lunes, 28 de septiembre de 2015

Azabache


                                                         Para   Salvador Giaccio Rivarola (Salvi),  mi nieto gran amigo de los caballos.-


     Al potrillito guacho nacido en el haras lo habían apodado "Azabache" por el color negro completo de su pelaje. Su madre, una buena yegua que no pudo superar la parición porque el potrillo venía "de lado", fue enterrada allí mismo, en el llamado "cementerio de los animales", que compartían por igual en un extremo del campo los caballos y los perros que en su momento, hicieron de ese lugar su propio sitio; en cuanto al padre, jamas supo que lo fuera ya que el pequeño potrillo era hijo de una de las tantas inseminaciones artificiales que salieran del vigor de ese viejo campeón de tantas batallas hípicas, hoy convertido en sembrador de buenos hijos y nietos.

     Por eso es que Azabache creció junto a "don Paco", ese viejo caballo ya jubilado incluso como caballo, que se dedicaba a pasar sus días pastando y disfrutando de los buenos recuerdos que le divertía mucho compartir con Azabache, que le seguía a todas partes. 

     Y digo que se entretenía porque ambos se pasaban las horas a pleno sol en el campo, sin que nadie  les impusiera tarea alguna, como inevitablemente ocurría con los demás integrantes de esa vasta tropilla que compartía sus días en el haras.Y por ahí andaban estos dos, separados del resto que partían al comenzar la jornada y que recién regresaban cansados al atardecer, a refrescarse en el arroyo cercano y poder disfrutar de un poco de paz.

     Don Paco y Azabache, en vez, no tenían otra cosa que hacer más que pasearse por el campo, comer y divertirse entre ellos, porque don Paco quería borrarle esa tristeza que le había parecido advertir en los ojos firmes del potrillo como una especie de nostalgia tan propias de quien debe crecer alejado de los cuidados de su madre, tal y como le había sucedido a él mismo muchos años antes, sin que ninguno de los mayores de la tropilla se dignara dirigirle tan siquiera un cariñoso relincho.

     La vida de don Paco había seguido un rumbo muy sufrido, mal domado adrede, para que alguno pudiera lucir sus destrezas en fiestas gauchescas o jineteadas en las que los aplausos se los llevaba el domador de turno; cuando se cansó de hacer piruetas fue vendido al propietario de un campo sin muchas aspiraciones y poco dinero que lo utilizaba para "todo servicio", desde reemplazar a los tractores durante el tiempo de preparación de la tierra, hasta el de las cosechas, ya que hombre decía que mientras "ese animal" pudiera hacer la faena él se reía de la tecnología.

     Mas tarde fue a parar como caballo de tiro de un carro de reparto, y así recorría todo el pueblo, de la mañana a la noche, llevando mercaderías de boliche en boliche y de casa en casa; finalmente, cuando llegó al haras en el que ahora estaba, lo utilizaron para azuzar a las yeguitas nuevas a alzarse, recibiendo de ellas cantidad de patatas y mordiscos, para que cuando ya las tenía listas lo sacaran a la fuerza y le permitieran al galán de turno terminar sin riesgos la tarea.

       Pero don Paco no le podía transmitir a Azabache esa, su verdadera experiencia de vida, para no abatirlo aun más respecto de lo que el mundo le deparaba y entonces fue que le comenzó a contar historias que tomaban vida solo en su imaginación, y así transformó aquellos días de siembras y arados en increíbles días de circo, donde se dedicaba a ser el transportador de una grácil y bella amazona de blanco, que hacia las delicias de un nutrido mundo infantil que la aplaudía , y  que inclusive a el mismo le llegaba el agradecimiento de muchos que al final de cada presentación se detenían para regalarle algunas cariñosas caricias.

     También había disfrazado las jornadas entre jineteadas y domadores por tranquilos paseos a lo largo de la playa, permitiendo que jóvenes enamorados pudieran pasearse juntos por la orilla del mar, uno detrás del otro, en un constante y renovado intercambio de cariños que todas las noches del verano se renovaban. Y el carro de reparto se transformó en una calesita de pueblo que tarde tras tarde le permitía  a los niños jugar junto al movimiento circular y ascendente de esos otros caballitos, de madera, que infatigablemente daban vueltas y más vueltas mientras los chicos no se cansaban nunca de exteriorizar su alegría.

     Finalmente, el trato descortés y arisco de las yeguitas se convertía en incansables carreras por el campo, al seguro de unas siestas prolongadas, en las que podía dar rienda suelta a sus fuerzas naturales para transmitir su propio placer y su vida a esas pispiretas que entre ellas se disputaban el ser las primeras en complacerlo. Y así siguió don Paco, día tras día, alimentando la fascinación de Azabache por la vida y contagiándole un entusiasmo que no hacía más que despertar en el potrillo un irrefrenable deseo de crecer para salir a disfrutar plenamente de la vida del caballo. 

     Una tarde en que volvían al corral después de una larga jornada de vagancia y de nuevos relatos, don Paco tropezó con una viscachera que la charla que mantenían no le permitió advertir que estaba en su camino, y al caer se le rompió la mano derecha, lo que le impidió seguir adelante. Azabache no sabía que hacer y se quedó a su lado, procurando consolar a su amigo que se debatía en el suelo, sin poder ponerse en pié.

     Al caer la noche vinieron por ellos; se los escuchaba acercarse en medio de murmullos y luces que se aproximaban, y en tanto Azabache salía a su encuentro, para orientarlos, don Paco intuyó que su fin se aproximaba con ellos, y as fue. Azabache supo de inmediato que ese disparo lejano que se había escuchado fue el que le puso fin a la vida de su viejo amigo, a quien no se le podía curar la fractura que había astillado sus huesos. 

     Cuando a la noche siguiente, después del entierro de don Paco en el cementerio de los animales, la tropilla se juntó a comentar lo sucedido y a la cual Azabache fue incorporado como uno más, escuchó desolado de boca de sus nuevos compañeros, sobre las soledades, angustias y tristezas de la vida de don Paco, que este le había ocultado para hacerlo feliz, y en lugar de llorar, sonrió, porque comprendió el sentido del mensaje que le había querido transmitir su viejo consejero y amigo: no importa tanto lo difícil que sean las circunstancias de tu vida, sino la actitud positiva con la que puedas encararte con ellas. Sólo así podrás superarlas, sean cuales fueren.
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sábado, 12 de septiembre de 2015

Lavalle 863.-


                                                     
                                              A mi nieto Juan Cruz Rivarola, a quien nunca vamos a olvidar.-



     El portón que cerraba la calle cortada donde jugábamos al fútbol todas las tardes tenía un número que lo identificaba frente a las demás entradas, el 863. Era alto, de madera y de color madera, y nunca pudimos ver que había detrás. Seguramente se abriría temprano en la mañana y tarde al anochecer, pero hasta esa tarde nunca lo vimos abierto.

     Sabíamos de sobra que allí vivía una familia porque cuando la pelota volaba por encima del portón, en forma invariable alguien nos la devolvía, mientras escuchábamos el inconfundible sonido de la risa de un niño, que a nuestro tradicional "graciaaaasss" nunca respondía.

     Al principio sentíamos curiosidad e inclusive, llegamos a invitar al niño -ya que siempre nos imaginamos que era un varón- a que se nos uniera en el juego, pero no tuvimos respuesta, lo cual terminó por despertar en nosotros toda clase de fantasías e imaginaciones.

     ¿ Quien sería el de las risitas? ¿ porqué no respondía? ¿Era un pequeño sordomudo? ¿un chico muy tímido? ¿no sabría jugar? No sé cuantas cosas más nos planteamos luego de cada partido y mientras regresábamos a nuestros respectivos hogares, ubicados a diferentes alturas de esa calle Lavalle, la cortada, que terminaba bruscamente en un portón alto, de madera.

     Un sábado por la tarde, cuando ya estaba comenzando a anochecer y nuestro eterno partido entraba en su fase final por la falta de luz, escuchamos ruidos que, sin duda, se originaban en ese portón que se estaba abriendo y nos quedamos como paralizados por la curiosidad.

     Un auto grande, negro y alargado, comenzaba a desplazarse desde adentro hacia afuera, marcha atrás, lo que hizo que nos corriéramos para uno de los costados del portón, un poco para dejarle paso y otro poco para poder mirar quien viajaba dentro. Nos quedamos sorprendidos y casi, casi sin poder hablar.

     Cómodamente instalada en la parte posterior del auto una -para nosotros- autentica y bella princesa nos sonreía, como avergonzada de tener que presentarse  tan repentinamente, de exhibirse -finalmente- después de tanto tiempo de intercambio permanente de gestos y sonrisas cómplices.

     Pero claro, lo que más nos llamó la atención fue que la joven mujer-niña, que con una de sus manos nos saludaba, no contaba con ninguna de sus extremidades inferiores, directamente su espléndido cuerpo terminaba en el tronco y no había nada más hacia abajo, circunstancia que recién advertimos una vez que el auto hubo partido, raudo, hacia algún destino desconocido.

     Es que uno de nosotros había alcanzado a ver, junto a ese cuerpo espléndido, una silla de ruedas plegada, en tanto que todos los demás habíamos advertido la ausencia de piernas en quien parecía haberse sentado sobre ellas, lo que no resultaba posible porque estaba de costado sobre el asiento. El portón de madera se había cerrado nuevamente y, claro está, nos volvimos a nuestras casas conversando todos al mismo tiempo y sacando conjeturas sobre la tremenda sorpresa que el hecho nos causara.

     Algunos días después, cuando reanudamos el juego, como casi siempre ocurría la pelota voló una vez más por encima del portón, pero esa vez nadie nos la devolvió. Tocamos timbre y el silencio fue la única respuesta, de modo que resolvimos no volver a jugar a la cortada porque imaginamos que ya nadie vendría del otro lado a devolvernos entre risas, lo principal de nuestro juego.

     Nunca supimos nada más de esa preciosa princesa de sonrisa triste ni del cual pudo haber sido su suerte, porque poco después la casa se puso en venta y allí comenzó a funcionar un geriátrico al que frecuentemente llegaban muchas visitas, sobre todo durante los fines de semana, lo que hacía desaconsejable el utilizar la calle como campo de juegos.

     Nosotros también nos fuimos desperdigando por puntos muy distantes entre sí, hasta que hace poco, después de transcurridos muchos años, regresé al lugar de mi niñez y tuve curiosidad por volver a esa antigua callejuela de nuestros juegos. Una vez más el portón me impidió seguir adelante, y aunque la casa permanecía tal cual la recordaba, quizás de dimensiones más pequeñas, se la veía solitaria y abandonada detrás del cerco por el que me asomé para espiar hacia adentro.

     Pero aún se me reservaba un sorpresa; mezclada con las ramas del cerco y aprisionada por sus espinas, totalmente corroída por el paso del tiempo, allí estaban los jirones de la que había sido nuestra vieja pelota de goma, aquella que nunca más volvió a nuestras manos, y que con mucho cuidado logré liberar de la cárcel que desde aquella tarde la tenía prisionera. 
      
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