Para Olivia Rivarola (Oli), mi nieta silenciosa
Tenía los ojos celestes clarito, casi transparentes, y unos rulos rubios bien ensortijados. Jugaba y reía; saltaba y corría; pero nunca hablaba. No era sorda porque se sabía que escuchaba y comprendía lo que le decíamos, pero nunca le oímos decir nada.-
Era muy extraño porque, al mismo tiempo, nos transmitía sus sentimientos de una manera inequívoca; sabíamos lo que quería y nos llegaba lo que necesitaba, pero jamás lo expresó. Tampoco nunca la vimos llorar; parecía como que viviera atrapada en su mundo feliz, que a todos nos resultaba tan inaccesible.-
Nuestra amiga de la plaza siempre vestía igual: un vestido bordó con tiradores anchos encima de una camisa blanca, medias del mismo color y zapatitos marrones, sin cordones, con un botón prendido a cada lado. No llevaba nada más; tampoco en el invierno, aunque hiciera frío, ni los días de lluvia, que a todos nos desparramaban y nos enviaban a nuestras casas.
La suya nunca supimos donde estaba; es cierto que mucho no nos preocupamos por averiguarlo, porque siempre estaba allí; no había que ir a buscarla a ningún lado ni acompañarla al volver, cuando todos volvíamos a casa y poco a poco nos íbamos dispersando.-
Pero un día no vino y así siguieron varios más hasta que alguno de nosotros lo advirtió; era cierto; nadie la había visto y nadie supo adonde ir a buscarla. Desapareció. Siempre pensamos que se había mudado y como ni siquiera sabíamos su nombre nadie pudo preguntar por ella más que por sus señas. Nos respondían que sí, que la habían visto muchas veces pero que hacía un tiempito que no. Fue un misterio.
Poco a poco dejamos de recordarla; nunca más formó parte de nuestras conversaciones y a ninguno de nosotros pareció importarle que podría haberle ocurrido. Sin embargo de tanto en tanto, recordaba la mirada franca y cristalina de quien sin habernos dicho nada, había dejado su pequeña huella entre nosotros.
Pasaron los años, muchos pero muchos años y una fría mañana de principios de la primavera volví a recorrer aquella plaza de mi infancia. Los juegos estaban en su sitio, más pintados y arreglados; el arenero encerrado detrás de una reja para evitar aquella presencia permanente de perros y otras mascotas; el bebedero -ahora tan chiquito- carecía de agua y un fuerte verde verdín reemplazaba el sitio por donde aquella se vertía.
Me senté en un banco a mirar a otros niños que corrían y jugaban como entonces lo hacíamos nosotros. Casi diría que con iguales gestos y movimientos que los nuestros; los mismos gritos alegres; las mismas corridas y empujones; los mismos rituales infantiles.
De repente me pareció verla: rubiecita y enrolada; de ojos celestes casi trasparentes; con aquella misma vestimenta. No lo podía creer. Despaciosamente me fui acercando a ella, que corría y reía a la par de los otros chicos, pero sin que de su boca saliera palabra alguna.
En un momento que pasaba a mi lado la detuve y allí se quedó. quietita, mirándome pero sin sorpresa, como si hubiese estado aguardando mi regreso, y entonces me sonrió, con aquella misma sonrisa que tanto bien nos hacía a cuantos la recibían; y siguió, sin decir nada, como entonces, como siempre, y yo así supe que ella estaba bien, que nada le había ocurrido, y que seguía viva.....al menos en mi mente.-
La suya nunca supimos donde estaba; es cierto que mucho no nos preocupamos por averiguarlo, porque siempre estaba allí; no había que ir a buscarla a ningún lado ni acompañarla al volver, cuando todos volvíamos a casa y poco a poco nos íbamos dispersando.-
Pero un día no vino y así siguieron varios más hasta que alguno de nosotros lo advirtió; era cierto; nadie la había visto y nadie supo adonde ir a buscarla. Desapareció. Siempre pensamos que se había mudado y como ni siquiera sabíamos su nombre nadie pudo preguntar por ella más que por sus señas. Nos respondían que sí, que la habían visto muchas veces pero que hacía un tiempito que no. Fue un misterio.
Poco a poco dejamos de recordarla; nunca más formó parte de nuestras conversaciones y a ninguno de nosotros pareció importarle que podría haberle ocurrido. Sin embargo de tanto en tanto, recordaba la mirada franca y cristalina de quien sin habernos dicho nada, había dejado su pequeña huella entre nosotros.
Pasaron los años, muchos pero muchos años y una fría mañana de principios de la primavera volví a recorrer aquella plaza de mi infancia. Los juegos estaban en su sitio, más pintados y arreglados; el arenero encerrado detrás de una reja para evitar aquella presencia permanente de perros y otras mascotas; el bebedero -ahora tan chiquito- carecía de agua y un fuerte verde verdín reemplazaba el sitio por donde aquella se vertía.
Me senté en un banco a mirar a otros niños que corrían y jugaban como entonces lo hacíamos nosotros. Casi diría que con iguales gestos y movimientos que los nuestros; los mismos gritos alegres; las mismas corridas y empujones; los mismos rituales infantiles.
De repente me pareció verla: rubiecita y enrolada; de ojos celestes casi trasparentes; con aquella misma vestimenta. No lo podía creer. Despaciosamente me fui acercando a ella, que corría y reía a la par de los otros chicos, pero sin que de su boca saliera palabra alguna.
En un momento que pasaba a mi lado la detuve y allí se quedó. quietita, mirándome pero sin sorpresa, como si hubiese estado aguardando mi regreso, y entonces me sonrió, con aquella misma sonrisa que tanto bien nos hacía a cuantos la recibían; y siguió, sin decir nada, como entonces, como siempre, y yo así supe que ella estaba bien, que nada le había ocurrido, y que seguía viva.....al menos en mi mente.-
What do you want to do ?
New mail
No hay comentarios:
Publicar un comentario