sábado, 23 de julio de 2016

Se me ha perdido un angelito !



                                Para Santiago  Giaccio Rivarola, (Tati) , mi nieto "cubanito" (como mi padre) 





Se me ha perdido un niño !! , dijo en voz alta el pequeño angelito al que recientemente le habían asignado su primera tarea como custodio y todavía no estaba muy familiarizado con la forma de llevar adelante adecuadamente esa función. Lo había dejado por la mañana, muy temprano, tomando su desayuno y ahora, al volver su mirada sobre el lugar, no lo encontró, ni tampoco con sus padres, su mascota o escondido en algún lugar de la casa o el jardín.

Se desesperó porque si alguno de los custodios mayores lo interrogaba por el niño, debería mentir, arriesgarse a ser castigado o lo que era peor aun, perder la posibilidad de seguir siendo el custodio de ese niño, que tanto le divertía. ¿ Adonde se habrá metido?, se decía, mientras su mirada se extendía más allá de la casa, sobre el barrio, la plaza, la juguetería, el quiosco, la calesita y hasta el almacén cercano adonde cada tanto se lo enviaba a efectuar alguna compra. Nada. Andrés no aparecía.

Desde la distancia vio a un pequeño grupo de niños que, en bicicleta, se dirigían hacia las bardas cercanas, pero al aproximarse contemplo con angustia que allí tampoco se encontraba. Aun más preocupado volvió al jardín de la casa de Andrés y revisó con cuidado detrás de cada planta y, sobre todo, se detuvo mucho tiempo observando la pileta que, llena de hojas y las típicas suciedades del invierno, no le permitían mucho mirar hacia el fondo, pero todo allí parecía estar tranquilo y lo mismo ocurrió con la leñera, el cuartito de los trastos viejos, el lavadero  o el viejo quincho, también abandonado durante los fríos invernales. Nada.

La angustia del angelito crecía a cada instante, y tantas fueron sus idas y venidas que llamó la atención de un custodio más grande y bastante gordo que merodeaba por la zona vigilando a los angelitos más pequeños. ¿ Que te ocurre Onofre? –le preguntó- y al ver que éste dudaba antes de responderle insistió ¿ Se te ha perdido tu objetivo? Al verse descubierto Onofre comenzó a temblar, y entonces “el gordo” le dijo sonriendo ¿te fijaste en la capilla? No….no se le había ocurrido….que tonto!!

Raudamente se dirigió a la pequeña capillita cercana a su casa y ahí, efectivamente, estaba Andresito, comiéndose un buen alfajor de dulce de leche que la entregara el Padre Daniel, como premio, luego de haberlo ayudado con la celebración de la misa diaria. ¡ Que tranquilidad sintió entonces Onofre, el angelito, quien muy avergonzado pensó que quizás ese debería haber sido el primer sitio en donde ir a buscarlo. Es que para  Andrés, su primera acción de la mañana consistía en acercarse a la pequeña capillita adonde, en solitario, lo ayudaba al curita joven durante la misa que celebraban sólo para ellos dos, que al terminar le deparaba diariamente esa ración dulce que tanto le agradaba.

Es cierto que durante la misa Andrés, como todo niño, se distraía pensando en otras cosas, ya que se veía asimismo haciendo las mejores destrezas en la cancha en donde practicaba su deporte favorito; o se imaginaba siendo premiado por un aplauso de toda la clase luego de haber repetido, sin errores, el poema ese de la rosa y el ruiseñor que tanto le gustaba; o se veía corriendo alegremente por el andén de la estaciones de tren buscando el vagón en donde reconocer la alegre sonrisa de su abuela cuando venía a visitarlos.

 Es que tenía muchísima imaginación, seguramente proveniente de la seguidilla de cuentos que su mamá le contara todas las noches, sobre todo cuando era más chiquito, y que lo calmaban previo a verse envuelto por el sueño, en el que sin solución de continuidad, era él mismo quien se transformaba en el protagonista de los cuentos que venía escuchando, y se dormía con una sonrisa.

Le gustaba mucho dejar volar su imaginación y una noche se dormía en un trineo, cubierto de mantas y tirado por perros, que bajaba por la ladera de una montaña nevada y con un fuerte viento frío que le pegaba en la cara; otra noche se alejaba de la tierra volando en un globo aerostático y desde allá arriba observaba como las casas se volvían más pequeñas, como podía divertirse con las ovejas que, corrían asustadas por la singular visita; como se divertía al ver las caras de sorpresa de sus amigos y amiguitas de la escuela al verlo pasear allá arriba, por los aires, mientras le gritaban que querían acompañarlo y que bajara a buscarlo, lo que hacía, y así luego todos juntos se iban a recorrer, subiendo y bajando al compás del viento, el serpenteante recorrido del río cercano.

En todo eso estaba pensando durante la misa que acababa de terminar, mientras disfrutaba del diario alfajor, cuando, repentinamente, le pareció que esa pequeña figura que estaba parada delante suyo, de apenas uno pocos centímetros de altura más que él, le sonreía, como queriendo entablar una conversación que, tan acostumbrado como estaba a los sueños, Andrés abordó con toda inocencia: “¿ como estas? ¿ pareces un angelito? “– “Soy un angelito” , le respondió Onofre muy divertido “te me habías escapado” – “¿ Como? Yo no soy tu prisionero?” –le respondió el niño. “Por supuesto que no lo eres, más bien quien está a tu servicio soy yo….y te me habías perdido”

“¿ Como es que estas a mi servicio? ¿ Te puedo pedir cualquier cosa?” – “Siempre que sea para tu bien, sí. Soy tu angel de la guarda” – “Bueno, vamos a ver que te parece este pedido. ¿Vos no quisieras hacerte un niño como yo? Podríamos jugar y divertirnos juntos todo el día” “ Eso estaría bien, pero entonces perdería mis poderes y no te serviría mi protección. Pero hagamos un pacto, cuando vos estés sólo y no tengas con quien divertirte, llamame, que siempre voy a estar cerca, y me voy a hacer visible, pero cuando estés ocupado, haciendo deportes o la tarea escolar, dejame volver a mis lugares, porque si no me ven, allá me van a retar”.

Así lo hicieron, durante mucho tiempo en que Onofre alternaba sus visitas reales con momento de silencio en los que desaparecía, para volver al encuentro de Andrés tantas veces como éste lo reclamaba, y allá se iban los dos, muy divertidos, a entretenerse con mil cosas distintas. Pero a medida que los años pasaban, los gustos del niño se fueron modificando, y al crecer eran más las veces en que Onofre lo veía perdido detrás de la sonrisa compradora de July, como le decían todos a Julieta, su alegre compañera del secundario, que aquellas en que lo convocaba, ahora solamente para hacerle confidencias melancólicas vinculadas a su perdido enamoramiento, y de esto, la verdad es que el pobre Onofre no sabía nada.

Cuando Andrés advirtió que su amigo no tenía recetas que mágicamente le solucionaran sus problemas románticos –porque a July se la habían llevado a vivir muy lejos- una tarde que se encontraba medio abatido se le ocurrió una idea, porqué su amigo no probaba a enamorarse en la tierra y luego, al tener que retornar a su mundo, le podría enseñar a olvidar. A Onofre la propuesta no le disgustó porque –a decir verdad- estaba encantado cada vez que debía asumir su rol humano, y durante un buen tiempo los dos amigos anduvieron en la búsqueda de alguien que pudiera enamorarse del buenaso de Onofre, pero no les resultó muy sencillo.

Una mañana, una larga mañana de domingo en que ya estaban por desistir de la idea, al regresar de la misa en la capillita de la infancia, Onofre advirtió que una lindísima muchacha –que venía del mismo sitio- se detenía en la plaza a la espera de que ellos pasasen y al acercarse, directamente los abordó. Era Lucre –por Lucrecia- “una angelita” que por supuesto no se dio a conocer como tal, que les propuso caminar con ellos, mientras el corazón de Onofre comenzaba a palpitar con mayor intensidad.

Los tres se hicieron muy amigos y andaban por todos lados juntos, mientras Andres advertía en los ojos de su amigo, pero también en los de su amiga, un brillito muy especial cuando estaban juntos, creando en torno de ellos un clima muy especial. Había ocurrido lo previsible, Onofre y Lucre se habían enamorado, diríase que locamente; ninguno de ellos podía estar mucho tiempo lejos del otro; caminaban tomados de la mano y Andrés, poco a poco se dio cuenta que sus amigos preferían andar solos que compartir sus pocos momento de libertad con él, de modo que se alejó.

Hasta que un día, Lucrecia también desapareció, tal y como le ocurriera a Andres con July, y  entonces el que se derrumbó fue Onofre a quien no había manera de calmarlo ya que tenía un abatimiento del que nada pareciera que lograría hacerlo salir. Es que nadie sabía del paradero de Lucre, a quien repentinamente se la había tragado la tierra, o mejor dicho, el cielo, ya que había sido urgentemente convocada para dar una explicación sobre lo que estaba ocurriendo, porque los planes previstos para su misión se habían alterado.

Es que a Lucre –una angelita feliz que siempre había vivido cuidando a “sus niñas”- se le había asignado nada menos que la tarea de rescatarlo a Onofre de sus inclinaciones demasiado humanas y, contrariamente a lo previsto, Lucre se había enamorado precisamente de esa faceta tan humana que aquel había adquirido, y esto no había estado en los planes de nadie. “Es que es algo irracional –les explicaba Lucre al tribunal celestial que la juzgaba-  y ustedes nunca lo comprenderían porque se trata como de un imán que atrae a dos corazones hasta hacerlos uno solo, y entonces te sentís perdido e incompleto cuando se pierde o te lo quitan”.

“¿ Cual es la razón –los interrogó- de querer tener a nuestros corazones sufrientes, sin posibilidad alguna de cumplir con nuestras tareas cotidianas? ¿ A quien les serviríamos? Es cierto que ustedes pierden a dos custodios, si nosotros nos vamos, pero ¿no nos pierden igual si estamos como estamos?” Es verdad lo que dices –le respondieron- pero ¿Qué haríamos entonces con Andrés? ¿Con quien lo cuidaríamos si a Onofre le permitimos quedarse contigo?” – “Es muy sencillo –le respondió pícara Lucre- si yo pudiera aconsejarlos les diría que lo ideal es enviarle una custodio mujer” – “¿ ¡ Mujer !! ? No sería posible” – “Porque?” – “Y….porque no lo comprendería” –

“No es así; yo les diría que el corazón aun destrozado de Andrés solo puede ser cuidado por una custodio, con sensibilidad y cariño propios de las mujeres, que conocen como nadie de las debilidades de los hombres, y que a cambio de ser respetadas, son capaces de transformar el corazón más dolido en un sitio de cobijo y abrigo”. Se reunieron los miembros del Tribunal a deliberar, sorprendidos de la fortaleza de la angelito, pero sabiendo que se merecía una nueva oportunidad, y así fue la decisión: podía elegir volver a ser humana y escoger a la custodio para Andrés, elección que rápidamente recayó en Teresa, su mejor amiguita-angelito, a quien con una sonrisa cómplice le pidió que la siguiera para que pudiera presentarle a su custodiado.

Y así efectivamente ocurrió, ya que rápidamente Teresa y Andrés se entendieron perfectamente, y la sonrisa y la alegría de éste se recuperó aún más rápido que la del propio Onofre, que no en tendía nada, pero que no podía creer de tener a nuevamente a Lucre consigo, quizás para siempre. En cambio los jefes celestiales, preocupados con lo ocurrido y temiendo que esas situaciones pudieran repetirse, resolvieron que en adelante sólo a los custodios grandes y viejos se les podía encomendar la tarea de cuidar de niños y jóvenes, mientras a los angelitos novatos se los destinaría al cuidado de las personas mayores.

Y así fue como desde entonces, los ángeles dejaron de poder humanizarse, pero a su vez se generaron muchas confusiones ya que las personas jóvenes padecieron durante un buen tiempo el no poder encontrar su propio rumbo, deambulando largamente al encuentro de su destino, tanto ocupacional como afectivo, mientras que los viejos se volvían cada vez más ocurrentes y joviales, transformando lo que no había sido más que una pacífica espera del conocido y fatal final, en una vital experiencia de vida, en la que el derroche de felicidad les salía a borbotones de sus almas como renacidas a la vida.

Lo único que faltó en esta historia es haberle avisado a aquel ángel gordo, el viejo custodio responsable de las tareas de Onofre, que este no volvería, y como a los angelitos humanizados los ángeles no los pueden ver, se pasó los días, los meses y los años procurando dar con “su pobre angelito” desconociendo por completo que éste había escogido para sí un camino menos volátil, pero mucho más agradable: compartir su vida con una mujer !


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