A mi nieto Juan Cruz Rivarola, a quien nunca vamos a olvidar.-
El portón que cerraba la calle cortada donde jugábamos al fútbol todas las tardes tenía un número que lo identificaba frente a las demás entradas, el 863. Era alto, de madera y de color madera, y nunca pudimos ver que había detrás. Seguramente se abriría temprano en la mañana y tarde al anochecer, pero hasta esa tarde nunca lo vimos abierto.
Sabíamos de sobra que allí vivía una familia porque cuando la pelota volaba por encima del portón, en forma invariable alguien nos la devolvía, mientras escuchábamos el inconfundible sonido de la risa de un niño, que a nuestro tradicional "graciaaaasss" nunca respondía.
Al principio sentíamos curiosidad e inclusive, llegamos a invitar al niño -ya que siempre nos imaginamos que era un varón- a que se nos uniera en el juego, pero no tuvimos respuesta, lo cual terminó por despertar en nosotros toda clase de fantasías e imaginaciones.
¿ Quien sería el de las risitas? ¿ porqué no respondía? ¿Era un pequeño sordomudo? ¿un chico muy tímido? ¿no sabría jugar? No sé cuantas cosas más nos planteamos luego de cada partido y mientras regresábamos a nuestros respectivos hogares, ubicados a diferentes alturas de esa calle Lavalle, la cortada, que terminaba bruscamente en un portón alto, de madera.
Un sábado por la tarde, cuando ya estaba comenzando a anochecer y nuestro eterno partido entraba en su fase final por la falta de luz, escuchamos ruidos que, sin duda, se originaban en ese portón que se estaba abriendo y nos quedamos como paralizados por la curiosidad.
Un auto grande, negro y alargado, comenzaba a desplazarse desde adentro hacia afuera, marcha atrás, lo que hizo que nos corriéramos para uno de los costados del portón, un poco para dejarle paso y otro poco para poder mirar quien viajaba dentro. Nos quedamos sorprendidos y casi, casi sin poder hablar.
Cómodamente instalada en la parte posterior del auto una -para nosotros- autentica y bella princesa nos sonreía, como avergonzada de tener que presentarse tan repentinamente, de exhibirse -finalmente- después de tanto tiempo de intercambio permanente de gestos y sonrisas cómplices.
Pero claro, lo que más nos llamó la atención fue que la joven mujer-niña, que con una de sus manos nos saludaba, no contaba con ninguna de sus extremidades inferiores, directamente su espléndido cuerpo terminaba en el tronco y no había nada más hacia abajo, circunstancia que recién advertimos una vez que el auto hubo partido, raudo, hacia algún destino desconocido.
Es que uno de nosotros había alcanzado a ver, junto a ese cuerpo espléndido, una silla de ruedas plegada, en tanto que todos los demás habíamos advertido la ausencia de piernas en quien parecía haberse sentado sobre ellas, lo que no resultaba posible porque estaba de costado sobre el asiento. El portón de madera se había cerrado nuevamente y, claro está, nos volvimos a nuestras casas conversando todos al mismo tiempo y sacando conjeturas sobre la tremenda sorpresa que el hecho nos causara.
Algunos días después, cuando reanudamos el juego, como casi siempre ocurría la pelota voló una vez más por encima del portón, pero esa vez nadie nos la devolvió. Tocamos timbre y el silencio fue la única respuesta, de modo que resolvimos no volver a jugar a la cortada porque imaginamos que ya nadie vendría del otro lado a devolvernos entre risas, lo principal de nuestro juego.
Nunca supimos nada más de esa preciosa princesa de sonrisa triste ni del cual pudo haber sido su suerte, porque poco después la casa se puso en venta y allí comenzó a funcionar un geriátrico al que frecuentemente llegaban muchas visitas, sobre todo durante los fines de semana, lo que hacía desaconsejable el utilizar la calle como campo de juegos.
Nosotros también nos fuimos desperdigando por puntos muy distantes entre sí, hasta que hace poco, después de transcurridos muchos años, regresé al lugar de mi niñez y tuve curiosidad por volver a esa antigua callejuela de nuestros juegos. Una vez más el portón me impidió seguir adelante, y aunque la casa permanecía tal cual la recordaba, quizás de dimensiones más pequeñas, se la veía solitaria y abandonada detrás del cerco por el que me asomé para espiar hacia adentro.
Pero aún se me reservaba un sorpresa; mezclada con las ramas del cerco y aprisionada por sus espinas, totalmente corroída por el paso del tiempo, allí estaban los jirones de la que había sido nuestra vieja pelota de goma, aquella que nunca más volvió a nuestras manos, y que con mucho cuidado logré liberar de la cárcel que desde aquella tarde la tenía prisionera.
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