Para Santiago Giaccio Rivarola, (Tati) , mi nieto "cubanito" (como mi padre)
Se me ha perdido un niño !! , dijo en voz alta el pequeño
angelito al que recientemente le habían asignado su primera tarea como custodio
y todavía no estaba muy familiarizado con la forma de llevar adelante
adecuadamente esa función. Lo había dejado por la mañana, muy temprano, tomando
su desayuno y ahora, al volver su mirada sobre el lugar, no lo encontró, ni
tampoco con sus padres, su mascota o escondido en algún lugar de la casa o el
jardín.
Se desesperó porque si alguno de los custodios mayores lo
interrogaba por el niño, debería mentir, arriesgarse a ser castigado o lo que
era peor aun, perder la posibilidad de seguir siendo el custodio de ese niño,
que tanto le divertía. ¿ Adonde se habrá metido?, se decía, mientras su mirada
se extendía más allá de la casa, sobre el barrio, la plaza, la juguetería, el
quiosco, la calesita y hasta el almacén cercano adonde cada tanto se lo enviaba
a efectuar alguna compra. Nada. Andrés no aparecía.
Desde la distancia vio a un pequeño grupo de niños que,
en bicicleta, se dirigían hacia las bardas cercanas, pero al aproximarse
contemplo con angustia que allí tampoco se encontraba. Aun más preocupado
volvió al jardín de la casa de Andrés y revisó con cuidado detrás de cada
planta y, sobre todo, se detuvo mucho tiempo observando la pileta que, llena de
hojas y las típicas suciedades del invierno, no le permitían mucho mirar hacia
el fondo, pero todo allí parecía estar tranquilo y lo mismo ocurrió con la
leñera, el cuartito de los trastos viejos, el lavadero o el viejo quincho, también abandonado
durante los fríos invernales. Nada.
La angustia del angelito crecía a cada instante, y tantas
fueron sus idas y venidas que llamó la atención de un custodio más grande y
bastante gordo que merodeaba por la zona vigilando a los angelitos más
pequeños. ¿ Que te ocurre Onofre? –le preguntó- y al ver que éste dudaba antes
de responderle insistió ¿ Se te ha perdido tu objetivo? Al verse descubierto
Onofre comenzó a temblar, y entonces “el gordo” le dijo sonriendo ¿te fijaste en la capilla? No….no se le había ocurrido….que tonto!!
Raudamente se dirigió a la pequeña capillita cercana a su
casa y ahí, efectivamente, estaba Andresito, comiéndose un buen alfajor de
dulce de leche que la entregara el Padre Daniel, como premio, luego de haberlo
ayudado con la celebración de la misa diaria. ¡ Que tranquilidad sintió
entonces Onofre, el angelito, quien muy avergonzado pensó que quizás ese
debería haber sido el primer sitio en donde ir a buscarlo. Es que para Andrés, su primera acción de la mañana
consistía en acercarse a la pequeña capillita adonde, en solitario, lo ayudaba
al curita joven durante la misa que celebraban sólo para ellos dos, que al
terminar le deparaba diariamente esa ración dulce que tanto le agradaba.
Es cierto que durante la misa Andrés, como todo niño, se
distraía pensando en otras cosas, ya que se veía asimismo haciendo las mejores
destrezas en la cancha en donde practicaba su deporte favorito; o se imaginaba
siendo premiado por un aplauso de toda la clase luego de haber repetido, sin
errores, el poema ese de la rosa y el ruiseñor que tanto le gustaba; o se veía
corriendo alegremente por el andén de la estaciones de tren buscando el vagón
en donde reconocer la alegre sonrisa de su abuela cuando venía a visitarlos.
Es que tenía
muchísima imaginación, seguramente proveniente de la seguidilla de cuentos que
su mamá le contara todas las noches, sobre todo cuando era más chiquito, y que
lo calmaban previo a verse envuelto por el sueño, en el que sin solución de
continuidad, era él mismo quien se transformaba en el protagonista de los
cuentos que venía escuchando, y se dormía con una sonrisa.
Le gustaba mucho dejar volar su imaginación y una noche
se dormía en un trineo, cubierto de mantas y tirado por perros, que bajaba por
la ladera de una montaña nevada y con un fuerte viento frío que le pegaba en la
cara; otra noche se alejaba de la tierra volando en un globo aerostático y
desde allá arriba observaba como las casas se volvían más pequeñas, como podía
divertirse con las ovejas que, corrían asustadas por la singular
visita; como se divertía al ver las caras de sorpresa de sus amigos y amiguitas
de la escuela al verlo pasear allá arriba, por los aires, mientras le gritaban
que querían acompañarlo y que bajara a buscarlo, lo que hacía, y así luego
todos juntos se iban a recorrer, subiendo y bajando al compás del viento, el
serpenteante recorrido del río cercano.
En todo eso estaba pensando durante la misa que acababa
de terminar, mientras disfrutaba del diario alfajor, cuando, repentinamente, le
pareció que esa pequeña figura que estaba parada delante suyo, de apenas uno
pocos centímetros de altura más que él, le sonreía, como queriendo entablar una
conversación que, tan acostumbrado como estaba a los sueños, Andrés abordó con
toda inocencia: “¿ como estas? ¿ pareces un angelito? “– “Soy un angelito” , le
respondió Onofre muy divertido “te me habías escapado” – “¿ Como? Yo no soy tu
prisionero?” –le respondió el niño. “Por supuesto que no lo eres, más bien
quien está a tu servicio soy yo….y te me habías perdido”
“¿ Como es que estas a mi servicio? ¿ Te puedo pedir
cualquier cosa?” – “Siempre que sea para tu bien, sí. Soy tu angel de la
guarda” – “Bueno, vamos a ver que te parece este pedido. ¿Vos no quisieras
hacerte un niño como yo? Podríamos jugar y divertirnos juntos todo el día” “
Eso estaría bien, pero entonces perdería mis poderes y no te serviría mi
protección. Pero hagamos un pacto, cuando vos estés sólo y no tengas con quien
divertirte, llamame, que siempre voy a estar cerca, y me voy a hacer visible,
pero cuando estés ocupado, haciendo deportes o la tarea escolar, dejame volver
a mis lugares, porque si no me ven, allá me van a retar”.
Así lo hicieron, durante mucho tiempo en que Onofre
alternaba sus visitas reales con momento de silencio en los que desaparecía,
para volver al encuentro de Andrés tantas veces como éste lo reclamaba, y allá
se iban los dos, muy divertidos, a entretenerse con mil cosas distintas. Pero a
medida que los años pasaban, los gustos del niño se fueron modificando, y al
crecer eran más las veces en que Onofre lo veía perdido detrás de la sonrisa
compradora de July, como le decían todos a Julieta, su alegre compañera del
secundario, que aquellas en que lo convocaba, ahora solamente para hacerle
confidencias melancólicas vinculadas a su perdido enamoramiento, y de esto, la
verdad es que el pobre Onofre no sabía nada.
Cuando Andrés advirtió que su amigo no tenía recetas que
mágicamente le solucionaran sus problemas románticos –porque a July se la
habían llevado a vivir muy lejos- una tarde que se encontraba medio abatido se
le ocurrió una idea, porqué su amigo no probaba a enamorarse en la tierra y
luego, al tener que retornar a su mundo, le podría enseñar a olvidar. A Onofre
la propuesta no le disgustó porque –a decir verdad- estaba encantado cada vez
que debía asumir su rol humano, y durante un buen tiempo los dos amigos
anduvieron en la búsqueda de alguien que pudiera enamorarse del buenaso de
Onofre, pero no les resultó muy sencillo.
Una mañana, una larga mañana de domingo en que ya estaban
por desistir de la idea, al regresar de la misa en la capillita de la infancia,
Onofre advirtió que una lindísima muchacha –que venía del mismo sitio- se
detenía en la plaza a la espera de que ellos pasasen y al acercarse,
directamente los abordó. Era Lucre –por Lucrecia- “una angelita” que por
supuesto no se dio a conocer como tal, que les propuso caminar con ellos,
mientras el corazón de Onofre comenzaba a palpitar con mayor intensidad.
Los tres se hicieron muy amigos y andaban por todos lados
juntos, mientras Andres advertía en los ojos de su amigo, pero también en
los de su amiga, un brillito muy especial cuando estaban juntos, creando en
torno de ellos un clima muy especial. Había ocurrido lo previsible, Onofre y
Lucre se habían enamorado, diríase que locamente; ninguno de ellos podía estar
mucho tiempo lejos del otro; caminaban tomados de la mano y Andrés, poco a poco
se dio cuenta que sus amigos preferían andar solos que compartir sus pocos
momento de libertad con él, de modo que se alejó.
Hasta que un día, Lucrecia también desapareció, tal y
como le ocurriera a Andres con July, y entonces
el que se derrumbó fue Onofre a quien no había manera de calmarlo ya que tenía
un abatimiento del que nada pareciera que lograría hacerlo salir. Es que nadie
sabía del paradero de Lucre, a quien repentinamente se la había tragado la
tierra, o mejor dicho, el cielo, ya que había sido urgentemente convocada para
dar una explicación sobre lo que estaba ocurriendo, porque los planes previstos
para su misión se habían alterado.
Es que a Lucre –una angelita feliz que siempre había
vivido cuidando a “sus niñas”- se le había asignado nada menos que la tarea de rescatarlo a
Onofre de sus inclinaciones demasiado humanas y, contrariamente a lo previsto,
Lucre se había enamorado precisamente de esa faceta tan humana que aquel
había adquirido, y esto no había estado en los planes de nadie. “Es que es algo
irracional –les explicaba Lucre al tribunal celestial que la juzgaba- y ustedes nunca lo comprenderían porque se
trata como de un imán que atrae a dos corazones hasta hacerlos uno solo, y
entonces te sentís perdido e incompleto cuando se pierde o te lo quitan”.
“¿ Cual es la razón –los interrogó- de querer tener a nuestros
corazones sufrientes, sin posibilidad alguna de cumplir con nuestras tareas
cotidianas? ¿ A quien les serviríamos? Es cierto que ustedes pierden a dos custodios,
si nosotros nos vamos, pero ¿no nos pierden igual si estamos como estamos?” Es
verdad lo que dices –le respondieron- pero ¿Qué haríamos entonces con Andrés?
¿Con quien lo cuidaríamos si a Onofre le permitimos quedarse contigo?” – “Es
muy sencillo –le respondió pícara Lucre- si yo pudiera aconsejarlos les diría
que lo ideal es enviarle una custodio mujer” – “¿ ¡ Mujer !! ? No sería
posible” – “Porque?” – “Y….porque no lo comprendería” –
“No es así; yo les diría que el corazón aun destrozado de
Andrés solo puede ser cuidado por una custodio, con sensibilidad y cariño
propios de las mujeres, que conocen como nadie de las debilidades de los
hombres, y que a cambio de ser respetadas, son capaces de transformar el
corazón más dolido en un sitio de cobijo y abrigo”. Se reunieron los miembros
del Tribunal a deliberar, sorprendidos de la fortaleza de la angelito, pero sabiendo que se merecía una nueva oportunidad, y así fue la decisión: podía
elegir volver a ser humana y escoger a la custodio para Andrés, elección que
rápidamente recayó en Teresa, su mejor amiguita-angelito, a quien con una
sonrisa cómplice le pidió que la siguiera para que pudiera presentarle a
su custodiado.
Y así efectivamente ocurrió, ya que rápidamente Teresa y
Andrés se entendieron perfectamente, y la sonrisa y la alegría de éste se
recuperó aún más rápido que la del propio Onofre, que no en tendía nada, pero
que no podía creer de tener a nuevamente a Lucre consigo, quizás para siempre. En cambio los
jefes celestiales, preocupados con lo ocurrido y temiendo que esas situaciones
pudieran repetirse, resolvieron que en adelante sólo a los custodios grandes y
viejos se les podía encomendar la tarea de cuidar de niños y jóvenes, mientras
a los angelitos novatos se los destinaría al cuidado de las personas mayores.
Y así fue como desde entonces, los ángeles dejaron de
poder humanizarse, pero a su vez se generaron muchas confusiones ya que las
personas jóvenes padecieron durante un buen tiempo el no poder encontrar su
propio rumbo, deambulando largamente al encuentro de su destino, tanto
ocupacional como afectivo, mientras que los viejos se volvían cada vez más
ocurrentes y joviales, transformando lo que no había sido más que una pacífica
espera del conocido y fatal final, en una vital experiencia de vida, en la que el derroche de
felicidad les salía a borbotones de sus almas como renacidas a la vida.
Lo único que faltó en esta historia es haberle avisado a
aquel ángel gordo, el viejo custodio responsable de las tareas de Onofre, que
este no volvería, y como a los angelitos humanizados los ángeles no los pueden
ver, se pasó los días, los meses y los años procurando dar con “su pobre
angelito” desconociendo por completo que éste había escogido para sí un camino
menos volátil, pero mucho más agradable: compartir su vida con una mujer !
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