igual que en esos campamentos, poder asegurar los verdaderos principios de la fe.

     Yo era consciente que resultaba totalmente inútil entrar en algún tipo de debate o discutir su ideología, ni tenía ganas de hacerlo, ni contaba con conocimientos suficientes, ni eso facilitaría mi estancia en el lugar mientras permaneciera allí, pero mientras lo escuchaba pensaba si estaría dispuesto por el Profeta que esos territorios a los cuales pretendían acceder, fueran precisamente los más ricos en petroleo, vale decir, aquellos que les permitirían gozar de un inmenso patrimonio económico con lo cual, este ejercito de "buenos profetas", en el fondo, eran exactamente iguales a cualquier vulgar colonizador occidental y cristiano. Es el hombre el que está herido -pensaba en silencio- y cada vez somos menos los que realmente nos decidimos por sanear los inconvenientes que generan la pobreza y la opresión, con total desinterés y una auténtica vocación de servicio. El discurso de Abu, con palabras grandilocuentes pretendía justificar lo que no tenía justificación humana alguna.

     Sus diatribas se prolongaron por un largo rato, ante mi silenciosa escucha, y a continuación debí soportar su airado cuestionamiento a las prácticas de la Inquisición y a la absurda persecución a los judíos y moros que emprendiera la Iglesia -al igual que ellos ahora- para purificar la religión y obligar a los hombres a sostener un solo credo en común, porque sólo hay un Dios que es Alá y solo un Profeta que es Mahoma, "del cual ´tu´Jesús -así me dijo- fue un predecesor enviado para prepararle el camino".

     Mi cabeza no pudo entonces dejar de recordar aquellas viejas discusiones del colegio secundario cuando, claramente, las monjitas que nos enseñaban historia, hacían peripecias para no abordar, seria y críticamente, los horrores de la época inquisistorial, para ahora tener que escuchar algo así como "con tus mismos métodos", pero tampoco en esto quería discutirle; simplemente pensé que si se trataba de una suerte de venganza, el paso del tiempo y la evolución del pensamiento religioso lo tornaba no solo inoficioso y atemporal, sino que si entonces eran atroces hacia ellos hoy ellos no podían dejar de ser coherentes y pensar que entonces sus métodos actuales también eran atroces.

     ¡ Pero que les voy a discutir si son todos iguales y a medida que pasa el tiempo lo único que cambia es la vestimenta, no las ideas y los métodos, y tanto unos como otros encuentran la justificación para sus desmedidas pretensiones económicas o ansias de riqueza, bajo la máscara de la espiritualidad! Nada hay de nuevo bajo el sol -seguía pensando-

     La cena transcurrió para "la familia" en el gran salón, mientras que a mí me destinaron a un sitio junto a un par de moros que se ocupaban en estos enseres pero al aire libre, los que no me dirigieron la palabra en ningún momento. Bebí agua; comí una carne bastante cruda, con algunas verduras asadas y un postre muy dulce, en base a almendras y miel que la verdad es que me agradó muchísimo.

     Una de las niñas vino, más tarde, a buscarme, la más adolescente y menos niña, y nos fuimos hacia el cuarto en común en donde advertí que los dos biombos ocultaban la cama grande en la cual, era notorio, se encontraba Abu y la pobre pequeñita a la cual se escuchaba sollozar calladamente. Esa batalla carnal habrá durado un par de horas, durante las cuales no pude cerrar los ojos, luchando por contenerme y no ofrecerme al victimario para que dejara en paz a la pobre niña que no tendría más de 13 años, pero pensé que de cualquier modo no evitaría que eso sucediera en el futuro y además, con toda seguridad irritaría al poderoso; me cubrí con una frazada y recién al aplacarse los sollozos femeninos y los jadeos masculinos, me dormí.

     Cuando desperté -al rato- aun era de noche, pero la pequeña ocupaba su cama individual, los biombos habían vuelto a su lugar y la cama grande, desordenada, permanecía va cía. ¿ Cuanto tiempo más se prolongaría esta agonía? ¿Terminaría sucumbiendo bajo la fuerza de ese ser tan despreciable, que para colmo, hasta hace poco era un "muchacho inglés perfecto y educado". Una víviora, en realidad, agazapada a la espera de algún pie confiado que se le acercara para asestarle un mordisco venenoso.

     La mañana siguiente transcurrió sin mayores novedades. Fui llevada, al amanecer, a orar junto a las otras mujeres, distanciadas unos 10 metros detras de los hombres; luego nos sirvieron un vaso con leche bastante agria y cuando las demás mujeres comenzaron con sus respectivas tareas domésticas, me ofrecí a acompañarlas pero no me lo permitieron con gestos de desconfianza que se reiteraban cada vez que me aproximada a alguna de ellas.

     Un rato después vino Abu que, muy sonriente me dirigió ese tradicional saludo árabe de los tres gestos, para luego preguntarme si había podido descansar, y ante mi respuesta dudosa, agregó "ya te va a tocar acompañarme en la cama grande y quedarás agotada; entonces dormirás plácidamente", acompañando sus palabras con un par de nuevas palmadas en mi cola, que a traves del muy  ligero género que las cubría, una vez más las sentí como si estuviese desnuda, y él se dió cuenta que me ruborizaba, pero no emití palabra ni hice gesto alguno que demostrara mi indignación. Tenía la leve impresión que ese hombre tenía un total conocimiento de sus límites para conmigo y que si los sobrepasaba debería rendir cuentas ante algún superior, pero por las dudas no lo enfrenté.

     Contiguo al sitio adonde nos encontramos se apareció un grupo de hombres armados llevando hacia otro lugar a dos prisioneros, vestidos con refulgentes ropas color naranja, a quienes luego de un breve trayecto obligaron a permanecer sentados, pero separados uno del otro, con las manos atadas a sus espaldas, mientras que Abu, tomando una cámara portatil de video, acercándose a mí, me tomó del brazo y me condujo junto al grupo mientras me decía que eso también formaba parte de mi adoctrinamiento.

     Al llegar nosotros los hicieron arrodillar a los prisioneros, uno, pelirrojo de unos 28 o 30 años y el otro un asiático algo mayor, detras de los cuales se ubicó un enmascarado con una espada en la mano, con la clara intención de decapitar allí a las dos pobres víctimas. Yo me llevé las manos para cubrirme el rostro, pero Abu me obligó a mirar bien lo que ocurriría, en tanto comenzaba a filmar. Escuché que primero uno y luego el otro prisionero decían con voz firme su nombre y nacionalidad para luego reconocer ser pecadores occidentales pertenecientes a paises que atentaron contra las sagradas normas morales y religiosas del Islam aceptando que ello les debía acarrear la muerte que sin duda resultaba ser un castigo justo y con el objetivo que occidente cesara en sus prácticas belicistas.

     Terminados los discursos -similares y ambos en ingles- el verdugo alzó su espada y en ese momento Abu cortó la filmación, en tanto me tomaba de un brazo y me hacía volver hacia la zona del refugio. Habíamos dado unos dos o tres pasos cuando se escucharon dos fuertes disparos junto al sonido seco de los cuerpos golpeando la tierra. Grité angustiada al darme vuelta y ver lo que había ocurrido, y al querer salir corriendo Abu lo impidió y atrayéndome hacia sí me susurró sonriendo "viste que no somos tan brutales....no los decapitamos para que no sufran.....pero además les decimos que será un simulacro para la filmación, así se muestran tranquilos y esperanzados al colaborar".

     Yo no pude hacer nada más en todo el día; me había quedado totalmente petrificada luego de ser testigo de ese fusilamiento descarnado y lo que más me impresionaba era advertir que todos los demás seguían con sus quehaceres cotidianos como si nada hubiese ocurrido o, peor aun, como si lo que había ocurrido fuese algo cotidiano. Casi no quise comer cuando vinieron a buscarme al caer la tarde y, una vez en el cuarto advirti que por suerte no tendrían visita porque los biombos estaban en su sitio, junto a la pared.

     Después de la oración matinal, Abu me convocó a su pequeño escritorio interno, y en cuanto entré me preguntó si había logrado digerir lo del día anterior y, ante mi negativa, me dijo que sería conveniente que lo fuera asimilando porque formaba parte de las verdades que tendría que revelar a mi regreso, y acto seguido comenzó con un largo discurso sobre el tema de la violencia sagrada, así la llamó, que el propio Mahoma enseñó y pacticó en Arabia luego de su huída a Medina, sometiendo por la fuerza de la espada a las tribus árabes y judías de esta región a las que obligó a pactar con él y aceptar al Islam sometendose plénamente a Alá como única religión Así se había transformándo del profeta de Alá de La Meca a la espada del Islam, de la cual ellos ahora eran sus únicos herederos y sucesores.

     Luego me dijo que lo mismo que había hecho Mahoma en Arabia había ocurrido después en España durante el siglo VIII, que pasó de ser un reino totalmente cristiano y de cultura romana a una gran región islámica y de mentalidad árabe como fue Al-Andalus, para luego decirme que su lucha actual no se detendrá hasta haber recuperado ese antiguo territorio propio, para lo cual sería indispensable que ocurra una victoria militar musulmana terminante, con la rendición incondicional de todos los herejes occidentales, ya sean estos cristianos o judios. Mientras esto no ocurra, casi sentenció, "tu occidente no tendrá paz"

     Yo le escuchaba en silencio porque no quería herirlo ni terminar en sus manos, de modo que simplemente le pregunté si era ese el mensaje que quería que transmitiese, y luego de reconocerme que así era, me insistió en que dijera que muchos millones de islamistas estan aguardando en occidente, en donde han nacido y se han educado sin descuidar sus deberes para con el Islam, de alguna señal para levantarse el armas. "Ustedes mismos nos han abierto las puertas de sus murallas -agregó sonriendo- y ahora somos unos occidentales más a quienes no podrán perseguir porque somos ustedes.....¿ no te resulta conocida mi ortodoxa formación británica?.....y sin embargo ya lo vez.....soy parte protagonista de la yidahh!"

     " Esta lucha, mi querida, tiene dos frentes.....uno bélico propiamente dicho.....que persigue hacerse de un territorio donde establecernos en forma definitiva, en lo que fueron tradicionalmente nuestras tierras, ocupadas por malditos herejes que son peores que ustedes, porque son de nuestra propia religión. El precio que deberán pagar por ello es entregarnos el suelo en donde crecerá nuestra nación como Estado Islámico puro; entonces iremos por ustedes, abriendo las compuertas que nos ocultan, para devorarlos desde adentro, para la mayor gloria de Allah".

     " ¿ Y no te parece que si voy con este mensaje los occidentales no se pondrán en guardia? " -alcancé a expresar mi lógica. " No...es imposible -me respondió- las normas occidentales respetan la libertad como principio supremo y mientras nos comportemos como buenos occidentales, nada podrán hacernos sin traicionar ese principio. En tanto nuestra mujeres musulmanas en occidente no cesan de dar a luz a quienes se seguirán comportando como buenos vecinos, a la espera de la señal que los ponga efectivamente en el camino de la Guerra Santa.....que no tendrá fin hasta que todo el mundo viviente se encuentre sometido a Allah, el Unico Dios."

     Todo el día me quedé pensando en ese mensaje, tan fanático -era cierto- como el que siglos antes se había adueñado de la religión cristiana, que a su vez apeló a esos recursos para combatir precisamente al islam, y de paso a los judios.......pero eso no puede volver a repetirse tantos siglos después.....no es posible que cuanto más avanza la civilización mayor sea el retroceso religioso, casi hacia las cavernas, pero con las armas más modernas. No puede ser que finalmente se imponga lo peor que tiene el hombre....cuando somos mayoría los que pensamos diferente. Recordé a mis dos queridos muertos, esos médicos caídos tan absurdamente en una guerra que ni siquiera era de ellos, que lo único que querían erradicar del mundo era la enfermedad y la muerte......y silenciosamente me puse a rezar, a mi Dios, el mismo Dios de estos enfermos, pidiéndole por el mundo y su impredecible futuro.

     Durante varios días no volví a tomar contacto con Abu, quien se había ausentado del refugio. Supuestamente estábamos bajo las ordenes de aquel joven primer personaje que me condujo hasta este lugar, pero este en ningún momento se me aproximó ni se acercó al refugio en el que morábamos. Como la preferida tampoco  me dirigía la palabra y las dos chicas no hablaban más que su propio idioma, tuve unos cuantos días de tranquilidad ya que tampoco se repitieron los fusilamientos. Solo dormía, comía y vagaba por la casa, intranquila, pensando todo el tiempo en lo que podría significar ese especie de "alto el fuego" al cual no le encontraba algún sentido.

     Cuando Abu regresó, unos cuantos días después, traía el rostro severo, como si le hubiese ocurrido algún trastorno imprevisto  o recibido alguna información inconveniente, pero al menos a mí no me dijo nada, prácticamente ignorando mi presencia, aun cuando por la noche se lo escuchó fatigar junto a la muchacha adolescente que parecía disfrutar mucho junto a él. Así habrán transcurrido unos cuantos días más, hasta que una mañana me llamó a su escritorio para indicarme -sin invitarme a sentar- que las negociaciones por mi canje estaban empantanadas porque el organismo al cual pertenecía se negaba a mantener conversaciones de intercambio, no obstante los deseos favorables expresados por las autoridades diplomáticas de mi país, para añadir que si todo seguía así me harían enviar un mensaje filmado ya que era un riesgo para todos mantenerme por más tiempo en ese lugar.

     Al día siguiente llegó hasta el refugio el gigante que había visto el primer día, portando el mismo uniforme naranja que llevaban todos los prisioneros, que debí ponerme, para luego ser trasladada al sitio de los fusilamientos, en donde tuve que ponerme de rodillas, mientras se me colocaba al lado un hombre con el rostro oculto, que en sus manos llevaba un fusil. Poco después llegó Abu con su filmadora y, advirtiendo mi cara de pánico, me dijo sonriendo que no temiera, pero que tratara de ser convincente porque de eso dependía mi liberación.

     Y estallé. La verdad es que no pude soportar más el estres que toda esa situación me había provocado, unido a la posibilidad de terminar siendo solo un bulto más que cayera sobre la tierra sin que nadie le importara. Sé que llorando y muy angustiada sería poco lo que se podría escuchar de mis súplicas; sólo anhelaba que todo fuera cierto y que la película llegara hasta donde debía llegar para movilizar a quien debiera hacerlo. No soy una heroína, me escuché decir, ni quiero ser una mártir más en esta lucha que no tiene ningún sentido.....y luego, con lo último que me mantenía en pié,  grite " he visto caer a compañeros médicos....he visto matar a sangre fría a prisioneros de distintos lugares.....por favor......¡ no quiero ser una más!!!  Rescátenme !" Y cubriéndome el rostro con las manos lloré amargamente.

    Poco después escuché el clik con el que se terminaba la filmación y entonces Abu me ayudó a levantar en tanto decía que mi súplica había sido convincente, pero que si en dos días no había respuestas, "terminarás como esclava sexual en el Yemen.....aquí no vamos a matarte.....tranquilizate" "¿Como voy a hacerlo...carajo! ? se que le grité.....si lo único que han hecho desde que llegué es aterrorizarme" "Esto es una lucha, my lady -me respondió- y aquí no has venido a tomar el té"

     .De más está decir lo que fueron esos dos días......una lenta agonía. No tenía ganas de salir de la habitación y tampoco de mi lecho, aunque era arrastrada en los momentos de oración -¡ no fuera que Alá no se apiadara de mí !! Finalmente ayer por la mañana vino un camión a buscarme. Nadie me explicó que había pasado y yo ignoraba hacia cual de mis dos destinos marchaba cuando Abu Sayyas se sentó a mi lado e impúdicamente no dejó en ningún momento de mirar mis piernas desnudas, al descubierto de mi insuficiente atuendo de enfermera. En un momento me incliné hacia él y le rogué que si mi destino no era el de ser reintegrada con los míos, que me matara allí mismo porque no soportaría ninguna otra alternativa, y entonces fue cuando posando una mano sobre mis rodillas -que temblaban- me dijo que me quedara tranquila que ya había concluido todo.....y entonces me puse a llorar desconsoladamente, en sus brazos.

    "Air France anuncia que hemos iniciado el descenso hacia el aeropuerto Charles de Gaulle en París adonde estimamos aterrizar en aproximadamente 15 minutos. Les rogamos volver a sus asientos; atarse los cinturones de seguridad, apagar todos los artefactos electrónicos y colocar derechos los respaldos de los asientos, hasta que se hayan apagado los carteles luminosos".

     
   




   











    















                  



   


















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miércoles, 13 de mayo de 2015

La tristeza del payaso.-

                                                                       ( Para Benjamín Rivarola (Benja), mi nieto "diablo rojo")


 y en sentido recuerdo a los héroes anónimos perdidos para siempre en la Guerra del Paraguay.-


     Juan no quería ir a la guerra; los habían convocado unos días antes y sus dos hermanos ya estaban enrolados, pero él se resistía. No sabía ni porqué se peleaba, ni cuales eran los intereses que se defendían,  de modo que le parecía un absurdo sacrificar su juventud para ir a pelear tan lejos de su suelo natal que ni sabía adonde se desarrollaba ese conflicto armado. Además......

     .....no quería reconocerlo pero además estaba esa niña, la trapecista del circo que lo tenía como atrapado. Aun no habían cruzado palabras, pero desde aquella primera función -una semana atras- se las había ingeniado para asistir diariamente a las dos funciones.

     Ella lo había descubierto con la mirada y unas cuantas veces más él la descubrió mirándole desde lo alto del trapecio en el que hacía maravillas que a todos mantenía en ascuas por la intrepidez de sus movimientos arriesgados, ya que todo lo hacía en altura y sin protección alguna debajo. Un solo descuido y terminaría con ella en la arena.

     Esa noche Juan no pudo dormir; se pasó la horas procurando encontrar una excusa que lo liberase de su bélico compromiso. Es que al vivir su padre, no podía invocar ser el sostén económico de su madre y de sus dos hermanas más pequeñas; tampoco estudiaba y su trabajo de ayudante en la carpintería de un vecino era totalmente prescindible. La nota que recibiera días antes lo decía bien clarito: si no concurría sería considerado un desertor, posibilitando que cualquiera lo denunciara con lo cual, igual terminaría en la guerra, pero con seguridad maltratado y considerado un cobarde.

     Juan consideraba que no lo era; más de una vez, sobre todo en la escuela había demostrado no temerle a nadie, ni a sus compañeros más grandes y corpulentos, ni a los profesores y directivos a los que muchas veces enfrentaba defendiendo a compañeros más débiles frente a acusaciones muchas veces injustas.

     Así lo encontró el amanecer, obligado a tomar una decisión que podría comprometerlo de por vida, y se resolvió a escapar. Tomó unas cuantas ropas ligeras y corriendo a toda velocidad llegó hasta el circo y se coló por la parte de abajo de la carpa, tal como lo hacía cuando quería mirar la función. Una vez dentro, en la semi-penumbra, comenzó a deambular en busca de la que pensaba podría ser la solución.

     La idea se le había ocurrido al recordar que al payaso más grande lo secundaba un enano que, se advertía, ya no tenía casi fuerzas para seguirle los pasos, obligándole incluso a modificar varias veces el guión de sus chistes y ocurrencias para encararse con el enano al cual ya hacía objeto permanente de las mismas, para verguenza del pobre hombre que, no por bajito, dejaba de notarse que ya era de avanzada edad.

     Buscó el carromato que por un dibujo en la puerta conoció que le pertenecía a James, ese payaso con acento extranjero que tanto le divertía durante las funciones y aguardó en espera que algún movimiento le advirtiera de su presencia, y allí, junto a la puerta cerrada se quedó dormido hasta que sintió que alguien le tenía tomado un brazo. Al volver en sí, la vio y se quedó perdido en esos grandes ojos verde esmeralda que le miraban desde esa cara que iluminada por el sol de la mañana, parecía aun más deslumbrante que con el maquillaje que lucía durante las funciones.

     " ¿Que haces aquí? ¿ Estas loco? Mi papá te va a sacar corriendo! " - " ¿Vos sos la hija de James? ", le preguntó sorprendido, para luego de escuchar su respuesta afirmativa, explicarle que quería hablar con su padre para ver de poder incorporarse a la compañía. " Mi papá es el dueño del circo -le dijo entonces la niña que se aprestaba a llevarle a su padre un matecito con galletas- y si querés yo le pregunto" - "No...no -le respondió- dejame mejor a mí porque tengo una razón importante que creo le resultará válida -y agregó- necesito ocultar mi rostro debajo de una pantalla hasta que salgamos del pueblo, porque soy un desertor del Ejercito"

     La chica se quedó como paralizada; sabía bien que su padre era enemigo de todo lo bélico e inclusive, que procuraba llevar a su troupe a los lugares en donde mayores tristezas provocara esa guerra de la que, desde luego, él como extranjero no estaba obligado a asumir como propia. James escuchó que su hija conversaba animadamente y asomó su dolorida cabeza -por excesos nocturnos de alcohol- afuera del carromato. " ¿ Que haces hablando con este hombrecito? " - "Perdone, señor James, mi nombre es Juan y en realidad es a usted a quien estaba aguardando" - " ¿ Y no podes venir a una hora más razonable" - "No señor, no podía esperar porque en vez de estar aquí debería estar marchando con el Ejército hacia el norte"

..................................................................................................................................................................


     Pasaron 25 años desde esa mañana; Juan -o, mejor, el payaso Johny- reemplazó durante un tiempo al enano y, con los años, también a James, su suegro, porque finalmente payaso y trapecista se casaron y hoy el hijo de ambos, Jaime, hace las delicias del público desde lo más alto del circo, en esas tres trapecios en los que confunde su destreza con la elegancia de los movimientos de su madre.

     Y así llegaron una fría mañana de invierno al mismo pueblo que aquella vez los vio partir, transformado hoy Juan en el dueño del circo. Después de instalarse salió a recorrerlo y sus pasos le llevaron al que fuera su hogar a encontrarse -quizás- con sus padres y hermanos. La casa estaba igual, pero vacía y a oscuras; golpeó a la puerta y nadie le respondió hasta que apareció una vecina, ancianita, doña Encarna, quien mirándolo detenidamente le preguntó " ¿ Vos sos Juan ? " - "Si, Encarna, soy yo que he regresado. ¿ Que sabe de mis padres?"

      " Mirá Juan, siento decirte que los dos fallecieron poco después que les devolvieron los cuerpos de tus hermanos" - " ¿ Como es eso? " - " Y sí, la guerra es muy cruel hijo mío; vos tuviste suerte! Tu padre te esperó durante mucho tiempo; pensó que vendrías cuando se inauguró el monumento ¿ lo viste ?" - "No" - "Está en la plaza y es una escultura de tus dos hermanos, de uniforme y abrazados" - Luego de un casi silencioso "gracias" lentamente se dirigió hasta la plaza y allí, efectivamente, en una esquina importante se levantaban sus figuras de piedra, con las caras inconfundibles de sus hermanos menores.

     Leyó " el pueblo a sus héroes, que dieron la vida por nosotros, sus hermanos" y Juan lloró; lloró amargamente durante un rato muy largo y esa noche, cuando apareció en la pista principal para hacer su número habitual, evitó llevar disfraz y maquillaje; engalanado con su mejor traje de etiqueta y con voz quebrada les contó su historia, la historia -dijo- de un payaso cobarde que hoy por fin comprendió el porqué de su permanente tristeza.  
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viernes, 8 de mayo de 2015

Estrella fugaz


                                                                    Para mi querida y cariñosa nieta Inés Rivarola ( Ine..Necha)

     " Buenas tardes, Peque" -escuchó que le decían desde la puerta- y dejando momentáneamente la lectura, le miró. Sin dudas que era guapo; tenía -además- la sonrisa más bella que hubiese visto alguna vez, hasta entonces. Así la miraba desde la puerta entre abierta de la biblioteca solitaria que esa tarde le había correspondido atender.

     Estaba en el colegio; en ese mismo colegio que diariamente la cobijaba desde su más remota infancia, cuando siendo una niña pequeña, la menor del Jardín, todos comenzaron a llamarle cariñosamente así, "Peque", en sobrenombre  con el que desde entonces siempre se la conoció porque sus compañeras de escuela, con los años, la llamaban así aun estando afuera.

     " Si -le dijo entonces al joven- ¿ que necesitas? " - " Estoy buscando alguna novela " - " ¿ Qué tipo de novelas te gustas " - siguió el diálogo mientras ella no podía dejar de mirar esos ojos tan dulces y esa sonrisa que no se le había borrado de la boca. " Hasta ahora he estado leyendo libros de aventuras, pero me gustaría cambiar hacia las policiales"

     Peque le pidió que la acompañara al sector en donde se encontraban esos libros, y con mano un poco temblorosa empezó a buscar alguno, pero advirtió que la presencia tan cercana del chico la ponía algo nerviosa, y al querer decirle que el mismo buscara algún título, le salió una voz horrible que la hizo sonrojarse, y luego reir.

     " A ver qué tenemos por aquí " -dijo el chico y empezó a tomar algunos libros en sus manos que, al llegar a los seis se los entregó para quedarse con uno, pero al recibir los libros, Valeria, "la Peque" sintió que el roce con las manos del otro la había como electrizado la suyas y por un segundo temió dar con los libros por el suelo.

     El había escogido "La joven Desaparecida", una novela de una escritora norteamericana, y estaba leyendo en la contratapa de que se trataba. Sin dejar de hacerlo le preguntó si ella la había leído y, avergonzada, tuvo que responderle que no, pero que las del Séptimo Círculo, como era esa, solían ser muy buenas.

     " ¿ Que tengo que hacer para llevarlo ? - " Solo dame tus datos" - y rápidamente, volviendo a sonreir, el le respondió "solo te los doy a cambio de los tuyos". La "Peque" sintió que las rodillas comenzaban a temblar y se apresuró a sentarse para que "él" no lo advirtiera, pero para dentro suyo sintió como un rayo de luz le recorría de arriba a abajo todo su cuerpo.

     " ¿ Cuanto tiempo me lo puedo quedar? " - Y si bien el plazo normal era de un mes, le dijo " hasta el lunes próximo" ya que ese día le correspondía volver a atender la biblioteca y sonriendo por primera vez agregó "pero lo podes renovar por otra semana".

     Anotó prolijamente los datos del joven - mientras pensaba que los pasaría inmediatamente a su agenda-; se sorprendió del nombre: Juan Tenorio Mercado, que le hizo algo de gracia, pero no lo demostró, y cuando ya estaba todo listo se arriesgó " ¿en serio queres los míos?" para escuchar un "me encantaría" que se le quedó como rebotando en su mente.

     "....me encantaría"....."me encantaría.....".....me encantaría....." para luego escuchar algo que la hizo volver rápidamente en sí: "....siempre quise tener el teléfono de tu hermana!" . ¿ Como? ¿ Otro que anda detrás de esa bruja? ¡ Que caradura!! Mirá la excusa que se buscó.

     Creyó que debía estar del color del tomate de la bronca que súbitamente le asaltó, pero el pibe no se las iba a llevar de arriba. Buscó en su agenda telefónica el número de Teresa, la preceptora flaca, peluda e impresentablemente descuidada -que se llamaba igual que su hermana- y se lo dio con un " que tengas suerte, Tenorio"   
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Insomio.-



                                                                                     Para Manuel Rivarola (Manu), mi nieto mayor)


     Apenas cuando la primera luz se coló por debajo de su ventana advirtió que había estado toda la noche despierto, o al menos durante buena parte de ella, y si no, simplemente había estado dormitando. Todo ese largo rato estuvo dando vueltas hacia un lado y el otro de la cama sin haber querido encender la luz para no desvelarse del todo, y ahora estaba allí ese pequeño rayito de luz colándose entre las tinieblas de la habitación y así permitirle encontrar toda su realidad.

     ¿ Que había estado pensando durante su insomnio? A decir verdad, por cuenta propia nada. Eran sus pensamientos quienes habían ido seleccionando los temas, casi sin solución de continuidad y sin ningún orden racional. Era como si hubiese estado soñando, pero despierto. ¿ O había sido un sueño y aun no lo sabía?

     No, no había estado soñando.....su cabeza había estado pensando y saltando de un tema a otro, sin sacar ninguna conclusión interesante o más bien, sin haber encontrado ninguna solución a los distintos interrogantes que se le fueron apareciendo. Todavía no quería levantarse porque aun era muy temprano y pensaba que, quizás, ahora le volvería el sueño y podría descansar, pero ¿ estaba cansado? Parecía que no y si hubiese salido en ese momento de la cama no le habría costado nada.

     Al ingresar más luz al cuarto advirtió que no era el suyo; nada allí le recordaba a su habitación; ¿en donde estaba? ¿ como es que no conocía nada de ese lugar, ni de cómo había llegado hasta allí? Sin dudas esa tampoco era su cama, su cómoda y ancha cama camera y, además, la suya carecía de esos barrotes que le impedían todo movimiento.

     Las paredes eran blancas; las ventanas sin cortinas y la puerta bien cerrada. ¿ Que es esto? -se sobresaltó- y al quererse incorporar advirtió que sus movimientos no respondían a las órdenes de su mente. Era como si se tratara de organismos diferentes; ¿ o sería que finalmente estaba dormido y ahora sí estaba soñando? Se viven situaciones tan increíbles cuando se sueña, que todo es posible.

     Sin embargo la luz ahora entraba con toda su claridad por la ventana y esa habitación era tan real como todo lo que le rodeaba. Escuchó el sonido de pasos que se aproximaban y luego una figura apareció en el lugar adonde estaba la puerta. Era una mujer; vestía de blanco, impecable, y llevaba en las manos una bandejita plateada de la cual tomó algo que, al acercarse a su cama advirtió que era una inyección.

     La mujer le sonrió, con una sonrisa muy agradable, y cuando le tomó la mano sintió como un calor, pero muy lejano, y ningún dolor cuando le introdujo la aguja y comenzó a brotar su sangre, que cuidadosamente guardaba en un tubito transparente. Luego le preguntó si le había dolido y al ir a responder que no, no escuchó que sonido alguno saliese de su boca. Realmente le pareció que su mente se había desprendido de su cuerpo y que éste ya no le respondía.

     Al advertirlo quiso llorar, pero ni una sola lágrima acudió en su ayuda; quiso gritar y no pudo hacerlo; movió repetidamente los párpados para llamar la atención de esa mujer de blanco a la que miraba con ojos desesperados, pero esta simplemente le volvió a sonreir y se dió media vuelta para marcharse por donde había venido.

      Ahora estaba nuevamente solo; en ese mundo extraño; dueño de una mente libre de pensar pero no de resolver o de indicarle a sus músculos los movimientos que debían hacer; y se sintió preso, peor que si estuviese en un frío calabozo de ultratumba. Porque allí todo estaba impecable; limpio y prolijo, pero para todos los otros; él no podía salir del mundo de su pensamiento que, además, tampoco dominaba porque las ideas se sucedían unas a otras descontroladamente, sin que puduiese ponerles algún orden o encontrar en ellas alguna razón.

     Y entonces se durmió.....y pudo descansar.....y en sueños corría por el pasto de la ladera de una montaña hacia abajo, hacia ese arroyo claro que se veía allá abajo, todavía bien lejos.....mientras avanzaba trastabillando y a los saltos.....y se detenía cada tanto y disfrutaba del sol de un día de verano, sin que ninguna nube se interpusiera entre ellos.....y se sentía como un niño; luego reanudaba la marcha, saltando ahora entre flores de muchos colores, corriendo cada vez más rápido, hasta llegar abajo y arrojarse al suelo para sumergir sus brazos en el agua y recoger con el cuenco de sus manos un poco de agua fresca que bebió a grandes sorbos y con los que luego se mojó el rostro.

     Luego giró hacia arriba y se quedó allí, tendido, mirando al cielo y a esas bandadas de pájaros que, todos juntos, emigraban hacia el norte en busca de mayor calor. Quiso gritar y ¡ lo logró !! Un casi aullido de felicidad brotó de su garganta mientras advertía que a su lado, un perro grandote lo olfateaba y procuraba lamer su cara, como invitándolo a incorporarse para ir a jugar con él, hasta que lo logró.

     Pero al girar para abrazar a ese cachorrón, repentinamente se encontró con su perro, el bueno de Oliver que le lamía la cara, tal como lo hacía todas las mañanas, y entonces, recién entonces recuperó la tranquilidad al verse en su propio cuarto, rodeado ahora sí de sus cosas y sabiendo que había dormido toda la noche, sin que ni siquiera esa horrible pesadilla lograra despertarle.
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lunes, 4 de mayo de 2015

La niña de la plaza.-


                                                                                 Para Olivia Rivarola (Oli), mi nieta silenciosa


     Tenía los ojos celestes clarito, casi transparentes, y unos rulos rubios bien ensortijados. Jugaba y reía; saltaba y corría; pero nunca hablaba. No era sorda porque se sabía que escuchaba y comprendía lo que le decíamos, pero nunca le oímos decir nada.-

  Era muy extraño porque, al mismo tiempo, nos transmitía sus sentimientos de una manera inequívoca; sabíamos lo que quería y nos llegaba lo que necesitaba, pero jamás lo expresó. Tampoco nunca la vimos llorar; parecía como que viviera atrapada en su mundo feliz, que a todos nos resultaba tan inaccesible.-

     Nuestra amiga de la plaza siempre vestía igual: un vestido bordó con tiradores anchos encima de una camisa blanca, medias del mismo color y zapatitos marrones, sin cordones, con un botón prendido a cada lado. No llevaba nada más; tampoco en el invierno, aunque hiciera frío, ni los días de lluvia, que a todos nos desparramaban y nos enviaban a nuestras casas.

     La suya nunca supimos donde estaba; es cierto que mucho no nos preocupamos por averiguarlo, porque siempre estaba allí; no había que ir a buscarla a ningún lado ni acompañarla al volver, cuando todos volvíamos a casa y poco a poco nos íbamos dispersando.-

     Pero un día no vino y así siguieron varios más hasta que alguno de nosotros lo advirtió; era cierto; nadie la había visto y nadie supo adonde ir a buscarla. Desapareció. Siempre pensamos que se había mudado y como ni siquiera sabíamos su nombre nadie pudo preguntar por ella más que por sus señas. Nos respondían que sí, que la habían visto muchas veces pero que hacía un tiempito que no. Fue un misterio.

     Poco a poco dejamos de recordarla; nunca más formó parte de nuestras conversaciones y a ninguno de nosotros pareció importarle que podría haberle ocurrido. Sin embargo de tanto en tanto, recordaba la mirada franca y cristalina de quien sin habernos dicho nada, había dejado su pequeña huella entre nosotros.

     Pasaron los años, muchos pero muchos años y una fría mañana de principios de la primavera volví a recorrer aquella plaza de mi infancia. Los juegos estaban en su sitio, más pintados y arreglados; el arenero encerrado detrás de una reja para evitar aquella presencia permanente de perros y otras mascotas; el bebedero -ahora tan chiquito- carecía de agua y un fuerte verde verdín reemplazaba el sitio por donde aquella se vertía.

     Me senté en un banco a mirar a otros niños que corrían y jugaban como entonces lo hacíamos nosotros. Casi diría que con iguales gestos y movimientos que los nuestros; los mismos gritos alegres; las mismas corridas y empujones; los mismos rituales infantiles.

     De repente me pareció verla: rubiecita y enrolada; de ojos celestes casi trasparentes; con aquella misma vestimenta. No lo podía creer. Despaciosamente me fui acercando a ella, que corría y reía a la par de los otros chicos, pero sin que de su boca saliera palabra alguna.

     En un momento que pasaba a mi lado la detuve y allí se quedó. quietita, mirándome pero sin sorpresa, como si hubiese estado aguardando mi regreso, y entonces me sonrió, con aquella misma sonrisa que tanto bien nos hacía a cuantos la recibían; y siguió, sin decir nada, como entonces, como siempre, y yo así supe que ella estaba bien, que nada le había ocurrido, y que seguía viva.....al menos en mi mente.-

     

           
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miércoles, 29 de abril de 2015

Introducción


     Desde hace un tiempo, dos veces por semana atiendo durante un par de horas la Biblioteca Circulante que funciona en la Parroquia de Fernández Oro, que al no tener mucha concurrencia me permite disfrutar largamente de la lectura o me deja un tiempo ocioso que bien puede ser utilizado para escribir.

        Por otro lado, también hace pocos días, me acercaron un libro de cuentos escrito por una abuela, en el que utilizó a cada uno de sus nietos para hacerlo protagonista de uno de esos cuentos. Juntando ambas circunstancia, el tiempo disponible y la idea de la abuela, se me ocurrió comenzar a escribir algunos cuentos que, aunque no tendrán como protagonistas a mis nietos, sí puedo dedicárselos a ellos, por si alguna vez les gustara saber que aunque a la distancia, su abuelo los tenía siempre muy presente.

       Vamos a ver si poco a poco se concreta este propósito.-


      Cipolletti, fines de abril del año 2015.-