miércoles, 13 de mayo de 2015

La tristeza del payaso.-

                                                                       ( Para Benjamín Rivarola (Benja), mi nieto "diablo rojo")


 y en sentido recuerdo a los héroes anónimos perdidos para siempre en la Guerra del Paraguay.-


     Juan no quería ir a la guerra; los habían convocado unos días antes y sus dos hermanos ya estaban enrolados, pero él se resistía. No sabía ni porqué se peleaba, ni cuales eran los intereses que se defendían,  de modo que le parecía un absurdo sacrificar su juventud para ir a pelear tan lejos de su suelo natal que ni sabía adonde se desarrollaba ese conflicto armado. Además......

     .....no quería reconocerlo pero además estaba esa niña, la trapecista del circo que lo tenía como atrapado. Aun no habían cruzado palabras, pero desde aquella primera función -una semana atras- se las había ingeniado para asistir diariamente a las dos funciones.

     Ella lo había descubierto con la mirada y unas cuantas veces más él la descubrió mirándole desde lo alto del trapecio en el que hacía maravillas que a todos mantenía en ascuas por la intrepidez de sus movimientos arriesgados, ya que todo lo hacía en altura y sin protección alguna debajo. Un solo descuido y terminaría con ella en la arena.

     Esa noche Juan no pudo dormir; se pasó la horas procurando encontrar una excusa que lo liberase de su bélico compromiso. Es que al vivir su padre, no podía invocar ser el sostén económico de su madre y de sus dos hermanas más pequeñas; tampoco estudiaba y su trabajo de ayudante en la carpintería de un vecino era totalmente prescindible. La nota que recibiera días antes lo decía bien clarito: si no concurría sería considerado un desertor, posibilitando que cualquiera lo denunciara con lo cual, igual terminaría en la guerra, pero con seguridad maltratado y considerado un cobarde.

     Juan consideraba que no lo era; más de una vez, sobre todo en la escuela había demostrado no temerle a nadie, ni a sus compañeros más grandes y corpulentos, ni a los profesores y directivos a los que muchas veces enfrentaba defendiendo a compañeros más débiles frente a acusaciones muchas veces injustas.

     Así lo encontró el amanecer, obligado a tomar una decisión que podría comprometerlo de por vida, y se resolvió a escapar. Tomó unas cuantas ropas ligeras y corriendo a toda velocidad llegó hasta el circo y se coló por la parte de abajo de la carpa, tal como lo hacía cuando quería mirar la función. Una vez dentro, en la semi-penumbra, comenzó a deambular en busca de la que pensaba podría ser la solución.

     La idea se le había ocurrido al recordar que al payaso más grande lo secundaba un enano que, se advertía, ya no tenía casi fuerzas para seguirle los pasos, obligándole incluso a modificar varias veces el guión de sus chistes y ocurrencias para encararse con el enano al cual ya hacía objeto permanente de las mismas, para verguenza del pobre hombre que, no por bajito, dejaba de notarse que ya era de avanzada edad.

     Buscó el carromato que por un dibujo en la puerta conoció que le pertenecía a James, ese payaso con acento extranjero que tanto le divertía durante las funciones y aguardó en espera que algún movimiento le advirtiera de su presencia, y allí, junto a la puerta cerrada se quedó dormido hasta que sintió que alguien le tenía tomado un brazo. Al volver en sí, la vio y se quedó perdido en esos grandes ojos verde esmeralda que le miraban desde esa cara que iluminada por el sol de la mañana, parecía aun más deslumbrante que con el maquillaje que lucía durante las funciones.

     " ¿Que haces aquí? ¿ Estas loco? Mi papá te va a sacar corriendo! " - " ¿Vos sos la hija de James? ", le preguntó sorprendido, para luego de escuchar su respuesta afirmativa, explicarle que quería hablar con su padre para ver de poder incorporarse a la compañía. " Mi papá es el dueño del circo -le dijo entonces la niña que se aprestaba a llevarle a su padre un matecito con galletas- y si querés yo le pregunto" - "No...no -le respondió- dejame mejor a mí porque tengo una razón importante que creo le resultará válida -y agregó- necesito ocultar mi rostro debajo de una pantalla hasta que salgamos del pueblo, porque soy un desertor del Ejercito"

     La chica se quedó como paralizada; sabía bien que su padre era enemigo de todo lo bélico e inclusive, que procuraba llevar a su troupe a los lugares en donde mayores tristezas provocara esa guerra de la que, desde luego, él como extranjero no estaba obligado a asumir como propia. James escuchó que su hija conversaba animadamente y asomó su dolorida cabeza -por excesos nocturnos de alcohol- afuera del carromato. " ¿ Que haces hablando con este hombrecito? " - "Perdone, señor James, mi nombre es Juan y en realidad es a usted a quien estaba aguardando" - " ¿ Y no podes venir a una hora más razonable" - "No señor, no podía esperar porque en vez de estar aquí debería estar marchando con el Ejército hacia el norte"

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     Pasaron 25 años desde esa mañana; Juan -o, mejor, el payaso Johny- reemplazó durante un tiempo al enano y, con los años, también a James, su suegro, porque finalmente payaso y trapecista se casaron y hoy el hijo de ambos, Jaime, hace las delicias del público desde lo más alto del circo, en esas tres trapecios en los que confunde su destreza con la elegancia de los movimientos de su madre.

     Y así llegaron una fría mañana de invierno al mismo pueblo que aquella vez los vio partir, transformado hoy Juan en el dueño del circo. Después de instalarse salió a recorrerlo y sus pasos le llevaron al que fuera su hogar a encontrarse -quizás- con sus padres y hermanos. La casa estaba igual, pero vacía y a oscuras; golpeó a la puerta y nadie le respondió hasta que apareció una vecina, ancianita, doña Encarna, quien mirándolo detenidamente le preguntó " ¿ Vos sos Juan ? " - "Si, Encarna, soy yo que he regresado. ¿ Que sabe de mis padres?"

      " Mirá Juan, siento decirte que los dos fallecieron poco después que les devolvieron los cuerpos de tus hermanos" - " ¿ Como es eso? " - " Y sí, la guerra es muy cruel hijo mío; vos tuviste suerte! Tu padre te esperó durante mucho tiempo; pensó que vendrías cuando se inauguró el monumento ¿ lo viste ?" - "No" - "Está en la plaza y es una escultura de tus dos hermanos, de uniforme y abrazados" - Luego de un casi silencioso "gracias" lentamente se dirigió hasta la plaza y allí, efectivamente, en una esquina importante se levantaban sus figuras de piedra, con las caras inconfundibles de sus hermanos menores.

     Leyó " el pueblo a sus héroes, que dieron la vida por nosotros, sus hermanos" y Juan lloró; lloró amargamente durante un rato muy largo y esa noche, cuando apareció en la pista principal para hacer su número habitual, evitó llevar disfraz y maquillaje; engalanado con su mejor traje de etiqueta y con voz quebrada les contó su historia, la historia -dijo- de un payaso cobarde que hoy por fin comprendió el porqué de su permanente tristeza.  
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viernes, 8 de mayo de 2015

Estrella fugaz


                                                                    Para mi querida y cariñosa nieta Inés Rivarola ( Ine..Necha)

     " Buenas tardes, Peque" -escuchó que le decían desde la puerta- y dejando momentáneamente la lectura, le miró. Sin dudas que era guapo; tenía -además- la sonrisa más bella que hubiese visto alguna vez, hasta entonces. Así la miraba desde la puerta entre abierta de la biblioteca solitaria que esa tarde le había correspondido atender.

     Estaba en el colegio; en ese mismo colegio que diariamente la cobijaba desde su más remota infancia, cuando siendo una niña pequeña, la menor del Jardín, todos comenzaron a llamarle cariñosamente así, "Peque", en sobrenombre  con el que desde entonces siempre se la conoció porque sus compañeras de escuela, con los años, la llamaban así aun estando afuera.

     " Si -le dijo entonces al joven- ¿ que necesitas? " - " Estoy buscando alguna novela " - " ¿ Qué tipo de novelas te gustas " - siguió el diálogo mientras ella no podía dejar de mirar esos ojos tan dulces y esa sonrisa que no se le había borrado de la boca. " Hasta ahora he estado leyendo libros de aventuras, pero me gustaría cambiar hacia las policiales"

     Peque le pidió que la acompañara al sector en donde se encontraban esos libros, y con mano un poco temblorosa empezó a buscar alguno, pero advirtió que la presencia tan cercana del chico la ponía algo nerviosa, y al querer decirle que el mismo buscara algún título, le salió una voz horrible que la hizo sonrojarse, y luego reir.

     " A ver qué tenemos por aquí " -dijo el chico y empezó a tomar algunos libros en sus manos que, al llegar a los seis se los entregó para quedarse con uno, pero al recibir los libros, Valeria, "la Peque" sintió que el roce con las manos del otro la había como electrizado la suyas y por un segundo temió dar con los libros por el suelo.

     El había escogido "La joven Desaparecida", una novela de una escritora norteamericana, y estaba leyendo en la contratapa de que se trataba. Sin dejar de hacerlo le preguntó si ella la había leído y, avergonzada, tuvo que responderle que no, pero que las del Séptimo Círculo, como era esa, solían ser muy buenas.

     " ¿ Que tengo que hacer para llevarlo ? - " Solo dame tus datos" - y rápidamente, volviendo a sonreir, el le respondió "solo te los doy a cambio de los tuyos". La "Peque" sintió que las rodillas comenzaban a temblar y se apresuró a sentarse para que "él" no lo advirtiera, pero para dentro suyo sintió como un rayo de luz le recorría de arriba a abajo todo su cuerpo.

     " ¿ Cuanto tiempo me lo puedo quedar? " - Y si bien el plazo normal era de un mes, le dijo " hasta el lunes próximo" ya que ese día le correspondía volver a atender la biblioteca y sonriendo por primera vez agregó "pero lo podes renovar por otra semana".

     Anotó prolijamente los datos del joven - mientras pensaba que los pasaría inmediatamente a su agenda-; se sorprendió del nombre: Juan Tenorio Mercado, que le hizo algo de gracia, pero no lo demostró, y cuando ya estaba todo listo se arriesgó " ¿en serio queres los míos?" para escuchar un "me encantaría" que se le quedó como rebotando en su mente.

     "....me encantaría"....."me encantaría.....".....me encantaría....." para luego escuchar algo que la hizo volver rápidamente en sí: "....siempre quise tener el teléfono de tu hermana!" . ¿ Como? ¿ Otro que anda detrás de esa bruja? ¡ Que caradura!! Mirá la excusa que se buscó.

     Creyó que debía estar del color del tomate de la bronca que súbitamente le asaltó, pero el pibe no se las iba a llevar de arriba. Buscó en su agenda telefónica el número de Teresa, la preceptora flaca, peluda e impresentablemente descuidada -que se llamaba igual que su hermana- y se lo dio con un " que tengas suerte, Tenorio"   
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Insomio.-



                                                                                     Para Manuel Rivarola (Manu), mi nieto mayor)


     Apenas cuando la primera luz se coló por debajo de su ventana advirtió que había estado toda la noche despierto, o al menos durante buena parte de ella, y si no, simplemente había estado dormitando. Todo ese largo rato estuvo dando vueltas hacia un lado y el otro de la cama sin haber querido encender la luz para no desvelarse del todo, y ahora estaba allí ese pequeño rayito de luz colándose entre las tinieblas de la habitación y así permitirle encontrar toda su realidad.

     ¿ Que había estado pensando durante su insomnio? A decir verdad, por cuenta propia nada. Eran sus pensamientos quienes habían ido seleccionando los temas, casi sin solución de continuidad y sin ningún orden racional. Era como si hubiese estado soñando, pero despierto. ¿ O había sido un sueño y aun no lo sabía?

     No, no había estado soñando.....su cabeza había estado pensando y saltando de un tema a otro, sin sacar ninguna conclusión interesante o más bien, sin haber encontrado ninguna solución a los distintos interrogantes que se le fueron apareciendo. Todavía no quería levantarse porque aun era muy temprano y pensaba que, quizás, ahora le volvería el sueño y podría descansar, pero ¿ estaba cansado? Parecía que no y si hubiese salido en ese momento de la cama no le habría costado nada.

     Al ingresar más luz al cuarto advirtió que no era el suyo; nada allí le recordaba a su habitación; ¿en donde estaba? ¿ como es que no conocía nada de ese lugar, ni de cómo había llegado hasta allí? Sin dudas esa tampoco era su cama, su cómoda y ancha cama camera y, además, la suya carecía de esos barrotes que le impedían todo movimiento.

     Las paredes eran blancas; las ventanas sin cortinas y la puerta bien cerrada. ¿ Que es esto? -se sobresaltó- y al quererse incorporar advirtió que sus movimientos no respondían a las órdenes de su mente. Era como si se tratara de organismos diferentes; ¿ o sería que finalmente estaba dormido y ahora sí estaba soñando? Se viven situaciones tan increíbles cuando se sueña, que todo es posible.

     Sin embargo la luz ahora entraba con toda su claridad por la ventana y esa habitación era tan real como todo lo que le rodeaba. Escuchó el sonido de pasos que se aproximaban y luego una figura apareció en el lugar adonde estaba la puerta. Era una mujer; vestía de blanco, impecable, y llevaba en las manos una bandejita plateada de la cual tomó algo que, al acercarse a su cama advirtió que era una inyección.

     La mujer le sonrió, con una sonrisa muy agradable, y cuando le tomó la mano sintió como un calor, pero muy lejano, y ningún dolor cuando le introdujo la aguja y comenzó a brotar su sangre, que cuidadosamente guardaba en un tubito transparente. Luego le preguntó si le había dolido y al ir a responder que no, no escuchó que sonido alguno saliese de su boca. Realmente le pareció que su mente se había desprendido de su cuerpo y que éste ya no le respondía.

     Al advertirlo quiso llorar, pero ni una sola lágrima acudió en su ayuda; quiso gritar y no pudo hacerlo; movió repetidamente los párpados para llamar la atención de esa mujer de blanco a la que miraba con ojos desesperados, pero esta simplemente le volvió a sonreir y se dió media vuelta para marcharse por donde había venido.

      Ahora estaba nuevamente solo; en ese mundo extraño; dueño de una mente libre de pensar pero no de resolver o de indicarle a sus músculos los movimientos que debían hacer; y se sintió preso, peor que si estuviese en un frío calabozo de ultratumba. Porque allí todo estaba impecable; limpio y prolijo, pero para todos los otros; él no podía salir del mundo de su pensamiento que, además, tampoco dominaba porque las ideas se sucedían unas a otras descontroladamente, sin que puduiese ponerles algún orden o encontrar en ellas alguna razón.

     Y entonces se durmió.....y pudo descansar.....y en sueños corría por el pasto de la ladera de una montaña hacia abajo, hacia ese arroyo claro que se veía allá abajo, todavía bien lejos.....mientras avanzaba trastabillando y a los saltos.....y se detenía cada tanto y disfrutaba del sol de un día de verano, sin que ninguna nube se interpusiera entre ellos.....y se sentía como un niño; luego reanudaba la marcha, saltando ahora entre flores de muchos colores, corriendo cada vez más rápido, hasta llegar abajo y arrojarse al suelo para sumergir sus brazos en el agua y recoger con el cuenco de sus manos un poco de agua fresca que bebió a grandes sorbos y con los que luego se mojó el rostro.

     Luego giró hacia arriba y se quedó allí, tendido, mirando al cielo y a esas bandadas de pájaros que, todos juntos, emigraban hacia el norte en busca de mayor calor. Quiso gritar y ¡ lo logró !! Un casi aullido de felicidad brotó de su garganta mientras advertía que a su lado, un perro grandote lo olfateaba y procuraba lamer su cara, como invitándolo a incorporarse para ir a jugar con él, hasta que lo logró.

     Pero al girar para abrazar a ese cachorrón, repentinamente se encontró con su perro, el bueno de Oliver que le lamía la cara, tal como lo hacía todas las mañanas, y entonces, recién entonces recuperó la tranquilidad al verse en su propio cuarto, rodeado ahora sí de sus cosas y sabiendo que había dormido toda la noche, sin que ni siquiera esa horrible pesadilla lograra despertarle.
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lunes, 4 de mayo de 2015

La niña de la plaza.-


                                                                                 Para Olivia Rivarola (Oli), mi nieta silenciosa


     Tenía los ojos celestes clarito, casi transparentes, y unos rulos rubios bien ensortijados. Jugaba y reía; saltaba y corría; pero nunca hablaba. No era sorda porque se sabía que escuchaba y comprendía lo que le decíamos, pero nunca le oímos decir nada.-

  Era muy extraño porque, al mismo tiempo, nos transmitía sus sentimientos de una manera inequívoca; sabíamos lo que quería y nos llegaba lo que necesitaba, pero jamás lo expresó. Tampoco nunca la vimos llorar; parecía como que viviera atrapada en su mundo feliz, que a todos nos resultaba tan inaccesible.-

     Nuestra amiga de la plaza siempre vestía igual: un vestido bordó con tiradores anchos encima de una camisa blanca, medias del mismo color y zapatitos marrones, sin cordones, con un botón prendido a cada lado. No llevaba nada más; tampoco en el invierno, aunque hiciera frío, ni los días de lluvia, que a todos nos desparramaban y nos enviaban a nuestras casas.

     La suya nunca supimos donde estaba; es cierto que mucho no nos preocupamos por averiguarlo, porque siempre estaba allí; no había que ir a buscarla a ningún lado ni acompañarla al volver, cuando todos volvíamos a casa y poco a poco nos íbamos dispersando.-

     Pero un día no vino y así siguieron varios más hasta que alguno de nosotros lo advirtió; era cierto; nadie la había visto y nadie supo adonde ir a buscarla. Desapareció. Siempre pensamos que se había mudado y como ni siquiera sabíamos su nombre nadie pudo preguntar por ella más que por sus señas. Nos respondían que sí, que la habían visto muchas veces pero que hacía un tiempito que no. Fue un misterio.

     Poco a poco dejamos de recordarla; nunca más formó parte de nuestras conversaciones y a ninguno de nosotros pareció importarle que podría haberle ocurrido. Sin embargo de tanto en tanto, recordaba la mirada franca y cristalina de quien sin habernos dicho nada, había dejado su pequeña huella entre nosotros.

     Pasaron los años, muchos pero muchos años y una fría mañana de principios de la primavera volví a recorrer aquella plaza de mi infancia. Los juegos estaban en su sitio, más pintados y arreglados; el arenero encerrado detrás de una reja para evitar aquella presencia permanente de perros y otras mascotas; el bebedero -ahora tan chiquito- carecía de agua y un fuerte verde verdín reemplazaba el sitio por donde aquella se vertía.

     Me senté en un banco a mirar a otros niños que corrían y jugaban como entonces lo hacíamos nosotros. Casi diría que con iguales gestos y movimientos que los nuestros; los mismos gritos alegres; las mismas corridas y empujones; los mismos rituales infantiles.

     De repente me pareció verla: rubiecita y enrolada; de ojos celestes casi trasparentes; con aquella misma vestimenta. No lo podía creer. Despaciosamente me fui acercando a ella, que corría y reía a la par de los otros chicos, pero sin que de su boca saliera palabra alguna.

     En un momento que pasaba a mi lado la detuve y allí se quedó. quietita, mirándome pero sin sorpresa, como si hubiese estado aguardando mi regreso, y entonces me sonrió, con aquella misma sonrisa que tanto bien nos hacía a cuantos la recibían; y siguió, sin decir nada, como entonces, como siempre, y yo así supe que ella estaba bien, que nada le había ocurrido, y que seguía viva.....al menos en mi mente.-

     

           
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