viernes, 24 de julio de 2020

Don (gato)

                 

                                                                          Para mi querida nieta Guadalupe Luna (Guada de Trenque, como ella se presenta.


      La mañana en que Daniela se despertó mucho antes de lo acostumbrado, no sabía que su día sería muy diferente a lo que estaba acostumbrada que ocurriera. Se levantó muy despacio, para no despertar a su hermanito que dormía plácidamente en la cama de al lado, y se dirigió sigilosamente hasta la cocina –totalmente a oscuras- lo que le infundió un poco de temor.

Se tropezó con un banquito que había quedado fuera de lugar desde la noche anterior y abrió la heladera con la intención de tomar un poco de leche, que al pretender beberla directamente del sachet que la contenía se derramó originando un importante charco en el suelo.

Rápidamente miró en derredor con la intención de localizar algún trapo de piso y, al no encontrar ninguno buscó en uno de los cajones en donde se guardaban y, al abrirlo, contempló con asombro que dentro dormía plácidamente un gatito, medio atigrado, quien de inmediato abrió sus enormes ojos celestes y se la quedó mirando como diciéndole “¿qué estás haciendo aquí?”.

Daniela más que asustarse se maravilló del encuentro y con mucho cuidado –para evitar que el gatito huyera- comenzó a acariciarlo mientras el animal se dejaba hacer en tanto se desperezaba estirando bien sus cuatro patas y, alzando su cabeza, observó en el piso la leche derramada y de inmediato saltó de su cajón-cuna y comenzó a beberla.

Al terminar con esa grata tarea, la miró a Dani como pidiéndole un poco más, y esta la satisfizo volcando más leche sobre un plato de sopa que estaba en el escurridor. Cuando el gato terminó con este desayuno, se volvió a Daniela y, como si fuera la cosa más normal del mundo, le dijo “gracias”, sonido que paralizó a la niña, sorprendida de que el gato supiera hablar, pero sin amilanarse le respondió “de nada gatito, ¿ cómo es que podes hablar ?”

Este mirándola a la cara con esos grandes ojos, le dijo “no es tan extraño….todos los gatos hablamos….lo raro es que vos nos puedas comprender….¿quien te enseñó? “ – “A mi nadie, le respondió Daniela, pero quizás se deba a que ahora ya no uso tapones en mis oídos, porque misteriosamente se me han curado” – “Ah que bien, le respondió el gatito, se ve que por haber estado tanto tiempo con esos tapones, has ido acumulando sonidos que las demás personas dejan pasar sin escuchar y en cambio vos ahora, como compensación, escuchas mucho más que ellos”.

Y entonces siguió el diálogo. Que como te llamas? Que desde cuando dormís en el cajón? Que haces durante el día? Y el gato le iba respondiendo: Me llaman don Felipe porque nací en su casa, pero vos podes decirme Don que me gusta más; duermo aquí desde el día que descubrí que tu mamá dejaba un poquito de la ventana abierta por las noches, cuando quedaba encendida la calefacción; y durante el día hago lo mismo que hacemos todos los gatos, como vos haces todo lo que hacen los niños.

     “ Sí pero yo te pregunto –le respondió la niña- porque a lo mejor, desde hoy podemos empezar a hacer muchas cosas juntos. Por ejemplo ¿te gustaría acompañarme al colegio ? A hacer los mandados? A andar en bici por la vereda?” – “Pero por supuesto, le respondió Don, y también me gustaría que me enseñaras a cantar porque te he escuchado y lo haces muy bien; a tocar ese pianito que te regalaron en Navidad, que suena tan lindo; a andar en patines!! en fin a todas esa cosas que te divierten“

      “A vos te parece que podrás? – le dijo Daniela mientras le acariciaba la cabecita- creo que son cosas muy difíciles para un gatito” – “No creas -le respondió Don- yo a cambio te enseñaría a treparte hasta las copas más altas de los árboles; a esconderte en lugares insólitos; a visitar las casas de los vecinos y espiarlos por las ventanas sin que se enteren; a incorporarte a nuestras reuniones de gatos, ya que poder contar con alguien que nos escuche para nosotros sería muy importante. Serías como nuestra vocera. ¿Qué te parece Dani?."

      En ese momento se apareció por la cocina, medio dormido todavía, su hermanito, sorprendido al ver que Daniela estaba hablando sola. “No estoy hablando sola –le dijo enojada- estoy conversando con este gato” “Jua jua jua -se rió Ernestito- los gatos no hablan” – "Si le dijo Dani muy convencida, “ ellos hablan, lo que pasa es que vos no los  escuchas” – “Y porqué no los escucho?” – “Simple; mis oídos ahora escuchan muchos más sonidos para compensar a los que antes no podía” “ No vale, le dijo Ernesto, y se puso a llorar.

     De repente se escuchó clarita la voz de Don que decía: “Mira Ernestito, vos también podes escucharme, siempre que quieras hacerlo, pero me vas a tener que regalar algo que te guste mucho, mucho” – El niño se puso a pensar que era lo que más quería hacer, si escuchar a un gato o entregarle algo propio. Descartó totalmente la pelota de fútbol de cuero, los disfraces y los anteojos negros luego de un ratito le respondió. "Ya sé…te voy a entregar lo que más quiero en esta vida, a mi hermana!!”

      “No!!! - saltó esta-  ¿Cómo me vas a entregar a mí? Y ya no seremos más hermanos?”
“Si, no te preocupes porque como vos no me vas a entregar a mí, podemos estar los tres y así divertirnos más que antes!!” – “Esta bien, intervino entonces el gato- pero a cambio a mí entonces me gustaría presentarles a Donatela, la gatita que vive en la casa de la vereda del frente y así podremos salir los cuatro” “No estoy de acuerdo ! –afirmó con mucha firmeza Daniela- Primero tenía que compartirte con mi hermano, está bien, pero ahora con otra gatita? Es el colmo, o nos quedamos solo los dos, o me voy a dormir y se acabó el juego” Y desapareció rumbo a su cuarto.-

Un rato más tarde, la mamá llamó a los dos niños –que aun dormían- a desayunar, y al aparecer Dani en la cocina se dirigió hacía el cajón-cuna del gatito y no encontró a nadie. Entonces, muy despacito, le preguntó a Ernesto si recordaba lo que había ocurrido en la cocina con el gatito y ante la respuesta de “¿Qué gatito!!!!” cayó en la cuenta de que todo había sido un sueño, y un poquito se entristeció.

Media hora más tarde, cuando esperaba a su papá en la vereda para que la llevase al colegio, escucho detrás suyo  a una vos que le decía “¿Cómo estas? “ Y al girarse vio al gatito, se agachó, lo levantó y le dio un beso enorme mientras le decía “este será siempre nuestro secreto”, y ocultándole en sus brazos, se lo llevó al cole.



  



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domingo, 22 de marzo de 2020

Una cercana historia de amor real


                            Para Olivia Rivarola , mi dulce Oli, a quien se que le gustan estas historias y que un dia vivirá las suyas.-


     El era un abogado ya maduro que se mantenia muy jovial a sus casi sesenta, en la plenitud de su gestion profesional que compartiamos en unas amplias oficinas muy centricas de la ciudad de Buenos Aires . Ella era apenas una casi veinteañera recien llegada de su Catamarca natal, adonde terminados sus estudios, a sus abuelos, con quienes habia compartido su vida luego de la temprana muerte de sus padres, se les hizo muy dificil retenerla, y asi fue remitida en custodia a su otra abuela quien, por entonces, se desempeñaba como Secretaria en el Estudio adonde trabajabamos y que alli la llevo para trabajar junto a ella.

     Las tareas que le fueron asignadas a la niña eran menores y, entre ellas, las de atender las llamadas telefonicas, recibir a los clientes, servir cafe asi como despachar la correspondencia y atender un poco como Secretaria a los abogados mayores, todo lo cual hizo que el trato entre ambos comenzara a ser frecuente, comenzando a prolongarse mas alla de lo estrictamente laboral con conversaciones y agradables charlas que instaba -sobre todo el- y que a la niña le encantaba poder satisfacer relatando las mil y una anecdotas de su vida provinciana, de su relacion con sus abuelos y primos, de las vicisitudes escolares, en fin, de un repaso y puesta al dia de lo que habian sido sus casi veinte años de vida.

     El, a su vez, enlazaba aquellas conversaciones con anecdotas propias, nacidas al amparo de su vasta experiencia de vida y nutrida a lo largo de los años con viajes, vinculos, gestiones politicas, profesionales e inclusive familiares ya que ademas de una primera y lejana esposa habia tenido varios romances mas de los que muy poco blanqueara a los suyos.

     Un buen dia, al terminar la jornada laboral, con otro colega estabamos tomando algo en un bar que habia al lado de la oficina cuando advertimos que desde nuestro edificio, muy contentos y tomados de la mano salian nuestros dos personajes y se los tragaba la noche.

     No dijimos nada pero, desde entonces, no podiamos dejar de mirar y de observar cuanto pudiera pasar con y entre ellos, quienes dia a dia estaban mas tiempo juntos en la oficina del abogado que, al terminar de trabajar la llevaba consigo en el auto hasta la casa que ella compartia con su abuela quien, con toda seguridad, ya habria adivinado lo que ocurria entre ambos

     Asi paso el tiempo, no se cuanto, pero llego un dia en que el abogado comunico en la familia que se habia enamorado de la joven y que luego de casarse por civil, se irian como es logico a vivir juntos, lo cual a todos los dejo muy sorprendidos, menos a mi que habia sido testigo de primera mano del nacimiento de este amor.

     Y el abogado sesenton, a partir de entonces, rejuvenecio varios años y por su parte la joven parecia que habia crecido de repente, vistiendose y comportandose como una mujer madura. Pasaron varios años y todos nos acostumbramos a compartir nuestros eventos familiares con este matrimonio que no estaba casado "como Dios manda" sino con un matrimonio civil que, por lo menos, a ellos les bastaba.

     Pero claro, la joven -como muchas mujeres- queria tener hijos y si bien el abogado estaba fisicamente en condiciones de darle ese regalo, antes que nada penso en el futuro de esa posible criatura que creceria junto a un padre tan pero tan mayor que, ademas, podia llegar a morir antes que su hijo llegara a la madurez, que con mucho criterio y una enorme cuota de amor, resolvio que la joven pudiera cumplir con sus sueños, y la dejo partir.

     Y ella se unio, un tiempo despues a otra persona con quien comenzo a convivir pero en otra ciudad, con quien tuvo dos hijos, tal y como era su deseo, pero durante esos años no dejo de tener algun contacto esporadico con el abogado que, desde la distancia, seguia atentamente sus pasos porque a decir verdad, no podia olvidarla y menos dejar de quererla.

     Empero un dia, las cosas por algo suceden, no se bien si fue porque ella tampoco habia logrado olvidarlo, la joven se separo de su pareja y quedo sola con sus dos hijos, en una ciudad lejana, hacia donde el abogado comenzo  viajar para estar junto a ella y brindarle su proteccion.

     Y como en todos los cuentos, al final el amor se impuso a las diferencias de edad y a las distancias y -en silencio, como se hacen las cosas mas queridas, se unieron en matrimonio religioso por la Iglesia, el viudo de su primera esposa y ella soltera, seguramente como lo habrian querido hacer desde el comienzo, si se les hubiese permitido.

     Y el entonces comenzo  visitarla con mucha frecuencia y a trasladarse hasta aquella ciudad cada vez que podia hasta que un dia el abogado, ya con mas de noventa se enfermo solo de vejez y ella - solo cuarentona- se traslado  a su lado para cuidarlo, como el lo habia hecho con ella siempre, y alli permanecio hasta el dia en que el hombre partio, con la enorme satisfaccion de haber compartido los ultimos dias de su vida con una gran mujer, que era la Luz de sus ojos, y quien regreso a su ciudad con toda la tristeza a cuestas pero tambien sabiendo que a lo largo de su vida habia tenido la oportunidad de vivir un gran amor, y que ahora podia contarlo.







     
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sábado, 23 de julio de 2016

Se me ha perdido un angelito !



                                Para Santiago  Giaccio Rivarola, (Tati) , mi nieto "cubanito" (como mi padre) 





Se me ha perdido un niño !! , dijo en voz alta el pequeño angelito al que recientemente le habían asignado su primera tarea como custodio y todavía no estaba muy familiarizado con la forma de llevar adelante adecuadamente esa función. Lo había dejado por la mañana, muy temprano, tomando su desayuno y ahora, al volver su mirada sobre el lugar, no lo encontró, ni tampoco con sus padres, su mascota o escondido en algún lugar de la casa o el jardín.

Se desesperó porque si alguno de los custodios mayores lo interrogaba por el niño, debería mentir, arriesgarse a ser castigado o lo que era peor aun, perder la posibilidad de seguir siendo el custodio de ese niño, que tanto le divertía. ¿ Adonde se habrá metido?, se decía, mientras su mirada se extendía más allá de la casa, sobre el barrio, la plaza, la juguetería, el quiosco, la calesita y hasta el almacén cercano adonde cada tanto se lo enviaba a efectuar alguna compra. Nada. Andrés no aparecía.

Desde la distancia vio a un pequeño grupo de niños que, en bicicleta, se dirigían hacia las bardas cercanas, pero al aproximarse contemplo con angustia que allí tampoco se encontraba. Aun más preocupado volvió al jardín de la casa de Andrés y revisó con cuidado detrás de cada planta y, sobre todo, se detuvo mucho tiempo observando la pileta que, llena de hojas y las típicas suciedades del invierno, no le permitían mucho mirar hacia el fondo, pero todo allí parecía estar tranquilo y lo mismo ocurrió con la leñera, el cuartito de los trastos viejos, el lavadero  o el viejo quincho, también abandonado durante los fríos invernales. Nada.

La angustia del angelito crecía a cada instante, y tantas fueron sus idas y venidas que llamó la atención de un custodio más grande y bastante gordo que merodeaba por la zona vigilando a los angelitos más pequeños. ¿ Que te ocurre Onofre? –le preguntó- y al ver que éste dudaba antes de responderle insistió ¿ Se te ha perdido tu objetivo? Al verse descubierto Onofre comenzó a temblar, y entonces “el gordo” le dijo sonriendo ¿te fijaste en la capilla? No….no se le había ocurrido….que tonto!!

Raudamente se dirigió a la pequeña capillita cercana a su casa y ahí, efectivamente, estaba Andresito, comiéndose un buen alfajor de dulce de leche que la entregara el Padre Daniel, como premio, luego de haberlo ayudado con la celebración de la misa diaria. ¡ Que tranquilidad sintió entonces Onofre, el angelito, quien muy avergonzado pensó que quizás ese debería haber sido el primer sitio en donde ir a buscarlo. Es que para  Andrés, su primera acción de la mañana consistía en acercarse a la pequeña capillita adonde, en solitario, lo ayudaba al curita joven durante la misa que celebraban sólo para ellos dos, que al terminar le deparaba diariamente esa ración dulce que tanto le agradaba.

Es cierto que durante la misa Andrés, como todo niño, se distraía pensando en otras cosas, ya que se veía asimismo haciendo las mejores destrezas en la cancha en donde practicaba su deporte favorito; o se imaginaba siendo premiado por un aplauso de toda la clase luego de haber repetido, sin errores, el poema ese de la rosa y el ruiseñor que tanto le gustaba; o se veía corriendo alegremente por el andén de la estaciones de tren buscando el vagón en donde reconocer la alegre sonrisa de su abuela cuando venía a visitarlos.

 Es que tenía muchísima imaginación, seguramente proveniente de la seguidilla de cuentos que su mamá le contara todas las noches, sobre todo cuando era más chiquito, y que lo calmaban previo a verse envuelto por el sueño, en el que sin solución de continuidad, era él mismo quien se transformaba en el protagonista de los cuentos que venía escuchando, y se dormía con una sonrisa.

Le gustaba mucho dejar volar su imaginación y una noche se dormía en un trineo, cubierto de mantas y tirado por perros, que bajaba por la ladera de una montaña nevada y con un fuerte viento frío que le pegaba en la cara; otra noche se alejaba de la tierra volando en un globo aerostático y desde allá arriba observaba como las casas se volvían más pequeñas, como podía divertirse con las ovejas que, corrían asustadas por la singular visita; como se divertía al ver las caras de sorpresa de sus amigos y amiguitas de la escuela al verlo pasear allá arriba, por los aires, mientras le gritaban que querían acompañarlo y que bajara a buscarlo, lo que hacía, y así luego todos juntos se iban a recorrer, subiendo y bajando al compás del viento, el serpenteante recorrido del río cercano.

En todo eso estaba pensando durante la misa que acababa de terminar, mientras disfrutaba del diario alfajor, cuando, repentinamente, le pareció que esa pequeña figura que estaba parada delante suyo, de apenas uno pocos centímetros de altura más que él, le sonreía, como queriendo entablar una conversación que, tan acostumbrado como estaba a los sueños, Andrés abordó con toda inocencia: “¿ como estas? ¿ pareces un angelito? “– “Soy un angelito” , le respondió Onofre muy divertido “te me habías escapado” – “¿ Como? Yo no soy tu prisionero?” –le respondió el niño. “Por supuesto que no lo eres, más bien quien está a tu servicio soy yo….y te me habías perdido”

“¿ Como es que estas a mi servicio? ¿ Te puedo pedir cualquier cosa?” – “Siempre que sea para tu bien, sí. Soy tu angel de la guarda” – “Bueno, vamos a ver que te parece este pedido. ¿Vos no quisieras hacerte un niño como yo? Podríamos jugar y divertirnos juntos todo el día” “ Eso estaría bien, pero entonces perdería mis poderes y no te serviría mi protección. Pero hagamos un pacto, cuando vos estés sólo y no tengas con quien divertirte, llamame, que siempre voy a estar cerca, y me voy a hacer visible, pero cuando estés ocupado, haciendo deportes o la tarea escolar, dejame volver a mis lugares, porque si no me ven, allá me van a retar”.

Así lo hicieron, durante mucho tiempo en que Onofre alternaba sus visitas reales con momento de silencio en los que desaparecía, para volver al encuentro de Andrés tantas veces como éste lo reclamaba, y allá se iban los dos, muy divertidos, a entretenerse con mil cosas distintas. Pero a medida que los años pasaban, los gustos del niño se fueron modificando, y al crecer eran más las veces en que Onofre lo veía perdido detrás de la sonrisa compradora de July, como le decían todos a Julieta, su alegre compañera del secundario, que aquellas en que lo convocaba, ahora solamente para hacerle confidencias melancólicas vinculadas a su perdido enamoramiento, y de esto, la verdad es que el pobre Onofre no sabía nada.

Cuando Andrés advirtió que su amigo no tenía recetas que mágicamente le solucionaran sus problemas románticos –porque a July se la habían llevado a vivir muy lejos- una tarde que se encontraba medio abatido se le ocurrió una idea, porqué su amigo no probaba a enamorarse en la tierra y luego, al tener que retornar a su mundo, le podría enseñar a olvidar. A Onofre la propuesta no le disgustó porque –a decir verdad- estaba encantado cada vez que debía asumir su rol humano, y durante un buen tiempo los dos amigos anduvieron en la búsqueda de alguien que pudiera enamorarse del buenaso de Onofre, pero no les resultó muy sencillo.

Una mañana, una larga mañana de domingo en que ya estaban por desistir de la idea, al regresar de la misa en la capillita de la infancia, Onofre advirtió que una lindísima muchacha –que venía del mismo sitio- se detenía en la plaza a la espera de que ellos pasasen y al acercarse, directamente los abordó. Era Lucre –por Lucrecia- “una angelita” que por supuesto no se dio a conocer como tal, que les propuso caminar con ellos, mientras el corazón de Onofre comenzaba a palpitar con mayor intensidad.

Los tres se hicieron muy amigos y andaban por todos lados juntos, mientras Andres advertía en los ojos de su amigo, pero también en los de su amiga, un brillito muy especial cuando estaban juntos, creando en torno de ellos un clima muy especial. Había ocurrido lo previsible, Onofre y Lucre se habían enamorado, diríase que locamente; ninguno de ellos podía estar mucho tiempo lejos del otro; caminaban tomados de la mano y Andrés, poco a poco se dio cuenta que sus amigos preferían andar solos que compartir sus pocos momento de libertad con él, de modo que se alejó.

Hasta que un día, Lucrecia también desapareció, tal y como le ocurriera a Andres con July, y  entonces el que se derrumbó fue Onofre a quien no había manera de calmarlo ya que tenía un abatimiento del que nada pareciera que lograría hacerlo salir. Es que nadie sabía del paradero de Lucre, a quien repentinamente se la había tragado la tierra, o mejor dicho, el cielo, ya que había sido urgentemente convocada para dar una explicación sobre lo que estaba ocurriendo, porque los planes previstos para su misión se habían alterado.

Es que a Lucre –una angelita feliz que siempre había vivido cuidando a “sus niñas”- se le había asignado nada menos que la tarea de rescatarlo a Onofre de sus inclinaciones demasiado humanas y, contrariamente a lo previsto, Lucre se había enamorado precisamente de esa faceta tan humana que aquel había adquirido, y esto no había estado en los planes de nadie. “Es que es algo irracional –les explicaba Lucre al tribunal celestial que la juzgaba-  y ustedes nunca lo comprenderían porque se trata como de un imán que atrae a dos corazones hasta hacerlos uno solo, y entonces te sentís perdido e incompleto cuando se pierde o te lo quitan”.

“¿ Cual es la razón –los interrogó- de querer tener a nuestros corazones sufrientes, sin posibilidad alguna de cumplir con nuestras tareas cotidianas? ¿ A quien les serviríamos? Es cierto que ustedes pierden a dos custodios, si nosotros nos vamos, pero ¿no nos pierden igual si estamos como estamos?” Es verdad lo que dices –le respondieron- pero ¿Qué haríamos entonces con Andrés? ¿Con quien lo cuidaríamos si a Onofre le permitimos quedarse contigo?” – “Es muy sencillo –le respondió pícara Lucre- si yo pudiera aconsejarlos les diría que lo ideal es enviarle una custodio mujer” – “¿ ¡ Mujer !! ? No sería posible” – “Porque?” – “Y….porque no lo comprendería” –

“No es así; yo les diría que el corazón aun destrozado de Andrés solo puede ser cuidado por una custodio, con sensibilidad y cariño propios de las mujeres, que conocen como nadie de las debilidades de los hombres, y que a cambio de ser respetadas, son capaces de transformar el corazón más dolido en un sitio de cobijo y abrigo”. Se reunieron los miembros del Tribunal a deliberar, sorprendidos de la fortaleza de la angelito, pero sabiendo que se merecía una nueva oportunidad, y así fue la decisión: podía elegir volver a ser humana y escoger a la custodio para Andrés, elección que rápidamente recayó en Teresa, su mejor amiguita-angelito, a quien con una sonrisa cómplice le pidió que la siguiera para que pudiera presentarle a su custodiado.

Y así efectivamente ocurrió, ya que rápidamente Teresa y Andrés se entendieron perfectamente, y la sonrisa y la alegría de éste se recuperó aún más rápido que la del propio Onofre, que no en tendía nada, pero que no podía creer de tener a nuevamente a Lucre consigo, quizás para siempre. En cambio los jefes celestiales, preocupados con lo ocurrido y temiendo que esas situaciones pudieran repetirse, resolvieron que en adelante sólo a los custodios grandes y viejos se les podía encomendar la tarea de cuidar de niños y jóvenes, mientras a los angelitos novatos se los destinaría al cuidado de las personas mayores.

Y así fue como desde entonces, los ángeles dejaron de poder humanizarse, pero a su vez se generaron muchas confusiones ya que las personas jóvenes padecieron durante un buen tiempo el no poder encontrar su propio rumbo, deambulando largamente al encuentro de su destino, tanto ocupacional como afectivo, mientras que los viejos se volvían cada vez más ocurrentes y joviales, transformando lo que no había sido más que una pacífica espera del conocido y fatal final, en una vital experiencia de vida, en la que el derroche de felicidad les salía a borbotones de sus almas como renacidas a la vida.

Lo único que faltó en esta historia es haberle avisado a aquel ángel gordo, el viejo custodio responsable de las tareas de Onofre, que este no volvería, y como a los angelitos humanizados los ángeles no los pueden ver, se pasó los días, los meses y los años procurando dar con “su pobre angelito” desconociendo por completo que éste había escogido para sí un camino menos volátil, pero mucho más agradable: compartir su vida con una mujer !


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lunes, 28 de septiembre de 2015

Azabache


                                                         Para   Salvador Giaccio Rivarola (Salvi),  mi nieto gran amigo de los caballos.-


     Al potrillito guacho nacido en el haras lo habían apodado "Azabache" por el color negro completo de su pelaje. Su madre, una buena yegua que no pudo superar la parición porque el potrillo venía "de lado", fue enterrada allí mismo, en el llamado "cementerio de los animales", que compartían por igual en un extremo del campo los caballos y los perros que en su momento, hicieron de ese lugar su propio sitio; en cuanto al padre, jamas supo que lo fuera ya que el pequeño potrillo era hijo de una de las tantas inseminaciones artificiales que salieran del vigor de ese viejo campeón de tantas batallas hípicas, hoy convertido en sembrador de buenos hijos y nietos.

     Por eso es que Azabache creció junto a "don Paco", ese viejo caballo ya jubilado incluso como caballo, que se dedicaba a pasar sus días pastando y disfrutando de los buenos recuerdos que le divertía mucho compartir con Azabache, que le seguía a todas partes. 

     Y digo que se entretenía porque ambos se pasaban las horas a pleno sol en el campo, sin que nadie  les impusiera tarea alguna, como inevitablemente ocurría con los demás integrantes de esa vasta tropilla que compartía sus días en el haras.Y por ahí andaban estos dos, separados del resto que partían al comenzar la jornada y que recién regresaban cansados al atardecer, a refrescarse en el arroyo cercano y poder disfrutar de un poco de paz.

     Don Paco y Azabache, en vez, no tenían otra cosa que hacer más que pasearse por el campo, comer y divertirse entre ellos, porque don Paco quería borrarle esa tristeza que le había parecido advertir en los ojos firmes del potrillo como una especie de nostalgia tan propias de quien debe crecer alejado de los cuidados de su madre, tal y como le había sucedido a él mismo muchos años antes, sin que ninguno de los mayores de la tropilla se dignara dirigirle tan siquiera un cariñoso relincho.

     La vida de don Paco había seguido un rumbo muy sufrido, mal domado adrede, para que alguno pudiera lucir sus destrezas en fiestas gauchescas o jineteadas en las que los aplausos se los llevaba el domador de turno; cuando se cansó de hacer piruetas fue vendido al propietario de un campo sin muchas aspiraciones y poco dinero que lo utilizaba para "todo servicio", desde reemplazar a los tractores durante el tiempo de preparación de la tierra, hasta el de las cosechas, ya que hombre decía que mientras "ese animal" pudiera hacer la faena él se reía de la tecnología.

     Mas tarde fue a parar como caballo de tiro de un carro de reparto, y así recorría todo el pueblo, de la mañana a la noche, llevando mercaderías de boliche en boliche y de casa en casa; finalmente, cuando llegó al haras en el que ahora estaba, lo utilizaron para azuzar a las yeguitas nuevas a alzarse, recibiendo de ellas cantidad de patatas y mordiscos, para que cuando ya las tenía listas lo sacaran a la fuerza y le permitieran al galán de turno terminar sin riesgos la tarea.

       Pero don Paco no le podía transmitir a Azabache esa, su verdadera experiencia de vida, para no abatirlo aun más respecto de lo que el mundo le deparaba y entonces fue que le comenzó a contar historias que tomaban vida solo en su imaginación, y así transformó aquellos días de siembras y arados en increíbles días de circo, donde se dedicaba a ser el transportador de una grácil y bella amazona de blanco, que hacia las delicias de un nutrido mundo infantil que la aplaudía , y  que inclusive a el mismo le llegaba el agradecimiento de muchos que al final de cada presentación se detenían para regalarle algunas cariñosas caricias.

     También había disfrazado las jornadas entre jineteadas y domadores por tranquilos paseos a lo largo de la playa, permitiendo que jóvenes enamorados pudieran pasearse juntos por la orilla del mar, uno detrás del otro, en un constante y renovado intercambio de cariños que todas las noches del verano se renovaban. Y el carro de reparto se transformó en una calesita de pueblo que tarde tras tarde le permitía  a los niños jugar junto al movimiento circular y ascendente de esos otros caballitos, de madera, que infatigablemente daban vueltas y más vueltas mientras los chicos no se cansaban nunca de exteriorizar su alegría.

     Finalmente, el trato descortés y arisco de las yeguitas se convertía en incansables carreras por el campo, al seguro de unas siestas prolongadas, en las que podía dar rienda suelta a sus fuerzas naturales para transmitir su propio placer y su vida a esas pispiretas que entre ellas se disputaban el ser las primeras en complacerlo. Y así siguió don Paco, día tras día, alimentando la fascinación de Azabache por la vida y contagiándole un entusiasmo que no hacía más que despertar en el potrillo un irrefrenable deseo de crecer para salir a disfrutar plenamente de la vida del caballo. 

     Una tarde en que volvían al corral después de una larga jornada de vagancia y de nuevos relatos, don Paco tropezó con una viscachera que la charla que mantenían no le permitió advertir que estaba en su camino, y al caer se le rompió la mano derecha, lo que le impidió seguir adelante. Azabache no sabía que hacer y se quedó a su lado, procurando consolar a su amigo que se debatía en el suelo, sin poder ponerse en pié.

     Al caer la noche vinieron por ellos; se los escuchaba acercarse en medio de murmullos y luces que se aproximaban, y en tanto Azabache salía a su encuentro, para orientarlos, don Paco intuyó que su fin se aproximaba con ellos, y as fue. Azabache supo de inmediato que ese disparo lejano que se había escuchado fue el que le puso fin a la vida de su viejo amigo, a quien no se le podía curar la fractura que había astillado sus huesos. 

     Cuando a la noche siguiente, después del entierro de don Paco en el cementerio de los animales, la tropilla se juntó a comentar lo sucedido y a la cual Azabache fue incorporado como uno más, escuchó desolado de boca de sus nuevos compañeros, sobre las soledades, angustias y tristezas de la vida de don Paco, que este le había ocultado para hacerlo feliz, y en lugar de llorar, sonrió, porque comprendió el sentido del mensaje que le había querido transmitir su viejo consejero y amigo: no importa tanto lo difícil que sean las circunstancias de tu vida, sino la actitud positiva con la que puedas encararte con ellas. Sólo así podrás superarlas, sean cuales fueren.
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sábado, 12 de septiembre de 2015

Lavalle 863.-


                                                     
                                              A mi nieto Juan Cruz Rivarola, a quien nunca vamos a olvidar.-



     El portón que cerraba la calle cortada donde jugábamos al fútbol todas las tardes tenía un número que lo identificaba frente a las demás entradas, el 863. Era alto, de madera y de color madera, y nunca pudimos ver que había detrás. Seguramente se abriría temprano en la mañana y tarde al anochecer, pero hasta esa tarde nunca lo vimos abierto.

     Sabíamos de sobra que allí vivía una familia porque cuando la pelota volaba por encima del portón, en forma invariable alguien nos la devolvía, mientras escuchábamos el inconfundible sonido de la risa de un niño, que a nuestro tradicional "graciaaaasss" nunca respondía.

     Al principio sentíamos curiosidad e inclusive, llegamos a invitar al niño -ya que siempre nos imaginamos que era un varón- a que se nos uniera en el juego, pero no tuvimos respuesta, lo cual terminó por despertar en nosotros toda clase de fantasías e imaginaciones.

     ¿ Quien sería el de las risitas? ¿ porqué no respondía? ¿Era un pequeño sordomudo? ¿un chico muy tímido? ¿no sabría jugar? No sé cuantas cosas más nos planteamos luego de cada partido y mientras regresábamos a nuestros respectivos hogares, ubicados a diferentes alturas de esa calle Lavalle, la cortada, que terminaba bruscamente en un portón alto, de madera.

     Un sábado por la tarde, cuando ya estaba comenzando a anochecer y nuestro eterno partido entraba en su fase final por la falta de luz, escuchamos ruidos que, sin duda, se originaban en ese portón que se estaba abriendo y nos quedamos como paralizados por la curiosidad.

     Un auto grande, negro y alargado, comenzaba a desplazarse desde adentro hacia afuera, marcha atrás, lo que hizo que nos corriéramos para uno de los costados del portón, un poco para dejarle paso y otro poco para poder mirar quien viajaba dentro. Nos quedamos sorprendidos y casi, casi sin poder hablar.

     Cómodamente instalada en la parte posterior del auto una -para nosotros- autentica y bella princesa nos sonreía, como avergonzada de tener que presentarse  tan repentinamente, de exhibirse -finalmente- después de tanto tiempo de intercambio permanente de gestos y sonrisas cómplices.

     Pero claro, lo que más nos llamó la atención fue que la joven mujer-niña, que con una de sus manos nos saludaba, no contaba con ninguna de sus extremidades inferiores, directamente su espléndido cuerpo terminaba en el tronco y no había nada más hacia abajo, circunstancia que recién advertimos una vez que el auto hubo partido, raudo, hacia algún destino desconocido.

     Es que uno de nosotros había alcanzado a ver, junto a ese cuerpo espléndido, una silla de ruedas plegada, en tanto que todos los demás habíamos advertido la ausencia de piernas en quien parecía haberse sentado sobre ellas, lo que no resultaba posible porque estaba de costado sobre el asiento. El portón de madera se había cerrado nuevamente y, claro está, nos volvimos a nuestras casas conversando todos al mismo tiempo y sacando conjeturas sobre la tremenda sorpresa que el hecho nos causara.

     Algunos días después, cuando reanudamos el juego, como casi siempre ocurría la pelota voló una vez más por encima del portón, pero esa vez nadie nos la devolvió. Tocamos timbre y el silencio fue la única respuesta, de modo que resolvimos no volver a jugar a la cortada porque imaginamos que ya nadie vendría del otro lado a devolvernos entre risas, lo principal de nuestro juego.

     Nunca supimos nada más de esa preciosa princesa de sonrisa triste ni del cual pudo haber sido su suerte, porque poco después la casa se puso en venta y allí comenzó a funcionar un geriátrico al que frecuentemente llegaban muchas visitas, sobre todo durante los fines de semana, lo que hacía desaconsejable el utilizar la calle como campo de juegos.

     Nosotros también nos fuimos desperdigando por puntos muy distantes entre sí, hasta que hace poco, después de transcurridos muchos años, regresé al lugar de mi niñez y tuve curiosidad por volver a esa antigua callejuela de nuestros juegos. Una vez más el portón me impidió seguir adelante, y aunque la casa permanecía tal cual la recordaba, quizás de dimensiones más pequeñas, se la veía solitaria y abandonada detrás del cerco por el que me asomé para espiar hacia adentro.

     Pero aún se me reservaba un sorpresa; mezclada con las ramas del cerco y aprisionada por sus espinas, totalmente corroída por el paso del tiempo, allí estaban los jirones de la que había sido nuestra vieja pelota de goma, aquella que nunca más volvió a nuestras manos, y que con mucho cuidado logré liberar de la cárcel que desde aquella tarde la tenía prisionera. 
      
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miércoles, 19 de agosto de 2015

Los dones perdidos de Blancanieves.-


                                                      Para mi querida Angie Rivarola ......por si fuese verdad.-



     Ayer, domingo, después del encuentro familiar del mediodía y cuando la casa retornó a su tranquilidad habitual, me fui a dormitar al sillón del escritorio, con la vista fija en la pequeña figura de un trol finlandés, que se vino con nosotros en nuestro último viaje, y que parecía que desde el sitial que desde entonces ocupa, con su mirada, quisiera transmitirme algo. Cuando finalmente logré dormirme, advertí que este pequeño personaje tomaba delante mío una dimensión importante, y que comenzaba a hablarme.

     Comenzó diciendo que hacía muchos años se había aparecido por sus lejanas y frías tierras del norte de Finlandia, nada menos que Walt Disney, en busca de algunas historias o leyendas con las cuales inspirarse para realizar una película, y que entonces conoció del trágico relato de lo ocurrido con una princesa, llamada Blancanieves, pero como le pareció que era preciso darle a la historia un final -que no tenía- le encontró uno que pudiera adecuarse a los criterios occidentales. Por eso es -me dijo, Oliver, mi trol- que la historia que aquí les han contado de Blancanieves no es como la conocen.

     Y siguió. Es cierto que era una niña muy pero muy bonita, de tez blanca y labios rojos sangre, que vivía en un lejano pueblo lapones junto a su padre, el rey, viudo desde el nacimiento de la niña, y que al cumplir ésta los 15 años se volvió a casar con una mujer tremendamente celosa y extremadamente envidiosa de la belleza de Blancanieves, a quien maltrataba cotidianamente, además, debido al inmenso cariño que le dispensaba su padre.

     La madrastra -que en realidad era una bruja- lo que pretendía era hacer desaparecer a la niña, ya que conocía que no podía terminar con su vida ya que al morir, su madre la había dotado de inmunidad, para que nadie pudiese terminar con su vida al menos hasta que, a su vez, ella no hubiese dado a luz a una hija a quien transmitirle ese mágico don. Para ello contrató a un sirviente del palacio quien, mediante engaños, debía llevarse a la niña hacia un país muy lejano, sin embargo éste no quiso cumplir con el recado y simplemente la trasladó hasta lo más profundo de un bosque cercano, en donde la dejó librada a su suerte junto a una modesta cabaña de madera que por allí encontraron, y que pensó que estaba abandonada.

     La madrastra, que silenciosamente les había seguido para verificar que se cumplieran sus instrucciones, al ver que Blancanieves estaba desprotegida, se acercó a ella despaciosamente y, utilizando sus poderes maléficos, le hizo un conjuro de resultas del cual la despojó de todos sus dones: la belleza, la alegría, la laboriosidad, la belleza de su canto, la simpatía, la sabiduría y la elegancia, los que arrojó al aire para que el viento los dispersara y los desparramase por cualquier parte. 

     Desprovista de todo su ser, Blacanieves cayó al suelo desmayada y allí permanecía cuando llegamos nosotros siete -siguió el relato de Oliver- que al concluir con nuestras tareas habituales, regresábamos a descansar a nuestro hogar, y allí la vimos: se trataba de una muchacha normal, más bien feucha y mal vestida, que nos sorprendió que estuviese allí dormida en la entrada de nuestra cabaña. La llevamos dentro y la pusimos sobre la alfombra ya que su tamaño superaba en gran medida el de nuestras camas, aun todas juntas.

     Al día siguiente cuando la muchacha despertó se mostró sorprendida de su presencia en ese lugar, pero no logramos que nos dijera nada, de modo que le hicimos saber que si quería quedarse allí, tendría que hacer los quehaceres de la casa, limpiar nuestra ropas sucias y cocinar para cuando regresáramos. Sin embargo, al anochecer, encontramos todo en la casa tal cual lo habíamos dejado, y entonces nos enojamos mucho con ella, a quien la conminamos a modificar su actitud o irse en la mañana.

     Cuando despertamos ya no estaba, de modo que bastante sorprendidos con lo ocurrido nos fuimos a trabajar, y así habrán pasado unas cuantas semanas. Una tarde, al regresar, junto a la puerta de la cabaña se encontraban un muy fino y joven caballero, y arriba de su elegante cabalgadura, nuestra muchacha, muy flaca, sucia y con sus ropas ajadas, que permanecía como adormecida. El joven nos pidió de entrar, y una vez que acomodó a la chica sobre la alfombra, nos contó que se trataba de Blancanieves, la pequeña hija del rey, que la había encontrado perdida en el medio del bosque comiendo una semillas caídas de los árboles, y a quien estaba buscando por pedido del rey quien preocupado de su ausencia, había prometido una gran fortuna a quien lograra dar con ella.

     Además, nos contó que cuando se enteró de esa proclama, la nueva esposa del rey se había reído de la iniciativa y le había relatado a su esposo que no le convenía salir en su búsqueda porque de la Blancanieves que él conociera no quedaba nada más que su exterior, al haber sido desprovista de todos sus encantos. El rey enfureció y luego de encarcelar a la bruja en los sótanos del Palacio, había triplicado la recompensa para aquel que, además de dar con su hija, lograran rescatar todos sus dones, encontrándolos en cualquier lugar del mundo en el que se encontraren.

    Siguió diciéndome Oliver que luego de concluir con su relato, el joven - que era un príncipe- los invitó  a que se asociaran a su empresa, encomendándoles a cada uno a encontrar  alguno de aquellos siete dones, y en eso estamos después de haber pasado unos 600 años. A mí -terminó Oliver sonriendo- me ha costado muchísimo dar con el don del canto, ya que han sido muchísimas las mujeres que a lo largo de los años me han cautivado con su voz; sin embargo, sé que aun no he dado con el que tenía Blancanieves.

     Finalmente me dijo que la niña aun aguarda en una de las torres del palacio, con paciencia e ilusión, la reunión de todos esos dones, y que algunos ya se han ido recuperando, como ser la belleza, la simpatía, la sabiduría y la elegancia, pero aún seguían tres de ellos, activos en busca de la alegría, la laboriosidad y la musicalidad, que es detrás del cual estoy, concluyó. Y yo que tengo que ver con todo esto? le dije. Acaso quieres que modifique aquella vieja historia que a todos nos han contado? Es por eso que estas aquí? Es por eso que cuando nos vimos no podía dejar de mirarte, al punto que tuve la imperiosa necesidad de traerte aquí, a un sitio tan lejano?

    Algo de eso hay -me respondió Oliver- pero no quiero que modifiques la historia conocida sino que me ayudes a concluir con la real, porque yo soy muy pequeño y en un mundo tan grande, solo, no podría hacer nada, y agregó ¿ no querrías darme una mano? Sí, le respondí, pero no sabría como hacerlo; todo parece un cuento fantástico, y fue entonces cuando, mirándome con mucha ternura, pero con unos ojitos bien pícaros, me dijo que sabía que cerca mío había una joven que, a su criterio, era el último eslabón de una larguísima cadena de transmisiones que la hacían la actual portadora de ese don, y ella es tu nieta, mi amigo -me dijo ante mi perplejididad y asombro-, ya que tiene la voz que a decir verdad, Blancanieves está aguardando que le sea reintegrada, para así seguir completando su propia personalidad.

     Pero si te consigo dar con ella -le respondí-  perdería ese don tan maravilloso que tiene y que a todos nos cautiva. No, me dijo, de ninguna manera, por el contrario; estamos autorizados a dotar a todas aquellas mujeres que nos entreguen voluntariamente el don que recibieron gratuitamente, de los siete, para que todas sean  iguales a ella.

     Repentinamente me desperté y observé que Oliver, desde su sitial, me seguía mirando, pero además advertí que ahora su carita tan rara, me parecía sonreir, desdibujando esa enorme nariz que le caracterizaba. Entonces me levanté del sillón y vine a escribir este relato.....para vos ! 
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lunes, 27 de julio de 2015

Relato con muy poco de ficción.-

 Para todos mis nietos, con la esperanza de que nunca tengan que padecer de este flagelo del siglo XXI


     Recién una vez que vi que se cerraba la puerta delantera del avión, me pude relajar. Viajaba a París en un vuelo comercial que había partido desde el casi destruido aeropuerto de Trípoli, en Libia, del que sólo se mantenía decorosamente en pie su pìsta, esa larga pista que recorrió el avión tomando cada vez más velocidad para, repentinamente quedar como detenido en el aire, y sin embargo era el mar, ese mar tan azul que se veía allá abajo el que demostraba que no estábamos detenidos sino ascendiendo cada vez a mayor altura.

     Me aflojé el cinturón de seguridad y con paso tambaleante me dirigí hasta el sector que ocupaba la tripulación en busca de un vaso de agua para saciar la sed que me acompañaba desde hacía muchas horas. Es que había estado secuestrada durante algunas semanas por el Estado Islámico, ese grupo de fanáticos religiosos que no se detuvo ni siquiera al contemplar mi uniforme de enfermera de la organización de Médicos sin Fronteras, y me llevaron junto a otro pequeño grupo de mujeres -casi niñas- que aguardaban por atención médica en el pequeño hospital de Al Fashir en el oeste de Sudan.

     Nunca más supe de ellas, de quienes me separaron ni bien llegamos a un lugar bien lúgubre, húmedo, oscuro y totalmente destruido, que unas cuantas piedras mantenían en pie a la vera de una ruta desértica que se perdía en el infinito, y por donde siguió el camión con las niñas una vez que me hicieron descender a la fuerza para ingresar, también a la fuerza en esa especie de cárcel fría que ocupé junto a un corpulento muchacho con su rostro cubierto por un pasamontañas de lana, mientras que un fusil impecable de limpio y lleno de balas descansaba en sus manos.

     La rapidez con que se realizó el ataque al hospital de campaña no me permitió tomar nada como para protegerme de las inclemencias de la noche que poco a poco avanzaba sobre nosotros cubriéndonos no solo con sus sombras sino también de un frío cada vez más intenso que trepaba desde mis piernas desnudas hacia arriba, cubierta tan solo de mi delantal blanco que en esa situación resultaba algo totalmente inapropiado.

     Quien me custodiaba lo advirtió y juntando varias maderas logró -con algún esfuerzo- encender un fuego junto al cual me cobijé, pero sin dejar de temblar. Con las escasas palabras que dominaba en árabe le pregunté al muchacho si pasaríamos la noche allí, y tras su respuesta afirmativa le interrogué sobre la posibilidad de tomar algo caliente, incógnita que el silencio del personaje no me permitió develar.

     Así pasamos varias horas, en el más absoluto silencio, mientras mis pensamientos volaban hacia atras, recordando a los dos médicos junto a los cuales me encontraba trabajando cuando llegaron, a los gritos y disparando con sus armas al aire, ese grupo de fascinerosos que golpearon a los médicos, raptaron a las mujeres, hicieron huir al resto de los hombres y luego se encontraron sorpresivamente conmigo, respecto de quien, era evidente, no tenían plan alguno, razón por la cual me subieron al camión con las mujeres-niñas para emprender una rápida fuga mientras escuchaba a mis espaldas los tiros con los cuales terminaron con la vida de esos dos nobles médicos, tan jóvenes como sus asesinos, de quienes se diferenciaban tan solo por el color de su piel y sus creencias, ya que los invasores todo lo efectuaban en el nombre de Alá.

     Una pequeña luz se apareció a lo lejos, en el desierto, que se fue haciendo cada vez más visible, hasta que finalmente se comenzó a escuchar el sonido inconfundible de un motor que avanzaba hacia nosotros, y en tanto el muchacho buscaba parapetarse detrás de una piedras más grandes, yo me acerqué aun más hacia el calor del fuego que, paulatinamente, había ido mermando.

     Cuando finalmente el motor se detuvo, vi que se trataba del mismo camión que nos había dejado allí unas horas antes, u otro muy parecido, y de él descendieron dos guerrilleros también encapuchados que portaban unas bolsas con verduras y carnes asadas que depositaron junto a mí, al tiempo que al advertir que en el suelo se encontraban un par de botellas con agua , sentí la imperiosa necesidad de comenzar a beber de inmediato ante la mirada indiferente de los dos nuevos personajes que, según todo lo indicaba, se aprestaban a pasar la noche allí porque traían unas cuantas mantas consigo, más una especie de mameluco color naranja que me arrojaron indicándome que me lo debía poner arriba del uniforme blanco que aun me identificaba como enfermera.
   
     Pasamos la noche en el camión, los cuatro juntos, cubiertos con las mantas, mientras alguno de ellos, alternativamente, se turnaban en la tenencia del fusil haciendo una especie de guardia, no obstante que no se advertía movimiento alguno en muchos kilómetros a la redonda. Me costó muchas horas poder conciliar el sueño, aun cuando advertía que cada tanto mis ojos se cerraban, pero la visión del horrendo final que tuvieron los dos médicos no desaparecía de mis pensamientos.
   
     Con las primeras luces del sol escuchamos el sonido de una voz por la radio que, imperativamente, parecía transmitirles órdenes que de inmediato los tres se aprestaron a cumplir porque se pusieron en movimiento. Cuando advertí que la idea era la de ponernos en marcha pedí que me permitieran alejarme unos pasos para orinar, lo que me autorizó quien parecía ser el jefe, mientras les hacía a los demás algún comentario que festejaron con risas, pero nadie me molestó.
 
      Una vez en el camón emprendimos la marcha; yo con mi primer custodio atrás y los otros dos en la cabina. Avanzamos por el desierto durante -al menos- dos horas sin que el muchacho me dirigiera la palabra, pero advertía que los otros dos conversaban muy animadamente. Finalmente llegamos a lo que -sin dudas- era un campamento de prisioneros ya que varios hombres con el mismo mameluco color naranja que yo llevaba, circulaban por el lugar sin más custodia que un viejo alambrado mas bien destartalado y un par de centinelas armados que, distraídamente, habían estado observando la llegada del camión.
 
     No se veía a mujeres en el lugar y, seguramente, mi presencia incomodaba los planes que se llevaban adelante en el campamento. Así me pareció advertirlo en el rostro serio y preocupado de quien parecería ser el jefe del lugar, que me recibió en un despacho limpio y arreglado, aunque despojado de todo mobiliario a excepción de un escritorio, dos sillas y un sillón de dos cuerpos cubierto de libros y carpetas repletas de papeles, lo cual impedía su utilización original.
 
     Abu Sayyas -que así luego supe que se llamaba- en un impecable inglés, más propio de Oxford que de esos alejados parajes africanos, y desde luego muy superior al mío, aprendido en un buen colegio inglés de la zona norte de Buenos Aires, me explicó que ese era uno de los tantos campamentos que el Estado Islámico (el temido E.I.) tenía en la zona con un doble propósito: adiestrar a jóvenes yihadistas que desde Europa llegaban por cientos a incorporarse a sus filas, y al mismo tiempo para prisión, juzgamiento y ajusticiamiento de los infieles que caían en sus manos.
 
    " Por lo que advierto -le respondí- aquí no hay mujeres. ¿ En cual de esos dos grupos me piensa incorporar?" - "En ninguno -me dijo el árabe- las mujeres cumplen otro rol en nuestra yidah: darnos satisfacción sexual plena e hijos que puedan continuar con nuestra lucha hasta el triunfo final. No nos interesa lo que piensan -agregó- porque siempre hacen cuanto les ordenamos".
 
  " Sigo sin entender -dije entonces- ya que no pretenderá que ejerza de prostituta para todos estos hombres", y Abu sonrió por primera vez, para luego decirme mirándome fijamente a los ojos "en este Ejercito, como en el de Uds., los jefes tenemos algunos privilegios que no compartimos con la tropa, de modo que bien podría convertirte en mi esposa, pero esos no son los planes que me han indicado para hacer contigo".

     " Conocemos tu nombre, Isabel Sastre y por el pasaporte sabemos que no perteneces a un país que esté contra nosotros en esta guerra santa que llevamos contra los herejes, de modo que simplemente te vamos a ilustrar sobre las razones que nos han llevado a tomar las armas en el nombre de Alá, para que luego las difundas en occidente, adonde perteneces; y mientras en mi interior sentía que una vaga sensación de tranquilidad me invadía por primera vez desde que fui tomada, prosiguió "esta situación temporaria que estas viviendo aquí, en el campamento, en occidente sería considerado como un secuestro, de modo que a medida que pasen los días habrá muchos interesados en dar con tu paradero, de tal manera cuando resolvamos canjearte por prisioneros nuestros, la expectativa por oirte y escucharte será muy grande y eso para nosotros será un gran servicio"
 
  Permanecí en silencio; al temor inicial de poder ser considerada como un objeto sexual o esposa de ese hijo de puta inglés traidor, siguió la sorpresa de saber que entonces no sería maltratada ni castigada, sino sencillamente adoctrinada para luego ser intercambiada y poder regresar. No estaba todo tan mal al fin y al cabo, de modo que me atreví a preguntar adonde viviría y si existía la posibilidad de ser provista de ropas. Abu me respondió de inmediato con un gesto amistoso, que sería su invitada, que viviría con ellos allí mismo y que podía utilizar las ropas de cualquiera de sus esposas. " ¿ Y donde queda tu casa? alcancé a decirle.

     Una ráfaga de ametralladora interrumpió súbitamente la charla, y mientras daba un salto en mi silla el inglés de dirigió hacia la ventana para regresar poco después a la mesa y decirme que acababan de matar a dos periodistas, uno británico y el otro francés, pero que no habían sido decapitados. "Eso es una puesta en escena simplemente, ya que no somos tan sádicos como la Iglesia Católica lo fue con nosotros cuando nos quemaba vivos, directamente" Y añadió casi sonriendo "la lucha sigue ´mon amour´ -en perfecto francés- pero los métodos se han humanizado. Ahí tienes la primera lección para memorizar"

     Pensé en responder que en aquellos tiempos no existían otras armas, menos cruentas, pero resolví que no servía de nada perder tiempo en una discusión que estaba perdida antes de comenzar. Abu tomó el radio-transmisor y comenzó a hablar por él de una manera ininteligible, pero que me permitía darme cuenta que estaba dando algunas ordenes.Muy poco después se apareció un gigante vestido totalmente con ropas militares portando una metralleta, quien se detuvo en la puerta; Abu entonces me dijo que Rami me llevaría hasta la casa y luego le siguió hablando a éste en árabe, que nunca respondió sino que simplemente me hizo un gesto para que le siguiera, y no le hice esperar.

     Al pasar a su lado advertí que mi altura no superaba la de los hombros del gigante, y pensé en lo bien que me habría venido contar con alguien así en el hospital e, instantaneamente recordé las figuras de mis entrañables doctores, caídos en plena juventud por la única razón de haber entregado sus vidas para atender y cuidar de los demás. Fueron mártires que nunca serían llevados a ningún altar para servir de ejemplo, pero yo sabía que lo eran y era precisamente eso lo que en su momento explicaría al mundo, no las patrañas con la que estos otros se querían justificar.

     El refugio -más que una casa- de Abu y familia se encontraba en un zótano para acceder al cual había que descender unos cuantos escalones de piedra para luego encontrar -semi oculta- una puerta de madera tras la cual me encontré frente a una estancia amplia, con alfombras cubriendo todo el suelo, una mesa grande, como para seis u ocho personas y un par de sillones blancos cubiertos de almohadones más pequeños, de colores muy diversos.

     En el extremo de uno de ellos se encontraba sentada una mujer de tez oscura, alta, bastante flaca y de rasgos duros, que al verme no mostró ninguna sorpresa, pero tampoco advertí enemistad en su rostro. La mujer habló brevemente en árabe con el gigante que luego de eso se retiró por donde habíamos venido, y entonces la mujer, dirigiéndose a mí, en un impecable francés me indicó que me sentara en la mesa. Me sorprendí al verme responder "mercí", para luego escuchar de quien sin dudas era la primera esposa de Abu, una serie de recomendaciones sobre como debía comportarme y, sobre todo, como debía ir vestida dentro y fuera de la casa mientras permaneciera en el campamento.

     Si bien mi francés era elemental, creí escuchar que no podía salir de ese refugio a menos que me lo autorizaran; que descansaría en una cucheta junto a las otras dos esposas, más jóvenes, de Abu; que debía asistir a los cuatro momentos de oración con toda unción y respeto y que seguiría con todas las costumbres árabes vinculadas a la limpieza e higiene del cuerpo, a todo lo cual yo asentía. De un cuarto contiguo aparecieron entonces dos muchachas, una de ellas casi una niña, y la otra algo mayor quienes, muy sonrientes y solícitas con la mujer mayor, me condujeron a una habitación mucho más pequeña, con tres camas-cuchetas y una más grande, de dos plazas, un par de pequeñas mesitas, un espejo de pie, dos biombos de tela de muchos colores y un amplio ropero del cual descolgaron algunos atuendos que me entregaron con la indicación clara, por sus gestos, que me los debía poner.

     Así lo hice, frente a la atenta mirada de las dos muchachas que no dejaban de mirarme, aun cuando debí permanecer unos instantes en ropa interior, ni dejaban de reirse entre sí como divertidas por el espectáculo que yo les brindaba al dudar sobre la mejor manera de introducirme en esa pieza única, de los pies a la cabeza, de un parejo color oscuro, para luego acudir en mi ayuda cuando advirtieron que no entendía como esconder mi larga cabellera debajo de un pañuelo muy colorido.

     Me miré en el espejo de pie y me sorprendí al verme uniformada con aquel mismo atuendo que había visto en todas las mujeres desde mi llegada a la región, y no pude sino sonreir, aunque con un dejo de tristeza. Sabía que mi inminente futuro dependía de que observara y siguiera en todo con las costumbres y las singulares modalidades de vivir de esos hombres y mujeres tan diferentes a los de mi mundo, que parecían como estancados -en pleno siglo XXI- en las formas de vida de la Edad Media.

     Terminada esa operación de transformación, las chicas me llevaron nuevamente a la gran sala en donde la preferida nos estaba preparando un té que las cuatro compartmos en silencio, interrumpido dos veces por los ruidos de otras tantas ametralladoras disparándose a no mucha distancia, pero ignorando totalmente cuales serían las desgraciadas circunstancias que las originaban. Luego de un rato de incómodo silencio se escuchó el típico llamado a la oración que escuchara tantas veces, un especie de lamento en un idioma incomprensible, pero que obligó a todas a dirigirse hacia una fuente de agua cercana adonde comenzaron las abluciones, que procuré imitar, para luego hincarse de rodillas todas en la misma dirección, inclinando nuestras cabezas casi hasta tocar el suelo.
 
 En esa posición me encontraba, pensando en lo ridículo de la situación, cuando escuché un rápido abrir y cerrase de una puerta y veo pasar rápidamente a Abu que fue a colocarse en la misma dirección pero unos cuantos metros por delante nuestro. El rato de oración fue breve y, casi al unísono, los cuatro se pusieron de pie y yo hice lo mismo. Entonces advertí que Abu me miraba con ojos que mostraban entre admiración y deseo, y yo le mantuve todo el tiempo la mirada para darle a entender que no le temía.

     Se me acercó y siempre en su impecable inglés me dijo que parecía una autentica muchacha árabe y que estaba comenzando a pensar si no sería conveniente utilizar de sus privilegios como hombre. "Ya vamos a ver", me dijo palmeándome con dos suaves golpes en la cola y sobre esa tela tan finita que casi, casi había sentido directamente sobre la piel, pero no me inmuté.Yo había decidido internamente aceptar cuantas afrentas y abusos me quisieran hacer padecer sin emitir ninguna protesta, con tal de salvar mi vida y poder regresar con los míos, que pasó a ser mi objetivo no solo principal, sino único.

     Con un gesto de su cabeza me indicó que le siguiese hacia el lado opuesto de la sala adonde en otro cuarto, bastante pequeño, se encontraba un escritorio, totalmente despojado y junto a él dos sillas, una a cada lado. Tomó en sus manos una, la pasó hacia el otro lado y me pidió que me sentara junto a él. " ¿ Como te estamos tratando? ¿Tenes algo que pedirnos? ¿ Alguna queja?" -me dijo- Simplemente le respondí que no, moviendo mi cabeza en ambos sentidos. "Entonces empecemos a explicarte quienes somos; que queremos y porque luchamos", y sin esperar una respuesta comenzó con una larga y encendida defensa de lo que se consideraba era volver a la doctrina más pura del Profeta, que con el correr del tiempo se había ido transformando en una especie -así lo dijo- de panqueque empalagoso.

     De allí que los primeros destinatarios de sus luchas y conquistas fueran sus propios hermanos en la fé, a quienes se debía convencer por cualquier método, inclusive utilizando la fuerza, porque era imprescindible poder contar cuanto antes con un territorio propio en donde, al igual que en esos campamentos, poder asegurar los verdaderos principios de la fe.

     Yo era consciente que resultaba totalmente inútil entrar en algún tipo de debate o discutir su ideología, ni tenía ganas de hacerlo, ni contaba con conocimientos suficientes, ni eso facilitaría mi estancia en el lugar mientras permaneciera allí, pero mientras lo escuchaba pensaba si estaría dispuesto por el Profeta que esos territorios a los cuales pretendían acceder, fueran precisamente los más ricos en petroleo, vale decir, aquellos que les permitirían gozar de un inmenso patrimonio económico con lo cual, este ejercito de "buenos profetas", en el fondo, eran exactamente iguales a cualquier vulgar colonizador occidental y cristiano. Es el hombre el que está herido -pensaba en silencio- y cada vez somos menos los que realmente nos decidimos por sanear los inconvenientes que generan la pobreza y la opresión, con total desinterés y una auténtica vocación de servicio. El discurso de Abu, con palabras grandilocuentes pretendía justificar lo que no tenía justificación humana alguna.

     Sus diatribas se prolongaron por un largo rato, ante mi silenciosa escucha, y a continuación debí soportar su airado cuestionamiento a las prácticas de la Inquisición y a la absurda persecución a los judíos y moros que emprendiera la Iglesia -al igual que ellos ahora- para purificar la religión y obligar a los hombres a sostener un solo credo en común, porque sólo hay un Dios que es Alá y solo un Profeta que es Mahoma, "del cual ´tu´Jesús -así me dijo- fue un predecesor enviado para prepararle el camino".

     Mi cabeza no pudo entonces dejar de recordar aquellas viejas discusiones del colegio secundario cuando, claramente, las monjitas que nos enseñaban historia, hacían peripecias para no abordar, seria y críticamente, los horrores de la época inquisistorial, para ahora tener que escuchar algo así como "con tus mismos métodos", pero tampoco en esto quería discutirle; simplemente pensé que si se trataba de una suerte de venganza, el paso del tiempo y la evolución del pensamiento religioso lo tornaba no solo inoficioso y atemporal, sino que si entonces eran atroces hacia ellos hoy ellos no podían dejar de ser coherentes y pensar que entonces sus métodos actuales también eran atroces.

     ¡ Pero que les voy a discutir si son todos iguales y a medida que pasa el tiempo lo único que cambia es la vestimenta, no las ideas y los métodos, y tanto unos como otros encuentran la justificación para sus desmedidas pretensiones económicas o ansias de riqueza, bajo la máscara de la espiritualidad! Nada hay de nuevo bajo el sol -seguía pensando-

     La cena transcurrió para "la familia" en el gran salón, mientras que a mí me destinaron a un sitio junto a un par de moros que se ocupaban en estos enseres pero al aire libre, los que no me dirigieron la palabra en ningún momento. Bebí agua; comí una carne bastante cruda, con algunas verduras asadas y un postre muy dulce, en base a almendras y miel que la verdad es que me agradó muchísimo.

     Una de las niñas vino, más tarde, a buscarme, la más adolescente y menos niña, y nos fuimos hacia el cuarto en común en donde advertí que los dos biombos ocultaban la cama grande en la cual, era notorio, se encontraba Abu y la pobre pequeñita a la cual se escuchaba sollozar calladamente. Esa batalla carnal habrá durado un par de horas, durante las cuales no pude cerrar los ojos, luchando por contenerme y no ofrecerme al victimario para que dejara en paz a la pobre niña que no tendría más de 13 años, pero pensé que de cualquier modo no evitaría que eso sucediera en el futuro y además, con toda seguridad irritaría al poderoso; me cubrí con una frazada y recién al aplacarse los sollozos femeninos y los jadeos masculinos, me dormí.

     Cuando desperté -al rato- aun era de noche, pero la pequeña ocupaba su cama individual, los biombos habían vuelto a su lugar y la cama grande, desordenada, permanecía va cía. ¿ Cuanto tiempo más se prolongaría esta agonía? ¿Terminaría sucumbiendo bajo la fuerza de ese ser tan despreciable, que para colmo, hasta hace poco era un "muchacho inglés perfecto y educado". Una víviora, en realidad, agazapada a la espera de algún pie confiado que se le acercara para asestarle un mordisco venenoso.

     La mañana siguiente transcurrió sin mayores novedades. Fui llevada, al amanecer, a orar junto a las otras mujeres, distanciadas unos 10 metros detras de los hombres; luego nos sirvieron un vaso con leche bastante agria y cuando las demás mujeres comenzaron con sus respectivas tareas domésticas, me ofrecí a acompañarlas pero no me lo permitieron con gestos de desconfianza que se reiteraban cada vez que me aproximada a alguna de ellas.

     Un rato después vino Abu que, muy sonriente me dirigió ese tradicional saludo árabe de los tres gestos, para luego preguntarme si había podido descansar, y ante mi respuesta dudosa, agregó "ya te va a tocar acompañarme en la cama grande y quedarás agotada; entonces dormirás plácidamente", acompañando sus palabras con un par de nuevas palmadas en mi cola, que a traves del muy  ligero género que las cubría, una vez más las sentí como si estuviese desnuda, y él se dió cuenta que me ruborizaba, pero no emití palabra ni hice gesto alguno que demostrara mi indignación. Tenía la leve impresión que ese hombre tenía un total conocimiento de sus límites para conmigo y que si los sobrepasaba debería rendir cuentas ante algún superior, pero por las dudas no lo enfrenté.

     Contiguo al sitio adonde nos encontramos se apareció un grupo de hombres armados llevando hacia otro lugar a dos prisioneros, vestidos con refulgentes ropas color naranja, a quienes luego de un breve trayecto obligaron a permanecer sentados, pero separados uno del otro, con las manos atadas a sus espaldas, mientras que Abu, tomando una cámara portatil de video, acercándose a mí, me tomó del brazo y me condujo junto al grupo mientras me decía que eso también formaba parte de mi adoctrinamiento.

     Al llegar nosotros los hicieron arrodillar a los prisioneros, uno, pelirrojo de unos 28 o 30 años y el otro un asiático algo mayor, detras de los cuales se ubicó un enmascarado con una espada en la mano, con la clara intención de decapitar allí a las dos pobres víctimas. Yo me llevé las manos para cubrirme el rostro, pero Abu me obligó a mirar bien lo que ocurriría, en tanto comenzaba a filmar. Escuché que primero uno y luego el otro prisionero decían con voz firme su nombre y nacionalidad para luego reconocer ser pecadores occidentales pertenecientes a paises que atentaron contra las sagradas normas morales y religiosas del Islam aceptando que ello les debía acarrear la muerte que sin duda resultaba ser un castigo justo y con el objetivo que occidente cesara en sus prácticas belicistas.

     Terminados los discursos -similares y ambos en ingles- el verdugo alzó su espada y en ese momento Abu cortó la filmación, en tanto me tomaba de un brazo y me hacía volver hacia la zona del refugio. Habíamos dado unos dos o tres pasos cuando se escucharon dos fuertes disparos junto al sonido seco de los cuerpos golpeando la tierra. Grité angustiada al darme vuelta y ver lo que había ocurrido, y al querer salir corriendo Abu lo impidió y atrayéndome hacia sí me susurró sonriendo "viste que no somos tan brutales....no los decapitamos para que no sufran.....pero además les decimos que será un simulacro para la filmación, así se muestran tranquilos y esperanzados al colaborar".

     Yo no pude hacer nada más en todo el día; me había quedado totalmente petrificada luego de ser testigo de ese fusilamiento descarnado y lo que más me impresionaba era advertir que todos los demás seguían con sus quehaceres cotidianos como si nada hubiese ocurrido o, peor aun, como si lo que había ocurrido fuese algo cotidiano. Casi no quise comer cuando vinieron a buscarme al caer la tarde y, una vez en el cuarto advirti que por suerte no tendrían visita porque los biombos estaban en su sitio, junto a la pared.

     Después de la oración matinal, Abu me convocó a su pequeño escritorio interno, y en cuanto entré me preguntó si había logrado digerir lo del día anterior y, ante mi negativa, me dijo que sería conveniente que lo fuera asimilando porque formaba parte de las verdades que tendría que revelar a mi regreso, y acto seguido comenzó con un largo discurso sobre el tema de la violencia sagrada, así la llamó, que el propio Mahoma enseñó y pacticó en Arabia luego de su huída a Medina, sometiendo por la fuerza de la espada a las tribus árabes y judías de esta región a las que obligó a pactar con él y aceptar al Islam sometendose plénamente a Alá como única religión Así se había transformándo del profeta de Alá de La Meca a la espada del Islam, de la cual ellos ahora eran sus únicos herederos y sucesores.

     Luego me dijo que lo mismo que había hecho Mahoma en Arabia había ocurrido después en España durante el siglo VIII, que pasó de ser un reino totalmente cristiano y de cultura romana a una gran región islámica y de mentalidad árabe como fue Al-Andalus, para luego decirme que su lucha actual no se detendrá hasta haber recuperado ese antiguo territorio propio, para lo cual sería indispensable que ocurra una victoria militar musulmana terminante, con la rendición incondicional de todos los herejes occidentales, ya sean estos cristianos o judios. Mientras esto no ocurra, casi sentenció, "tu occidente no tendrá paz"

     Yo le escuchaba en silencio porque no quería herirlo ni terminar en sus manos, de modo que simplemente le pregunté si era ese el mensaje que quería que transmitiese, y luego de reconocerme que así era, me insistió en que dijera que muchos millones de islamistas estan aguardando en occidente, en donde han nacido y se han educado sin descuidar sus deberes para con el Islam, de alguna señal para levantarse el armas. "Ustedes mismos nos han abierto las puertas de sus murallas -agregó sonriendo- y ahora somos unos occidentales más a quienes no podrán perseguir porque somos ustedes.....¿ no te resulta conocida mi ortodoxa formación británica?.....y sin embargo ya lo vez.....soy parte protagonista de la yidahh!"

     " Esta lucha, mi querida, tiene dos frentes.....uno bélico propiamente dicho.....que persigue hacerse de un territorio donde establecernos en forma definitiva, en lo que fueron tradicionalmente nuestras tierras, ocupadas por malditos herejes que son peores que ustedes, porque son de nuestra propia religión. El precio que deberán pagar por ello es entregarnos el suelo en donde crecerá nuestra nación como Estado Islámico puro; entonces iremos por ustedes, abriendo las compuertas que nos ocultan, para devorarlos desde adentro, para la mayor gloria de Allah".

     " ¿ Y no te parece que si voy con este mensaje los occidentales no se pondrán en guardia? " -alcancé a expresar mi lógica. " No...es imposible -me respondió- las normas occidentales respetan la libertad como principio supremo y mientras nos comportemos como buenos occidentales, nada podrán hacernos sin traicionar ese principio. En tanto nuestra mujeres musulmanas en occidente no cesan de dar a luz a quienes se seguirán comportando como buenos vecinos, a la espera de la señal que los ponga efectivamente en el camino de la Guerra Santa.....que no tendrá fin hasta que todo el mundo viviente se encuentre sometido a Allah, el Unico Dios."

     Todo el día me quedé pensando en ese mensaje, tan fanático -era cierto- como el que siglos antes se había adueñado de la religión cristiana, que a su vez apeló a esos recursos para combatir precisamente al islam, y de paso a los judios.......pero eso no puede volver a repetirse tantos siglos después.....no es posible que cuanto más avanza la civilización mayor sea el retroceso religioso, casi hacia las cavernas, pero con las armas más modernas. No puede ser que finalmente se imponga lo peor que tiene el hombre....cuando somos mayoría los que pensamos diferente. Recordé a mis dos queridos muertos, esos médicos caídos tan absurdamente en una guerra que ni siquiera era de ellos, que lo único que querían erradicar del mundo era la enfermedad y la muerte......y silenciosamente me puse a rezar, a mi Dios, el mismo Dios de estos enfermos, pidiéndole por el mundo y su impredecible futuro.

     Durante varios días no volví a tomar contacto con Abu, quien se había ausentado del refugio. Supuestamente estábamos bajo las ordenes de aquel joven primer personaje que me condujo hasta este lugar, pero este en ningún momento se me aproximó ni se acercó al refugio en el que morábamos. Como la preferida tampoco  me dirigía la palabra y las dos chicas no hablaban más que su propio idioma, tuve unos cuantos días de tranquilidad ya que tampoco se repitieron los fusilamientos. Solo dormía, comía y vagaba por la casa, intranquila, pensando todo el tiempo en lo que podría significar ese especie de "alto el fuego" al cual no le encontraba algún sentido.

     Cuando Abu regresó, unos cuantos días después, traía el rostro severo, como si le hubiese ocurrido algún trastorno imprevisto  o recibido alguna información inconveniente, pero al menos a mí no me dijo nada, prácticamente ignorando mi presencia, aun cuando por la noche se lo escuchó fatigar junto a la muchacha adolescente que parecía disfrutar mucho junto a él. Así habrán transcurrido unos cuantos días más, hasta que una mañana me llamó a su escritorio para indicarme -sin invitarme a sentar- que las negociaciones por mi canje estaban empantanadas porque el organismo al cual pertenecía se negaba a mantener conversaciones de intercambio, no obstante los deseos favorables expresados por las autoridades diplomáticas de mi país, para añadir que si todo seguía así me harían enviar un mensaje filmado ya que era un riesgo para todos mantenerme por más tiempo en ese lugar.

     Al día siguiente llegó hasta el refugio el gigante que había visto el primer día, portando el mismo uniforme naranja que llevaban todos los prisioneros, que debí ponerme, para luego ser trasladada al sitio de los fusilamientos, en donde tuve que ponerme de rodillas, mientras se me colocaba al lado un hombre con el rostro oculto, que en sus manos llevaba un fusil. Poco después llegó Abu con su filmadora y, advirtiendo mi cara de pánico, me dijo sonriendo que no temiera, pero que tratara de ser convincente porque de eso dependía mi liberación.

     Y estallé. La verdad es que no pude soportar más el estres que toda esa situación me había provocado, unido a la posibilidad de terminar siendo solo un bulto más que cayera sobre la tierra sin que nadie le importara. Sé que llorando y muy angustiada sería poco lo que se podría escuchar de mis súplicas; sólo anhelaba que todo fuera cierto y que la película llegara hasta donde debía llegar para movilizar a quien debiera hacerlo. No soy una heroína, me escuché decir, ni quiero ser una mártir más en esta lucha que no tiene ningún sentido.....y luego, con lo último que me mantenía en pié,  grite " he visto caer a compañeros médicos....he visto matar a sangre fría a prisioneros de distintos lugares.....por favor......¡ no quiero ser una más!!!  Rescátenme !" Y cubriéndome el rostro con las manos lloré amargamente.

    Poco después escuché el clik con el que se terminaba la filmación y entonces Abu me ayudó a levantar en tanto decía que mi súplica había sido convincente, pero que si en dos días no había respuestas, "terminarás como esclava sexual en el Yemen.....aquí no vamos a matarte.....tranquilizate" "¿Como voy a hacerlo...carajo! ? se que le grité.....si lo único que han hecho desde que llegué es aterrorizarme" "Esto es una lucha, my lady -me respondió- y aquí no has venido a tomar el té"

     .De más está decir lo que fueron esos dos días......una lenta agonía. No tenía ganas de salir de la habitación y tampoco de mi lecho, aunque era arrastrada en los momentos de oración -¡ no fuera que Alá no se apiadara de mí !! Finalmente ayer por la mañana vino un camión a buscarme. Nadie me explicó que había pasado y yo ignoraba hacia cual de mis dos destinos marchaba cuando Abu Sayyas se sentó a mi lado e impúdicamente no dejó en ningún momento de mirar mis piernas desnudas, al descubierto de mi insuficiente atuendo de enfermera. En un momento me incliné hacia él y le rogué que si mi destino no era el de ser reintegrada con los míos, que me matara allí mismo porque no soportaría ninguna otra alternativa, y entonces fue cuando posando una mano sobre mis rodillas -que temblaban- me dijo que me quedara tranquila que ya había concluido todo.....y entonces me puse a llorar desconsoladamente, en sus brazos.

    "Air France anuncia que hemos iniciado el descenso hacia el aeropuerto Charles de Gaulle en París adonde estimamos aterrizar en aproximadamente 15 minutos. Les rogamos volver a sus asientos; atarse los cinturones de seguridad, apagar todos los artefactos electrónicos y colocar derechos los respaldos de los asientos, hasta que se hayan apagado los carteles luminosos".

     
   




   











    















                  



   


















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